Opinión

Josefina Molina ni era un perro, ni se llamaba Chris

La directora de cine y guionista, Josefina Molina.
La directora de cine y guionista, Josefina Molina.
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Ya lo desarrolló hace unos días por aquí mi apreciado colega de sección. Hablo, claro, de ese estudio dentro de la campaña Age Whitout Limits que tomó a la actriz Emma Thomson como abanderada. Los que -aún- no nos consideramos viejos, faltaría más, alucinamos con que la bella y bronceada Beatriz de Mucho ruido y pocas nueces, musa de Kenneth Branagh y de unos cuantos cientos de miles más, sea considerada “edadista”, porque tiene sesenta y pico manzanas. Por cierto, Thomson está casada con Greg Wise, al que saca unos cuantos años, robándoles un poco el fuego y el relato a “ellos”. ‘Mi no entender’, como en las pelis de Tarzán. El informe, impulsado por el Centre for Aging Better, se centra en la representación de las mujeres en la gran pantalla, uno más, otro más, profuso y analítico, similar a aquel que en España realizó en 2023 CIMA, del que hablé también por aquí hace unos artículos, y que arrojaba unos datos bastante terroríficos sobre el rol de las mujeres en el cine, barnizado con ese tenebrismo ibérico tan propio.

Este, del que tampoco voy a profundizar en su “qué” porque ya lo hizo mucho mejor que yo mi tocayo de cultura, destaca precisamente por el “cómo”, inyectando a unos resultados tan alarmantes y reales todo el humor con tweed que nuestros pérfidos son capaces de ofrecer, que es mucho. En lugar de la astracanada, eligen ese vitriolo albión que nunca debió salir de nuestra rebotica y concluye con frase lapidarias, como que es más fácil ver a un perro “parlante” protagonizar una película o a un actor llamado Chris en el papel principal, que ver a una mujer de más de 60 años de prota. Menos mal que Bette Davis se fue al cielo de las estrellas hace mucho, porque le hubiera mangado el látigo a Jesús y hubiera purificado el templo del séptimo arte, pero bien. Un poco de humor en el averno nunca viene mal. ¡Artículos de coña!, que dirían en Top Secret.

Ya se ha glosado por aquí y por allá la paupérrima representación femenina en un sector que debería ser siempre avantgarde desde el punto de vista artístico y social, para hacer traquear así a este arte, que en lo narrativo ya tienen a sus Emma Thomson, como los grandes maestros Méliès, Welles o Kubrick. Otros se encargaron también de buscar la justicia social en un reflejo de los usos y costumbres del ser humano. Y tampoco hace falta hacer un cine panfletario a la manera de Costa-Gavras, o de Ken Loach, a quienes en algún momento se les debió olvidar que esto es, ante todo, entretenimiento. Este es un medio tan complejo y aglutinador que incluso se pueden utilizar los códigos y las trampas del cine de género para trascenderlo e ir más allá: lo único que necesitas es no ser un obtuso y tener talento. Que se lo digan a Berlanga y al resto de cineastas españoles que le pegaban pataditas en la espinilla al régimen de Franco por debajo de la mesa.

La cosa es que, hombre, ya vale que en 2026 estemos hablando de esta mandanga, en España y en el Reino Unido; no te digo en cinematografías, dejémoslo ahí, más exóticas.

Y el tiempo, ese monstruo tan fino, ha echado mano de uno de sus esquejes, la serendipia, o la casualidad como se ha dicho toda la vida, y ha querido que en las fechas en las que se publicaba este análisis falleciera Josefina Molina, la gran Josefina Molina, una mujer que cuando ni tan siquiera estaba abierto este melón, ya dirigía y escribía, para cine y televisión, todo lo que le echaran, derribando con su puño autoral los muros de hormigón discriminatorio.

Lo bueno de que Josefina Molina tuviera, no solo una carrera sólida, sino reconocida, en la pretecnología de la mirada de género, es que nadie ha dudado jamás de su talento o de su rigor profesional. Faltaría más, encima. Yo la estudié en la escuela de cine, junto con los Erice, Buñuel, Camus o Perico, mientras triunfaba con Entre naranjos, una miniserie para los que creen que se inventaron con Chernobyl. Molina representa ese espejo primigenio, caverna de Platón, donde se han de mirar las Carla Simón, Pilar Palomero o Alauda Ruiz de Azúa, incluso las más mayorcitas como Icíar Bollaín, Gracia Querejeta o Arantxa Echevarría, que triunfan ahora y de las que Josefina Molina es su madre – y su padre también-, cinematográfico.

Josefina Molina, que solía decir a quien quisiera escucharla “no sabéis lo insoportable que es el paternalismo“, sin alharacas poéticas, ha muerto, dejando tras de sí excelentes películas, grandes series de televisión y trabajando desde dentro de la industria en una época en la que solo encontrabas mujeres siendo scripts. “Haz magia, Josefina”.

Y en estos días, sinceramente, no he oído mucho a los todopoderosos del sector, empezando por Kinótico, ese medio tan escorado ideológicamente y al que todo seguidista pelotea, como diría mi padre, “por si acaso”, glosar lo suficiente la figura de Josefina Molina, a la que despacharon con una nota de prensa más fría que una señora de Durango. Probablemente estuvieran ocupados en intentar meter la preguntita festivalera que diera placebo a su claque, obligando al artista de turno a mojarse, aunque no quiera.

Pero vamos, lo importante tampoco es que haya muerto Josefina Molina, sino su reflejo iridiscente de una carrera ejemplar. Dudo mucho que Emma Thompson supiera quién era, quizá los de Kinótico se lo cuenten, pero estoy seguro de que le hubiera gustado leer el estudio, y que habría alabado su gracia, ligereza, humor y profundidad con lo que está puesto en negro sobre blanco, digno hijo de cualquier novela de Tom Sharpe.

Josefina Molina, que estás en los cielos y en los puertos, entre naranjos o con tu querida Teresa de Jesús: haremos lo posible por preservar tu legado.