Opinión

La nostalgia de lo no vivido

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Leía hace unos días en este mismo periódico que la generación Z (los nacidos entre 1997 y 2012) tiene nostalgia de lo no vivido, que muchos jóvenes, en diversas encuestas, dicen que les hubiera gustado vivir en otra época, en la época en la que viví yo, por ejemplo, donde las cámaras fotográficas eran analógicas y vivíamos sin móviles ni redes sociales y en nuestra infancia jugábamos a la comba, que no era sino una cuerda muy gruesa y saltábamos a la goma, que no era sino una goma a la que hacíamos un nudo.

En mi generación (yo pertenezco, dentro de esta clasificación de generaciones a la generación X, que somos los nacidos entre 1965 y 1980) cuando éramos adolescentes nos juntábamos en los bancos o en la calle a hablar o a mirar, porque no siempre se hablaba. Nos sentábamos en un banco o en unas escaleras, y como nadie tenía un móvil lo único que podías hacer era interactuar con los que tenías alrededor, o no, simplemente estar y ver la vida pasar, con suerte veías pasar a quien te gustaba, que para eso te sentabas en algún lugar estratégico por donde sabías que podía pasar el susodicho o susodicha.

Entonces escuchabas los programas de radio para escuchar tu canción o canciones favoritas, porque si no tenías el disco, entonces en vinilo, y tampoco tenías presupuesto para comprar todo lo que te gustaba, no había manera, bueno, sí, había otra manera, que era ir a las tiendas de discos donde podías escucharlos, pero nada estaba en la palma de tu mano, como ahora.

Con suerte, si te interesaba la fotografía, y a tu padre o tu madre también le había interesado, podías usar su cámara o tener la tuya propia con el aliciente de que con aquellas cámaras sabías lo que enfocabas, pero nunca, nunca, hasta que revelabas las fotos, sabías si lo que habías enfocado y lo que habían visto tus ojos era lo que se iba a reflejar en el papel fotográfico.

La generación Z nació con los móviles en nuestras vidas (las redes sociales llegaron un poco después), y puede que no entiendan lo que significaba volver de la otra parte del mundo con diez carretes de fotos para revelar (que entonces costaba una pasta gansa) y sin tener certeza del resultado de las fotos.

Todo, todo, todo, era muy distinto y puedo llegar a entender esa nostalgia de la que hablan, porque en el fondo todo tenía un aquel que no era sino el tener que esperar. Entonces teníamos que esperar por todo, y puede que ese fuera el elemento que lo hacía interesante. Tenías que esperar a que pusieran tu canción favorita, tenías que esperar a ver qué salía de tu cámara de fotos, tenías que esperar a ver a ese chico o chica que te gustaba el fin de semana, o esperar que te llamara o te devolviera la llamada. Nada estaba al otro lado, había que esperar por muchas cosas.

La generación Z dice que tienen nostalgia de lo no vivido y por eso han vuelto los vinilos, y las cámaras analógicas a las manos de las personas, y muchos incluso optan por no estar conectados todo el tiempo a las redes sociales, porque se necesita recuperar esa magia de lo no inmediato, de no tener todo al alcance de la mano, de que las cosas tuvieran otro tempo.

Yo nunca tuve nostalgia de haber vivido lo que vivieron mis padres, pero puedo entender esa nostalgia de lo no vivido, porque sí tengo nostalgia de muchas cosas que no he vivido en mi vida real, pero he vivido a través de las novelas o las películas o las series. También, a veces, siento nostalgia de lo no vivido cuando visito determinados lugares que me llevan a mucho tiempo atrás y siento nostalgia de no haber podido vivir allí, aunque fuera un ratito, aunque fuera como testigo que mira por un agujerito.

Imaginar lo que pudo haber sido es lo que tiene, que uno puede sentir nostalgia de aquello que imagina, y por eso no es de extrañar que Platón quisiera a los poetas fuera de su ciudad ideal, o que en una de las Crónicas marcianas de Bradbury todas las novelas fueran destruidas, porque la imaginación puede ser muy, pero que muy peligrosa. No solo la imaginación de lo que está por llegar, sino la imaginación de lo que uno no vivió, pero imagina a través de las palabras de otros, porque lleva el peligro de la idealización, y por eso los amores que no fueron siempre son perfectos en la imaginación de quien los piensa.

Y aunque la nostalgia, a veces, pueda resulta hasta placentera, hay que tener cuidado con ella, y con la imaginación, porque la vida es como es, casi nunca perfecta, casi nunca ideal como le gustaría a nuestras cabezas, pero es vida y si uno se descuida, se puede olvidar de vivir lo real.