La foto de Margarita Robles sentada en su escaño sin aplaudir la intervención del presidente Sánchez, mientras el resto del gabinete se ponía en pie y aplaudía con entusiasmo, es una de las imágenes políticas más potentes de la crisis de Ceuta y la que mejor simboliza la inacción y el pasmo del Gobierno. A muchos la soledad de la ministra de Defensa en el banco azul les recordó a Adolfo Suárez el 23-F. A mí me recordó a una canción maravillosa, una de las más hermosas que se han cantado nunca en español; me recordó El muelle de San Blas de Maná.
Mucho se está escribiendo sobre la reacción del Ejecutivo ante la invasión que ha sufrido Ceuta, pero nadie lo ha expresado mejor que el maestro Jesús Rivasés en La Razón: “La esperpéntica actuación del Gobierno, quizá la más torpe desde que Sánchez está en la Moncloa”. Y de ese esperpento, de esa raquítica respuesta a los ojos de los ceutíes y del resto de los españoles solo se salva una mujer: Margarita Robles. La única que ha actuado como una ministra del Reino de España, y no como una relaciones públicas del Reino de Marruecos.
La razón del seguidismo absoluto del resto del gabinete a la incomprensible estrategia monclovita (es justo señalar que los ministros de Sumar no lo han hecho) se entiende muy fácilmente releyendo a los clásicos. Uno de los gigantes de la política española del último medio siglo realizó una contribución al arte de la fotografía mucho mayor que las de Henri Cartier-Bresson y Robert Capa. Sí, Alfonso Guerra, el aedo rojo con alma de Machado y pico de Quevedo, dijo: “En política el que se mueve no sale en la foto”.
El gesto de la ministra que dirige las Fuerzas Armadas tiene por ello un valor formidable. La fuerza de una mujer sentada, negándose a levantarse, puede ser profética, revolucionaria, imparable. El 1 de diciembre de 1955, en Montgomery, Alabama, una mujer de raza negra se negó a levantarse de su asiento en un autobús para cedérselo a un blanco. Sin el coraje y la valentía de Rosa Parks, Barack Obama no hubiese sido cincuenta y tres años más tarde presidente de los Estados Unidos.
Margarita Robles es una gran admiradora de Santa Teresa de Jesús; una gran admiradora de la entereza, firmeza y fortaleza de ánimo de la monja abulense, que le hizo soportar todas las dificultades y persecuciones (entre ellas varias denuncias ante la Inquisición) que sufrió por su reforma; una gran admiradora de una mujer que en una sociedad absolutamente patriarcal (la España del siglo XVI) cambió la Iglesia. Estaba escrito, por ello, que de niña en su León natal acudiese al colegio de las Teresianas y que fuese siempre una alumna estudiosa y aplicada que trató de hacer de su vida otro Camino de perfección. ¡Y vaya si lo logró!
Cargos en los tres poderes
A los doce años se trasladó con su familia a Barcelona, donde estudió Derecho y se enamoró del mar. Aprobó muy joven las oposiciones a judicatura, con el número uno de su promoción, y a partir de ahí toda su trayectoria en la carrera judicial ha sido una sucesión de hitos: primera mujer en presidir una Audiencia, la de Barcelona; primera en presidir una sala de la Audiencia Nacional y en ser vocal del Consejo General del Poder Judicial y tercera jueza española en acceder al Tribunal Supremo. Esta magistrada cumplió con creces el deseo de Ortega y Gasset: “Al político de raza le precede la preocupación intelectual y le sigue la acción propiamente política… esa nota de intelectualidad que corona la figura del hombre de acción es síntoma que distingue al político egregio del político vulgar”.
Margarita Robles ha completado un cursus honorum deslumbrante, desempeñando cargos del máximo nivel en los tres poderes del Estado. Pero esta política con principios y buenos modales, como quería el inolvidable Vaclav Havel, nunca se ha envanecido de ello, porque lleva grabadas a fuego en su corazón y en sus mientes las palabras de Don Quijote a Sancho Panza: “Los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones”.
