Tuve la oportunidad de estrechar la mano de León XIV y de intercambiar con él, exactamente, siete palabras. Fue en diciembre, durante mi última visita a Roma. “Santo Padre –le pregunté–, ¿para cuándo España?”. El Papa respondió en su lengua materna, escueto y cinematográfico: “Coming soon”. Sonrió y siguió a lo suyo.
Robert Prevost, vicario de Cristo, sucesor de Pedro, agustino, misionero y matemático, visita estas “tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín” (Machado) del 6 al 12 de junio, peregrinando por Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife, con una agenda bullente de misas, vigilias, encuentros, reuniones y discursos. A la manera católica, es decir, universal: el Papa hablará para los capillitas, pero también para los diputados de EH Bildu o para los parias de la Tierra. Como representante de uno que no vino “a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se vuelvan a Dios” (Lucas, 5,32).
Como una patada en la hueva morena me ha dolido quedarme sin acreditación para cubrir el discurso de León XIV en el Congreso, sesión a la que no acudirán el Maharishi Zapatero, quien tiene 4.000 páginas de sumario pendientes de leer, ni los diputados de Unidas Podemos, porque, según la secretaria general, Ione Belarra, “no pinta nada un ayatolá” en el Parlamento. Gilipolleces al margen, la valida de Pablo Iglesias acierta parcialmente, como un reloj roto que marca la hora correcta dos veces al día. Lo explicó muy bien Juan Manuel de Prada hace unos meses: la presencia de un Papa en un parlamento resulta incongruente “porque el principio sobre el que se asienta el sistema parlamentario es por completo antípoda del principio sobre el que se asienta el papado”: “No es la multitud organizada en mayorías, ni siquiera el colegio apostólico, quien conoce la verdad, sino Pedro, únicamente Pedro”.
Incongruencias al margen, León XIV predicará ante el sanedrín patrio en una jornada histórica. Ante fariseos que dan gracias por no ser “como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros” (Lucas, 18, 11), pero que adoran a Mammón y rechazan al prójimo que no tiene papeles. Ante los apóstoles de la progresía, que le alaban por no plegarse a Trump y a los jinetes apocalípticos de la IA, pero que aprueban una Ley de Eutanasia y pretenden modificar la Constitución para blindar el derecho al aborto. Y, por supuesto, ante un grupo de hombres y de mujeres decentes –haberlos, haylos– que, para sobrevivir en medio de los lobos, son “astutos como serpientes” y “sencillos como palomas” (Mateo, 10, 16). Como el agua oxigenada –y la bendita, para los posesos–, sus sabias palabras escocerán y curarán. También encabronarán. Me pregunto si al Santo Padre le atizarán más en Malas lenguas o en El gato al agua.
A falta de pan, etcétera: acudiré a la misa de este domingo. Madrugaré, me enfrentaré a una muchedumbre armada con rosarios y códigos QR y seguiré desde Colón, o sea, desde Mordor, una eucaristía que León XIV, tocayo del papa aquel que alertó sobre la deshumanización de la revolución industrial y el auge del comunismo, presidirá donde el Real Madrid celebra(ba) sus títulos: junto a la Fuente de Cibeles, donde dos amantes, Hipómenes y Atalanta, tiran del carro de la diosa que les castigó convirtiéndolos en leones tras sorprenderlos dándole a sus cuerpos alegría Macarena en un templo consagrado a ella. A ver si coincide con Bad Bunny.

