Habría que retrotraerse a los 90, o al menos diez décadas más tarde, cuando aparentemente la gente era más feliz a pesar de carecer de inmediatez e información casi instantánea. Esto se debe, principalmente a una combinación de simplicidad ‘predigital’, una cultura (pop) vibrante y un entorno donde factores como la estabilidad económica y una sensación de optimismo (liderado por EEUU) parecían guiar un optimismo global desde la adolescencia.
Solo hace falta ver series como Seinfeld, donde no existían los smartphones, las redes ni las plataformas de contenidos en televisión, pero los personajes parecían mucho más presentes y vivían experiencias más auténticas, especialmente a nivel social; o, quizá, precisamente debido a ello. “Internet no había tomado aun el control de nuestra mente”, dice el autor y ex-reportero Jeff Hayward en su serie Modernidentities (publicada en Medium). Hayward habla de una época de la “transición perfecta” en la que las personas aun confiaban en habilidades no tecnológicas, pero ya contaban “con ventajas culturales modernas, como juegos y música en CD”. En este sentido, la música tenía componentes mucho más potentes para vincularse con el oyente en cada momento. “Por ejemplo, cuando sonaba una buena canción en la radio, te emocionabas”, argumenta el autor.

“La última década del siglo XX fue simplemente la más feliz de nuestras vidas estadounidenses”, afirma Kurt Andersen en un artículo de The New York Times. Además del excepcional un punto de vista económico, el periodista argumenta sobre el impacto cultural de los 90, especialmente en materia de cine y cultura colectiva; “fueron los inicios de la era digital sin sus excesos posteriores, (…) es decir, aun no estábamos sobreconectados ni esclavizados por dispositivos”.
Andersen también hace hincapié al momento estelar del cine y la producción independiente en ese momento, con filmes como Pulp Fiction, Disney volviendo a brillar o Pixar “reinventando la animación con Toy Story”. Sin embargo, tal y como explica el autor del NYT, las décadas posteriores fueron un declive progresivo en lo que respecta a estas estas virtudes económicas y culturales. “Simplemente, y aunque al final de la década estábamos entrando en la era digital con muchos avances, las décadas siguientes no lograron replicar el mismo equilibrio de crecimiento económico, empleo pleno y esplendor cultural que caracterizó a los 90”, explica como marco referencia para entender este fenómeno.
A esto se unen factores como que la cultura asociada a los millennials, especialmente la música, la moda y la cultura que transmitían los medios en los 2000 y hasta principios de 2010, están teniendo una nueva ola de popularidad incluso entre generaciones más jóvenes (como la Generación Z). Todo esto pasa mediante una apreciación mutua intergeneracional; es decir, “los zoomers incluso expresan cariño por la ‘optimización millennial’ en TikTok”, dice el colaborador británico de GQ Josiah Gogarty. Hay un cambio de paradigma; lo que antes de consideraba cringe (o cringe millenial, para ser más exactos) ahora se ve con cariño y nostalgia. Hablamos de ficciones como Girls o Sex in the City, y modas como los pantalones pitillo (que sí, estarán de moda de nuevo en un estilo algo más relajado esta próxima temporada), y que, a su vez, arrastran el resto de tendencias etiquetadas como indies asociadas con esta década al apartado de lo cool.

Como consecuencia, mientras las generaciones más jóvenes miran con envidia algunos de los gadgets y momentos más destacados que definieron las tendencias de los 90 y principios de los 2000, los millenials añaden nostalgia al asunto, reutilizando algunos de estos formatos y aprendiendo a lucirlos orgullosos su edad, bajo la insignia (por primera vez en su vida) de pioneros. A continuación, algunas de las tendencias que más evidencian esta vuelta trasversal a lo analógico este año.
El offline es el nuevo negro
Apenas en los primeros días del año, los medios y (paradójicamente) las redes se han llenado de mensajes que abogan por un consumo menor de tiempo de pantalla. Esto incluye las apps, pero también el ordenador y la televisión, apostando por una mayor dedicación a actividades como caminar, verse en persona, leer o disfrutar de juegos de mesa analógicos. “Estar siempre conectado ya no significa sentirse conectado, sino agotado”, dice un post de Vogue India de hace unos días. Según estudios recientes, además, el tiempo que pasamos en redes sociales ha dejado de crecer y está empezando a disminuir desde su máximo en 2022, con un tiempo medio de consumo diario ha caído alrededor de un 10 % menos.
La (nueva) vida en comunidad
Siguiendo esta última tendencia, los retiros sin señal (o wireless) serán unos de los (nuevos) destinos más demandados este año. El ‘no hay wifi, hablen entre ustedes’ más real de los últimos años promueve la filosofía de desconectar para (re)conectar, con el de enfrente y los de al lado. Así, estas comunidades son opciones cada vez más demandadas por las generaciones millennial y Gen Z para descansar pero también para integrarse en proyectos más a largo plazo; desde actividades como podcasts, clubs del libro y clases de yoga, hasta opciones como jardinería, librería o wellbeing, incluidas a más largo plazo en los co-living o co-housing. “Para 2026, los espacios públicos parecerán transformados; las cafeterías podrían albergar círculos de escritura en lugar de filas de ordenadores portátiles, los parques podrían acoger reuniones de juegos de mesa, y el ruido de las fichas de mahjong y el rasgueo del bolígrafo sobre el papel podrían llegar a ser tan familiares como lo era antes el zumbido de las notificaciones”, escribe Dayne Aduna en un reciente artículo para VMan.

