Cultura de internet

La generación Z siente nostalgia de una vida que nunca vivió: fiestas sin móviles, tardes en la calle y un internet más lento

Teléfonos básicos, cámaras analógicas, vinilos y encuentros sin pantallas forman parte de una imaginación colectiva que idealiza los años noventa y los primeros dos mil

La generación Z siente nostalgia de una vida que nunca vivió: fiestas sin móviles, tardes en la calle y un internet más lento.
La generación Z siente nostalgia de una vida que nunca vivió: fiestas sin móviles, tardes en la calle y un internet más lento.
Montaje: kiloycuarto

En numerosos vídeos que circulan por TikTok e Instagram aparecen adolescentes a la salida de un instituto estadounidense durante los años noventa. Caminan en grupo, se apoyan en las taquillas, hablan junto a la verja o esperan sentados en el capó de un coche. Las imágenes carecen de acontecimientos extraordinarios. Su atractivo reside precisamente en esa normalidad: nadie está mirando una pantalla, nadie parece estar grabando y ninguna interacción necesita convertirse en contenido.

Los comentarios suelen repetir una idea. Jóvenes que nacieron mucho después de aquellas grabaciones aseguran sentir nostalgia, envidia o incluso una forma difícil de explicar de pérdida. Algunos escriben que su adolescencia nunca tuvo ese aspecto. Otros imaginan que, antes de los teléfonos inteligentes, las amistades eran más espontáneas, las fiestas más intensas y el tiempo libre menos vigilado. En ocasiones los vídeos son auténticos; en otras han sido generados o retocados con inteligencia artificial. La reacción apenas cambia, porque lo que se contempla no es una época histórica concreta, sino una representación de la vida anterior a la conexión permanente.

La generación Z, formada por quienes nacieron aproximadamente entre finales de los años noventa y comienzos de la década de 2010, ha crecido con acceso a internet, redes sociales, teléfonos móviles y plataformas capaces de ocupar buena parte del día. Una parte de sus miembros observa ahora con fascinación el periodo inmediatamente anterior: los años en que se quedaba a una hora y en un lugar sin posibilidad de modificar el plan mediante un mensaje, se escuchaba un disco entero y las fotografías podían tardar días en revelarse.

Esa mirada explica el regreso de los teléfonos básicos, las cámaras compactas, los vinilos, los casetes, los reproductores de música y la moda de archivo. También ayuda a entender las fiestas en las que se retiran los móviles a la entrada, los clubes de lectura presenciales, los grupos de paseo y la recuperación de blogs personales alejados de las grandes redes. Muchos de estos objetos y prácticas se presentan como herramientas para reconstruir una relación distinta con el tiempo y con los demás.

El psicólogo estadounidense Clay Routledge, autor de Past Forward. How Nostalgia Can Help You Live a More Meaningful Life, ha estudiado esta relación entre juventud y pasado. En una encuesta realizada a 2.000 personas en Estados Unidos, el 60% de los participantes pertenecientes a la generación Z afirmó que le gustaría volver a un periodo anterior a la conexión constante. El 68% reconoció sentir nostalgia por épocas anteriores a su nacimiento, mientras que el 73% se declaró atraído por los medios, los pasatiempos o los estilos propios de esos años.

La particularidad de esta nostalgia se encuentra en que no procede de un recuerdo personal. La mayoría de quienes idealizan las tardes de los noventa, las primeras salas de chat o las fiestas sin teléfonos no llegaron a experimentar esas prácticas, o eran demasiado pequeños para conservar una memoria propia. El pasado se construye a través de películas, fotografías familiares, vídeos domésticos, campañas publicitarias y relatos de generaciones anteriores.

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El tiempo añorado coincide con el último tramo de la era predigital o con los primeros años de una red todavía separada de la vida cotidiana. Internet se consultaba desde un ordenador fijo, la conexión tenía un principio y un final y la identidad personal no dependía de una actualización continua. Había foros, chats y páginas personales, pero no un dispositivo que acompañara al usuario desde que se despertaba hasta que se acostaba.

