“Pregúntenle a Vivas”. Y se perdió por el pasillo.
Este episodio me hizo recordar lo que sucedió al otro lado del charco hace 21 años. A finales del mes de agosto de 2005 George W. Bush, llevaba ya 27 días de vacaciones en su rancho de Crawford, Texas. Fue entonces cuando el huracán Katrina engulló Nueva Orleans dejando cerca de 2.000 muertos a su paso. Y el presidente de los Estados Unidos, aun viendo en las televisiones la magnitud de la tragedia, decidió no interrumpir su descanso. El hombre más poderoso del mundo alegó entonces que seguía “conectado” y al tanto de la situación, en lo que la Casa Blanca calificó como unas “vacaciones de trabajo” que continuó mientras la Costa del Golfo de México se convertía en un lienzo marrón salpicado de tejados sumergidos.
Solo dos días después, ante la presión de la opinión pública y la inmensa magnitud del desastre, George W. Bush emprendió el regreso a Washington. Fue entonces cuando los asesores de imagen del presidente cometieron un error que le acompañaría hasta el final de su mandato. De vuelta a Washington, el Air Force One se desvió para sobrevolar las zonas anegadas.
La Casa Blanca difundió la fotografía del presidente observando la catástrofe desde la ventanilla, a miles de metros de altura: una imagen que quedaría grabada como el retrato perfecto de un líder frío, distante e insensible al sufrimiento de sus ciudadanos. El propio Bush reconocería años después, en sus memorias, que autorizar aquella foto fue “un error gigantesco”. El golpe para la imagen de Bush fue letal: rompió para siempre la imagen de líder protector que se había forjado tras el 11-S, y su popularidad, herida de muerte, jamás volvió a recuperarse.

Lo que no hizo Bush fue reivindicar públicamente su derecho a estar de vacaciones ni pedir que se hiciera cargo de los ciudadanos el alcalde de Nueva Orleans o la gobernadora del estado de Luisiana. En otras palabras, no se recuerda nada similar a un: “Pregúntenle a Vivas”.
El efecto que ha logrado Sánchez es el mismo que entonces consiguió Bush: el de aparecer como un líder falto de empatía, desapegado e indiferente ante el sufrimiento. El Gobierno de España ha llegado a la conclusión de que puede sacudirse esta crisis haciendo exactamente lo mismo que hizo en Valencia: tratando de señalar públicamente a un presidente del PP. Entonces funcionó, porque mientras el Barranco del Poyo se inundaba, Mazón estaba de sobremesa en El Ventorro… En el caso que nos ocupa, Sánchez estuvo en La Mareta, y no cinco horas, sino tres semanas. En cambio, el presidente de Ceuta ha estado todo el rato donde tenía que estar, sin faltar a la labor que debía realizar y sin abandonar el puente de mando.

George W. Bush pagó su fotografía con la ruina política, pero nunca buscó un culpable, sino que cargó solo con el peso de la imagen y de la decisión. Su error fue de reflejos, no de conciencia; supo, tarde, que la responsabilidad de un naufragio acaba siempre en el puente de mando, no en el camarote de al lado. Sánchez ha aprendido la lección al revés: no ha entendido que gobernar es alejarse todo lo posible de los ventorros. Vivas nunca abandonó el puente; jamás hubo sobremesa ni desconexión. Los españoles vieron que un presidente estaba donde debía, mientras otros seguían preguntando dónde estaba el suyo.
La verdadera fotografía de esta crisis es la de un presidente que huye por los pasillos del Congreso mientras responde con indiferencia sobre los menores… A Bush le quedó la imagen del cristal de un avión. A Sánchez le quedará la de un dedo señalando a quien nunca se movió de su puesto.

