Nuestro incansable presidente, Pedro Sánchez, tras su reciente confesión de sentirse perseguido o rechazado por las élites de poder, ha lanzado sus huestes gubernamentales a preparar con su habitual denuedo y entrega unos Presupuestos Generales del Estado para el ejercicio de 2027. Con la insistencia del martillo pilón, su persona y la de sus muchos corifeos dicen y dicen y no dejan de decir que habrá elecciones en 2027. Coincidencia de fechas. Imaginamos que ya tendrá otro equipo en la madrileña sede del PSOE preparando el programa de promesas electorales con entusiasmo. ¿Será el mismo equipo? No quiero ser malpensado, Dios me libre, pero algo huele a podrido en Dinamarca cuando, tras una legislatura huérfana de presupuestos, Moncloa se pone a preparar los del año electoral. No he querido hablar de fontaneros del PSOE, dado que ya estamos sabiendo que se dedican a esas tareas de inclasificable hedor en los sumideros del Estado.
Pero volviendo a lo nuestro. El Gobierno elevó el cuadro macroeconómico el 29 de junio, como paso previo a la presentación del Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado. El anuncio se produjo unas semanas después de que el presidente del Gobierno anticipará en un acto en su querida y dilecta Barcelona que iniciaría la tramitación para contar con presupuestos en el 2027. Por lo que parece, el nubarrón de la guerra de Irán, que impidió a nuestras autoridades económicas y fiscales preparar el cuadro macroeconómico para 2026, se ha despejado por completo en el horizonte. Y, ahora, la meteorología, la geopolítica y los conflictos armados en el estrecho de Ormuz se han disipado por arte de birlibirloque en apenas unas semanas hasta el punto de que están en condiciones de, en apenas una quincena, disponer del cuadro económico que preludie “la mayor inversión social de la historia”, según promete el presidente progresista.
En paralelo, BBVA Research ha hecho su análisis y previsiones para el inmediato futuro. “La economía española mantendrá un crecimiento sólido por encima del 2% en 2026-2027, apoyada por el empleo, el consumo, los servicios y la vivienda. Sin embargo, el deterioro del entorno externo, la inflación, los tipos de interés y problemas estructurales limitarán parte de su potencia”, concluyen sus expertos. Manifiestan su preocupación por el encarecimiento de la energía, unos tipos de interés más altos, el déficit de vivienda, la baja productividad y la menor expansión fiscal. Sin olvidar el final de los fondos Next Generation y la debilidad de la eurozona. No ocultan que una inflación del 3,8% este año y 2,8% para el 27, junto a la subida de tipos, va a mermar la confianza de las familias. Sólo hay que ir al supermercado para ver cómo se dispara el coste de la cesta de la compra, cómo suben los precios de la energía y la dificultad para muchas personas de acceder a la vivienda. Los autores del informe prevén una mejora del empleo con aumentos de alrededor de 500.000 personas por ejercicio, dejando la tasa de paro por encima del 9% y con un aumento de los salarios en un entorno del 3%, muy en línea con la inflación. De cara a 2026, las proyecciones contemplan un nuevo descenso del déficit hasta el 2,1% y que la deuda pública se sitúe por debajo del 100% por primera vez desde 2019.
Esto dice el BBVA. El cuadro macro del Gobierno rebosa optimismo. La guerra de Irán ha sentado de maravilla a las previsiones españolas. Prevé un crecimiento del 2,6% en el 26 y un más moderado del 2,2% en el 27. Espera que la tasa de paro caiga por debajo del 10%. El Gobierno, ante algunas incredulidades, constata que avanza la productividad, se crea empleo y mejora la renta real de las familias.

Cruzada por el gasto social
El flamante recién estrenado ministro de Hacienda, Arcadi España, ya lanza las campanas al vuelo en su cruzada por el gasto social: acceso a la vivienda, reforzar el apoyo a la juventud, dar un mayor protagonismo a la ciencia, poder adquisitivo de las pensiones y reforzamiento del Estado del bienestar: sanidad, educación, pensiones y servicios sociales. El Gobierno se abre al diálogo y a la negociación con todos los grupos parlamentarios en nombre del “interés general”. No en vano, el ministro ha afirmado que “estoy convencido de que hay una mayoría parlamentaria que quiere que nuestro país tenga unos servicios públicos universales y de calidad, que nuestros pensionistas no pierdan poder adquisitivo, que quiere que nuestras empresas y autónomos sean más fuertes y productivos. Hagámoslo posible entre todos”. Las nuevas cuentas reafirmarán también el compromiso con la sostenibilidad ambiental, dando continuidad a las reformas en ámbitos como la lucha contra el cambio climático, la prevención y gestión de incendios forestales, la movilidad sostenible, la descarbonización, el impulso de las energías renovables y la digitalización.
Como se verá, no va a faltar de nada en la habitual tarta este gobierno progresista, formado por socialdemócratas arrepentidos y neocomunistas ucrónicos. Pero uno, en su cándida inocencia, se pregunta ¿cómo será posible que este banco azul incapaz de presentar cuentas públicas durante toda una legislatura va a ponerse a sudar la camiseta para tener una propuesta en pleno año electoral? ¿De dónde parte el optimismo del Gobierno de progreso cuando es conocedor de una debilidad parlamentaria que le ha conducido a incumplir año tras año sus obligaciones constitucionales? Pues es y será posible. La lluvia de promesas será de las que hacen historia. Cabe pensar que el techo de gasto será inasumible para Europa. Cabe pensar que el proyecto no supere ni la Comisión de Presupuestos. Y ya imaginamos a los voceros gubernamentales y a esa impagable opinión sincronizada echando la culpa a unos y otros por no apoyar las propuestas progresistas. La mezcla de Presupuesto y convocatoria electoral se me hace intragable a estas alturas del partido. Mi estómago ya no aguanta estas cosas.