La escritora y analista de tendencias Emily Segal relaciona este fenómeno con la saturación nostálgica de la cultura contemporánea. El cine, la televisión, la música y la moda han recuperado durante los últimos años franquicias, estéticas y objetos procedentes del final del siglo XX. Secuelas, adaptaciones, reencuentros y reposiciones mantienen en circulación imágenes que las nuevas generaciones reconocen aunque nunca las hayan vivido de primera mano.

El filósofo británico Mark Fisher describió este proceso como una “lenta cancelación del futuro”. Su planteamiento partía de la dificultad de la cultura para producir formas que parecieran verdaderamente nuevas y de la persistencia de estilos, sonidos y relatos del pasado. La nostalgia de la generación Z añade otra dimensión a ese diagnóstico. El interés por lo analógico no se limita a una preferencia estética: expresa el deseo de recuperar unas condiciones de vida asociadas a mayor intimidad, atención y presencia física.

La generación Z trata de desconectarse de las pantallas volviendo a lo analógico
La generación Z trata de desconectarse de las pantallas volviendo a lo analógico

La desaparición de los llamados “terceros lugares” ocupa un lugar central en esa sensación. El concepto fue popularizado por el sociólogo Ray Oldenburg para referirse a aquellos espacios diferentes del hogar y del trabajo donde se construye la vida comunitaria: cafés, plazas, bibliotecas, parques, centros juveniles, mercados, peluquerías, bares o tiendas de barrio. Son lugares que permiten permanecer sin una finalidad concreta, encontrarse con conocidos y establecer vínculos fuera de las estructuras familiares y laborales.

Una parte de la juventud percibe que esos espacios han disminuido o se han vuelto menos accesibles. El encarecimiento de la vivienda y del ocio, la privatización de zonas urbanas, la reducción del comercio local y la obligación de consumir para ocupar determinados locales han cambiado la forma de reunirse. A ello se suma la sustitución de muchas interacciones presenciales por plataformas digitales que ofrecen comodidad, aunque también fragmentan la experiencia social.

En España y otros países del sur de Europa, la plaza, la terraza, el paseo y la vida de barrio conservan una presencia mayor que en muchas ciudades norteamericanas diseñadas alrededor del automóvil. Ese contraste aparece con frecuencia en los vídeos de jóvenes estadounidenses que observan con fascinación las calles peatonales, las mesas en las aceras o los grupos que permanecen durante horas en un espacio público. Lo interpretan como una forma de sociabilidad que sienten cada vez más lejana en sus propios entornos.

La imagen de unos niños que salen con las bicicletas, recorren el campo y regresan a casa cuando empieza a anochecer se ha convertido también en un motivo recurrente. Su difusión mezcla recuerdos familiares, escenas cinematográficas y una visión idealizada de la infancia. En ella, los menores se desplazan sin supervisión constante, inventan sus propios juegos y ocupan el espacio público sin convertir cada actividad en una fotografía o un vídeo.

Varios jóvenes debaten sentados en una plaza.
EFE

Esa representación omite muchos aspectos menos amables del pasado, desde la violencia que quedaba fuera de la mirada pública hasta la menor libertad de las mujeres, las personas LGTBI o las minorías. También olvida que la vida predigital podía resultar aislante para quienes no encontraban comunidad en su entorno inmediato. Internet permitió a millones de personas acceder a información, amistades y espacios de reconocimiento que antes eran inaccesibles.

La nostalgia funciona, por tanto, mediante una selección. Retiene la fiesta sin teléfonos y elimina el aburrimiento; recuerda la tienda de discos y deja fuera la dificultad para descubrir música procedente de otros lugares; conserva la libertad infantil y borra las desigualdades que condicionaban quién podía disfrutarla. Esa simplificación no invalida el malestar que expresa, aunque obliga a diferenciar entre la reconstrucción histórica y el uso simbólico del pasado.

