Elisa Mouliaá es la peor enemiga de Elisa Mouliaá. Da la impresión de que Elisa Mouliaá no se deja aconsejar, o que cuando lo hace, es por el mayor cantamañanas de la zona, y la prueba es que tiene un numerólogo (uno bien conocido en el mundo de la interpretación). Elisa se pilló con un político de esos que piensan que hay mujeres para la casa y mujeres para la cama. Hay Penélopes y hay Circes. Hay Ritas Maestres y hay Elisas Mouliaá, todas reducidas a su percepción reduccionista – y machista – de la mujer. Errejón no es diferente de cualquier Borja que el día antes de su boda se lía con una mujer rutilante en el baño de su cocktelería de referencia, lo que pasa es que un Borja defiende eso en público, mientras que Errejón no lo dice porque quiere ser coherente con el espacio político que habita (sic).

Errejón es más listo que Mouliaá, y se mantiene callado y alejado de redes y micrófonos. Bastante daño le han hecho ya sus compañeros de partido, que se guardaron esta carta como el PP guardó la carta de las cremas faciales de Cifuentes. Para hundir a un personaje público hace falta algo que además de inmoral sea un poco ridículo. Pero aquí, además de las anónimas afectadas tenemos a un personaje singular que es Elisa. Elisa, vida mía, la que has montado. No contenta con pasar por las manos de cinco abogados a cuál más estrambótico, ahora se va a Dubai a trabajar. Si por algo es famoso Dubai es por el tipo de trabajo que ofrece a la mujer. Ah, y por sus derechos humanos ausentes. Y Elisa, que en estos momentos debería de parecer honrada – no sé si lo es, y tampoco importa demasiado – se planta allí, como una Marta López Álamo cualquiera. No dudo que vaya a trabajar de verdad, pero como decisión es… complicada. No coge el teléfono a los medios pero responde en Twitter, en Instagram, en Facebook. Su anterior abogado, el mediático Ospina, dijo que Elisa, “en su infinita sabiduría” (sic) había decidido cambiar de estrategia. Su nueva abogada, que a veces dudo que haya pasado siquiera por el colegio (por el normal, no por el de abogados) hace una paupérrima defensa desde los medios. Elisa va a acabar en el trullo, y Errejón todavía podría volver a un podcast en el ABC con el dream team del conservadurismo pop. Y lo podría grabar cierto cancelado cineasta español, puestos a pedir.

Hace un año le conté a Anónimo García que iba a poner una denuncia por una historia que ahora mismo no viene al caso, y me dijo, pese a haber ganado en su larga batalla, que “juicios tengas y los ganes”. En otras palabras, me recomendó no denunciar. Pero lo hice. Y sé la que me espera, y cuando me llaman de Fiscalía se me revuelve el estómago, así que imagino cómo se puede sentir Elisa Mouliaá, que ya no oculta ni sus lágrimas ni su desesperación.

Siempre he pensado que lo de Elisa no era para denuncia. Para un mensajito, sí. O dos. Y ni siquiera anónimo. Un recadito que hubiera ido corriendo por teléfonos móviles. Un aviso a navegantes. Pienso que lo que hizo Errejón con ella, concretamente con ella, ni es delito ni debería serlo. Errejón es una trepilla rimbombante, un embaucador de niños de teta, egresado superlativo de las más rastreras disciplinas del ligoteo nocturno, típico profesor enrollado que recomienda escuchar un disco de Ismael Serrano mientras te dice que tú y él sois los únicos librepensadores del aula aunque con los tíos siempre hable de cosas serias y contigo de cursiladas. En otra época podría haber llevado un libro de Rabindranath Tagore, pero en nuestro contexto hace prólogos para la colección Contextos de Lengua de Trapo. El tipo de tío que, como decía una amiga, es un Noor de Jordania (un NO, quiere decir un no). Pero a Elisa le atrajo, yo qué sé. Todo salió mal; resulta que todos los involucrados son muy feministas, pero todos se mantienen callados porque solo están siendo coherentes con el espacio político que habitan. Y ahora la chica se ha metido en un jardín del que no sabe salir, y a mí me da pena, porque ella es una magufa desnortada, pero él es un impresentable, y al final como Elisa siga tecleando inconveniencias, va a ganar él, y eso nos viene mal a todas, así que Elisa, para.