Esta jueza conoció en la Secretaría de Estado de Interior, con crudeza y rudeza, la eterna certeza de esta máxima cervantina. Allí, Margarita Robles, la Antígona del sanchismo, se enfrentó al caso GAL como se enfrentó Antígona a Creonte oponiéndose a las leyes injustas, en una de las páginas más memorables de la literatura universal: “No creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que solo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy, ni de ayer, sino de siempre”. Allí esta magistrada puso su conciencia (como haría siempre) por encima de todo. Allí esta leonesa honró a Montaigne: “Yo tengo mis leyes y mi Tribunal de justicia, que me juzga”.
Su paso por el Consejo General del Poder Judicial (órgano de perenne actualidad) fue también fructífero. En una institución cuyo funcionamiento suele oscilar entre el rodillo y la parálisis, incluida la parálisis permanente del anterior CGPJ, Robles fue una de las causantes de que en su mandato los nombramientos se realizasen con fluidez y normalidad. Era la líder del sector progresista y tuvo la inteligencia y la habilidad política de tejer una relación de confianza y respeto con el líder del sector conservador del Consejo, el hoy también magistrado del Supremo Manuel Almenar, lo que permitió que el órgano de gobierno de los jueces realizase su función con éxito.
En el Congreso de los Diputados, en el poder legislativo, fue la portavoz del Grupo Parlamentario Socialista el año anterior a la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa. Pero su actuación más recordada en la Carrera de San Jerónimo fue su voto negativo (junto a catorce diputados más) en la segunda investidura de Mariano Rajoy, cuando el presidente gallego salió investido gracias a la abstención de los socialistas. Margarita Robles sostuvo la bandera del “no es no” hasta el final, lo que demuestra que su adhesión a los principios fundamentales del sanchismo era y es sincera y entusiasta, pese a las discrepancias actuales.
Moncloa está superada por la crisis
En el Ministerio de Defensa esta mujer de honradez catoniana y austeridad franciscana se ha ganado el respeto de los militares que ven en ella a una política con sentido de Estado, a una política que defiende los valores de la Transición y la Constitución de 1978 y a una política que pone el interés general de España por encima del suyo propio y del interés del Gobierno.
Moncloa está superada por la crisis de Ceuta (un trance muy complicado, es cierto, pero para eso cobran su sueldo), y la mejor prueba de ello son las surrealistas explicaciones que nos está dando a los españoles. Unas tesis sonrojantes que sorprende que haga suyas un político tan curtido y avezado y con tanto olfato político como el presidente Sánchez. La soledad de esta magistrada en el banco azul, inmortalizada ya en una foto para la Historia, tiene fácil explicación: Margarita Robles es la única socialista que se opone a la tesis de Moncloa sobre Ceuta que culpa al CNI y exculpa a Marruecos.

Antonio Machado escribió en su Juan de Mairena: “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”. Y yo añado: dígala Agamenón, su porquero o el jefe de gabinete del delegado del Gobierno en Ceuta. Los esfuerzos monclovitas por crear una verdad paralela son por ello inútiles y producen una sensación que oscila entre el estupor, la ternura y la vergüenza ajena. Todos los españoles sabemos quién ha permitido la invasión de Ceuta, todos. Españoles de derechas y de izquierdas; creyentes y no creyentes; seguidores de Jesús Cintora y de Iker Jiménez; entusiastas de Jota Jordi y de Tomás Roncero. Todos lo sabemos, incluidos Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska.
Sorprende que a algunos les sorprenda que la ministra de Defensa haya roto el consenso del relato, la uniformidad del banco azul y la unanimidad del Gobierno. Era fácil adivinar su postura conociendo su devoción por Santa Teresa y por su Camino de perfección: “Una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare… siquiera se muera en el camino… siquiera se hunda el mundo”.
Margarita Robles sigue su camino tras su gesto, mientras la crisis de Ceuta se eterniza entre la impotencia del Gobierno (aunque el mando único, el ministro Ángel Víctor Torres, algunos avances está logrando y es justo reconocerlo) y la desesperación de los caballas. Un gesto para unos insolidario y para otros insuficiente. La Antígona del sanchismo calla, porque sabe que el eco de los gestos es eterno. Mientras tanto relee a Sófocles: “La prudencia es la base de la felicidad”, y escucha a Maná: “Sola en el olvido, sola / sola con su espíritu, sola / sola con su amor el mar, sola / en el muelle de San Blas”.

