Opinión

¡Por las precarias!

MADRID, 28/09/2026.- Vista del ambiente este lunes en la acampada en la madrileña Puerta del Sol en protesta por la situación de la vivienda, tras pasar un noche sin incidentes y sin la anunciada lluvia. En previsión del cambio de tiempo, los acampados cubrieron anoche con lonas las alrededor de 350 tiendas de campaña instaladas en el centro de la plaza, donde han pasado su segunda noche, algunos al raso. EFE/ Daniel González
Vista del ambiente este lunes en la acampada en la madrileña Puerta del Sol en protesta por la situación de la vivienda. EFE/ Daniel González
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Hay que ser un desnatado, un cínico, o un trapisondista de la macroeconomía para pensar-o decir- que no hay un problema gravísimo con la vivienda. Ocho años de gobierno progresista no han sido suficientes para acatar este problema que atañe al más básico de los derechos, que es el de vivir bajo techado.

La conversación está en el día día, y me he dado cuenta de que casi siempre de forma genérica, casi en tercera persona. Cuando preguntas individualmente un “¿y tú dónde vives?” es cuando llega una nada genérica y personalísima mueca de desencanto que precede a una historia de terror cotidiano. Hay un patrón en los jóvenes (de hasta 50 años) que se repite como la pesadilla de un borracho: alguien con estudios superiores, con un trabajo que podría sonar envidiable, sobrevive con una ayuda mensual de varios cientos de euros concedida por sus ya ancianos progenitores, esforzados donantes que cobran pensiones que superan con mucho los ingresos netos de su o sus vástagos. No pocas veces estos progenitores tienen además propiedades inmobiliarias que alquilan a “precio de mercado” a otros pobres diablos.

Una situación similar ya se dio en el 2011 cuando el paro y la crisis golpeaban a la juventud. La noche de aquel 15 de mayo empezó con un curioso reparto que incluía curiosamente a un gran tenedor que al poco donó dinero para formar un partido político. El 15 M fue maravilloso las dos o tres primeras semanas, o quizás los primeros días (no recuerdo bien cómo fue la cosa). Me refiero a cuando bajó Sabina con unas latas y la gente gritó que no era un botellón. Cuando pasaban los bomberos a aplaudir a los acampados y viceversa. Cuando vimos una posibilidad de cambio. Era un cambio difuso, no muy concreto, pero también una toma de conciencia. Pudo haber sido el principio de algo. Pero apareció el virus más español que existe, que es el de la charlotada (de hecho fuimos nosotros, o más concretamente Benito Perojo, quien dio pie a este subgénero de la corrida bufa), y empezaron las ocurrencias, las batucadas, los carteles sin sentido, los microgrupos, y por supuesto los tronados de todo tipo y condición. Aquello nos alegró la vida a todos los que estábamos en el paro.

Hablábamos unos con otros, compartíamos ideas y, como dijo un tiparraco que aún no era consciente de su naturaleza rojiparda “nos entretuvieron con los círculos mientras ellos se hacían con el poder”. Llegué a participar en una asamblea en la que se votó qué temas se iban a votar. Y la primera votación sometida a plebiscito fue si adoptábamos el masculino genérico, el femenino, o el inclusivo. Creo que ese fue mi último día por el 15M. El resto de la historia ya la conocen. Y como siempre se repite (la historia) ahora hay otra acampada. Me pasaré estos días a pernoctar, a ver qué onda. Pero el virus esta vez no es la charlotada.

Es algo peor. Es la corriente performática. Ni veinticuatro horas han tardado en llegar las hordas mamarrachas a grabarse haciendo el tonto. La revolución no será televisada, y mucho menos con la cámara grabando al revolucionario. Mientras dura la performance no hay revolución ni diálogo posible. Por favor, paremos de hacer el tonto. Vamos a centrarnos, a ver si por una vez llegamos a alguna conclusión.

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