Podemos ha encontrado una fórmula peculiar para renovar la izquierda: presentar a su dirección en tres urnas distintas. Irene Montero quiere disputar la presidencia del Gobierno. Ione Belarra aspira a la Comunidad de Madrid. Y Pablo Fernández acaba de anunciar su candidatura a la alcaldía de la capital. Tres en una.
Su caso resume especialmente bien el problema. Fernández fue portavoz de Podemos en las Cortes de Castilla y León entre 2015 y 2026 y encabezó tres candidaturas a la Junta. Cuando anunció que no repetiría, explicó que había llegado el momento de «dar un paso al lado» porque «hay banquillo». El paso al lado ha terminado en Cibeles. Al parecer, había banquillo, pero solo en Castilla y León.
Moncloa, Puerta del Sol y Cibeles para tres personas del mismo núcleo dirigente. Todo cambia de escala para que nada cambie de manos. La imagen sirve como punto de partida, aunque el problema desborda a Podemos. La izquierda situada más allá del PSOE lleva años recomponiendo sus siglas mientras conserva buena parte de sus protagonistas. Cada crisis termina en una nueva fórmula electoral construida alrededor de figuras que ya estaban allí durante la crisis anterior.
Así hemos llegado a la política de los superstars: organizaciones enteras ordenadas alrededor de unas pocas personalidades. El modelo ofrece ventajas claras: un rostro conocido consigue entrevistas, evita el esfuerzo de presentar a alguien nuevo y mantiene unido al núcleo militante. A corto plazo parece una apuesta segura. A largo plazo, sazona la tierra para que ningún liderazgo pueda crecer alrededor.

Cuando toda la visibilidad se concentra arriba, la organización deja de producir dirigentes. Quienes trabajan en el territorio quedan reducidos a secundarios de una historia escrita en Madrid o en este caso, también desde Bruselas. Quienes adquieren voz propia empiezan a resultar incómodos. El partido acaba pareciéndose más a un club de fans que a una estructura capaz de sobrevivir a sus estrellas. Cuando después faltan alternativas, esa ausencia se utiliza para demostrar que los de siempre siguen siendo imprescindibles. Un círculo perfecto. También perfectamente estéril.
La limitación de mandatos intentaba romper esa dinámica. Podemos la convirtió en una seña de identidad y su documento ético de 2025 todavía fija un límite general de ocho años, prorrogable excepcionalmente hasta doce. Para continuar más allá se exige una consulta a las personas inscritas. Las candidaturas anunciadas pueden encajar en esas reglas y continuar transmitiendo un mensaje político desolador: la excepción siempre parece disponible para quien ocupa el cartel.
Irene Montero ha propuesto unas primarias abiertas a cualquier persona que quiera participar. La idea amplía la votación, pero la carrera, quizá algo trucada, comenzó hace años. Quien ha acumulado presencia pública y control orgánico parte con una ventaja casi definitiva. Abrir las urnas al final no compensa haber mantenido cerrados los micrófonos durante todo el recorrido. Las primarias solo pueden escoger entre los liderazgos que la organización ha dejado crecer.
Esta forma de hacer política también condiciona el debate. Las figuras veteranas llegan con un repertorio reconocible, pero cargan con viejos vetos y batallas heredadas. Cada intervención activa las mismas adhesiones y rechazos. La conversación vuelve a girar alrededor de la persona: quién vetó, quién traicionó y quién merece otra oportunidad. Las propuestas quedan sepultadas bajo otra temporada de una serie que parte del público dejó de ver hace años.

–
La política de los superstars ofrece mucha notoriedad y construye muy poca organización. Hiper-liderazgos infra-amenazados. Funciona como una discográfica que responde a la pérdida de audiencia lanzando otro álbum de grandes éxitos. Los fans reconocerán cada canción y acudirán a la gira. El resto probablemente cambiará de emisora. Y la izquierda a la izquierda del PSOE necesita precisamente llegar más allá de sus seguidores más fieles.
Muchos de quienes votarán en 2027 eran niños durante el 15M. Su experiencia política está marcada por una pandemia y por la imposibilidad de pagar una vivienda. Dirigirse a ellos con los códigos y protagonistas de hace una década tiene algo de desconexión y bastante de nostalgia. Es una película que lleva tanto tiempo en el cartel del mismo cine que impide que se estrene nada nuevo.
El relevo podría ensanchar la agenda progresista y devolverle ambición. Nuevas voces tendrían menos cuentas pendientes y mayor libertad para conectar las propuestas con la vida cotidiana. Podrían hablar de vivienda sin reproducir la pelea de la legislatura anterior o abordar el poder tecnológico sin cargar con un manual de agravios. Renovar liderazgos también renueva las preguntas y los públicos a los que se consigue llegar.
Seguir aportando no concede la propiedad del micrófono. Un liderazgo que no deja sucesores fabrica dependencia. La izquierda puede estrenar siglas y abrir primarias. Mientras los mismos nombres monopolicen el cartel la renovación será puro atrezo. El daño termina desbordando a los partidos: cuando una causa queda soldada a una dirigente, hereda también sus rechazos y su techo electoral. A fuerza de no soltar el micrófono, la izquierda convertirá un proyecto de mayoría en una gira para incondicionales.