Las iniciativas de desconexión tratan de trasladar algunos elementos de esa vida imaginada al presente. En Estados Unidos ha crecido el interés por los dumbphones, teléfonos con funciones limitadas que permiten llamar y enviar mensajes sin acceso permanente a las redes. Algunas fiestas prohíben la entrada con móvil o entregan bolsas selladas para guardarlo. También han reaparecido los encuentros de escritura, las cenas sin pantallas y las excursiones en las que los participantes dejan los dispositivos apagados.

El llamado slow internet propone recuperar una red menos acelerada, basada en blogs, boletines, foros y páginas personales. Sus defensores buscan escapar de los contenidos seleccionados por algoritmos y de la obligación de responder continuamente. La navegación vuelve a entenderse como una actividad deliberada, desarrollada durante un tiempo concreto, y no como una corriente ininterrumpida que acompaña cualquier momento del día.

La ambivalencia tecnológica resulta especialmente intensa entre quienes han conocido una sola forma de conectividad. Muchos jóvenes utilizan las plataformas para estudiar, trabajar, relacionarse y construir una identidad pública, pero al mismo tiempo manifiestan cansancio ante la vigilancia, la comparación y la imposibilidad de desconectar. El teléfono es una herramienta imprescindible y una fuente constante de interrupciones.

La nostalgia también tiene una dimensión política. La idealización de un pasado más estable puede alimentar discursos que presentan décadas anteriores como un periodo de orden perdido. Los movimientos reaccionarios recurren con frecuencia a imágenes de familias tradicionales, comunidades homogéneas y papeles sociales claramente definidos. La apelación a “volver” a una época mejor evita explicar quién disfrutaba de ese supuesto bienestar y quién permanecía excluido.

Los estudios sobre la generación Z han detectado un aumento de posiciones conservadoras entre algunos varones jóvenes, acompañado de desconfianza hacia la democracia y rechazo a ciertos avances en igualdad. En ese contexto, la nostalgia puede convertirse en un lenguaje útil para movimientos que prometen restaurar un orden anterior. Sin embargo, reducir todo interés por lo analógico a una deriva reaccionaria impediría comprender la diversidad del fenómeno.

Routledge sostiene que la nostalgia puede actuar como una herramienta de orientación. Las personas recurren al pasado cuando perciben incertidumbre, falta de sentido o aislamiento, y utilizan los recuerdos para identificar aquello que consideran valioso. En el caso de la generación Z, el pasado predigital ofrece una reserva de imágenes sobre la atención, la amistad, la vida comunitaria y la autonomía frente a las plataformas.

La cuestión no consiste tanto en regresar a los años noventa como en averiguar qué condiciones asociadas a ellos desean recuperar los jóvenes. La respuesta aparece en gestos concretos: poder reunirse sin gastar demasiado, atravesar una ciudad caminando, utilizar el espacio público sin una finalidad productiva, conversar sin registrar el encuentro y disponer de momentos que no estén sometidos a la posibilidad de ser publicados.

La generación Z no desconoce que el pasado tuvo conflictos, desigualdades y limitaciones. Su nostalgia se dirige hacia una versión construida de la vida analógica, pero esa construcción contiene información sobre el presente. Habla de una juventud que dispone de una capacidad de comunicación sin precedentes y, aun así, teme haber perdido formas elementales de proximidad.

En las imágenes de aquellos institutos estadounidenses, los adolescentes no realizan nada memorable. Precisamente por eso resultan tan atractivos. Se encuentran juntos sin que parezca necesario explicar qué están haciendo, medir la respuesta de una audiencia o conservar una prueba del momento. La vida que una parte de la generación Z cree haber perdido se parece a esa escena: un tiempo compartido que no necesita convertirse en contenido para adquirir valor.

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