El DIY como nueva filosofía
En otras palabras, encumbrar lo hecho por uno mismo: desde las manualidades hasta los hobbies con las manos o los fanzines. Lo que antes podría parecer una afición ñoña, ahora es algo necesario y hasta excitante. Desde cerámica hasta punto de cruz, pasando por restauración de muebles o decorativa, cocina, pintura, hacer puzzles, joyería o, en definitiva, cualquier tipo de artesanía que se pueda practicar paulatinamente y, sobre todo, que no se tenga que capitalizar (o tenga un fin productivo para el sistema per se). “En 2026, el rechazo a la IA se traducirá en un renovado apetito por la imperfección, la humanidad y la autoría”, afirma positivamente la periodista Rose Coffey. Bajo el tema de Ditch the screen, estas iniciativas buscan el equilibrio mental y físico y, sobre todo, poder desconectar de la tiranía digital “independientemente del tiempo o las circunstancias personales y económicas” de cada uno. Es decir, ya sea desde casa o en clases colectivas, solo o con amigos, en un nivel experto o principiante… Y, la mayoría de los casos, a base de tutoriales gratuitos.
Espontaneidad vs. perfeccionismo
Solo hace falta retrotraernos diez años atrás, con el auge de las influencers (muchas de ellas reconvertidas en desde los rincones de la blogosfera) y el oleaje de las primeras it-girls. Todo era emoción y espontaneidad, un mundo mucho menos calculado que el de las celebrities que, desde los últimos años, llenan las pantallas e nuestros teléfono diariamente. “Posaban en la calle con cámara réflex, subían su outfit of the day, hacían collages en Polyvore y escribían posts kilométricos (…). La moda era aspiracional, pero también más casera”, escribe Marta Díaz de Santos para esta cabecera.
La influencia central de la cultura pop también marcaba las tendencias en cuestiones sartoriales, especialmente en la calle. “500 días juntos, de 2009, seguía siendo biblia estética ‘indie-romántica’ en Tumblr”, dice Díaz de Santos. “En televisión, el menú era igual de reconocible”, con ficciones como Gossip Girl marcando “los códigos de vestuario (a base de diademas, medias, el Upper East Side)” a una tierna generación hoy millennial.

Adiós a los AirPods, hola cables
En otro plano, esa influencia sigue notándose en los niveles en lo que los medios (y la cultura popular) calaban en la audiencia en todas sus vertientes: desde la música (cuyo centro era la radio y, posteriormente, los videoclips) al cine y los videoclubs. Una cultura de consumo bien diferente que, sin embargo, fomentaba el culto a la atención y al momento presente, así como al debate posterior, por encima de la actual. Como consecuencia, un repunte de la venta de dvds, reproductores de CDs y tocadiscos, pero también de productos relacionados como películas, discos o vinilos, especialmente por parte de las generaciones más jóvenes. “En el terreno musical, las búsquedas de discos han tenido un crecimiento significativo en la última semana con un 350%”, dijeron desde Wallapop con motivo de los conciertos de Aitana en Madrid y Barcelona hace unos meses, y en un formato que además ha registrado un aumento estable del 100%.
Carrete para rato
La vuelta a los cascos de cable y de diadema es el mejor ejemplo de que los 90, y toda su no-tecnología han venido para quedarse. Quizá el ejemplo más acusatorio ha sido el ascenso y encumbramiento de la cámara analógica hasta casi ser considerada un objeto de culto últimos años, con los carretes alcanzando precios antes impensable como consecuencia más inmediata. Según datos del propio sector, fabricantes y laboratorios han señalado que la demanda de película y los servicios de revelado se ha mantenido estable o al alza desde finales de 2020, especialmente entre personas jóvenes que no crecieron con el film, lo que indica que no se trata solo de nostalgia generacional, sino de una elección consciente. Un avance que se percibe como una respuesta directa a la saturación visual del entorno digital, además de una apuesta por el tiempo, la volatilidad y un nuevo materialismo: cada disparo contra lo efímero, una forma de expresión ante la huella digital. O, como escribió Susan Sontag, “una forma de adquirir el mundo” en un contexto cada vez más literal.


