Opinión

¿Quién da más miedo la IA o Trump?

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La inteligencia artificial está de moda y da miedo. En los últimos días hemos visto muchos llamamientos para controlarla y los mismos impulsores admiten sus riesgos. En los últimos días los directivos de las grandes firmas americanas han pedido frenar el desarrollo de esta herramienta después de que un investigador de una gran multinacional haya dimitido de su cargo hace una semana después de asegurar que quienes están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que acabe la década. Después de esta confesión, los principales empresarios norteamericanos del sector han lanzado propuestas para ralentizar su desarrollo. Es decir, los más interesados son los que dan la voz de alarma con las grandes consecuencias económicas que pueden tener para estas empresas y para la economía mundial. El temor se está focalizando en el momento clave en el que los cachivaches de la IA se están convirtiendo en tan inteligentes como los humanos. Por eso muchos técnicos, consejeros y profesionales de las principales empresas han abandonado el sector. Esto es lo que sabemos, por ahora, y no es mucho porque tampoco son muy precisos. Se juegan mucho dinero si hablan porque tienen acuerdos de confidencialidad y pueden perder millones de dólares. Pero cuando el barco lo abandonan los propios dueños es una señal de que el problema comienza a ser dramático.

¿Qué están viendo? ¿Qué están descubriendo los principales empresarios tecnológicos como para haberse puesto de acuerdo en defender públicamente que hace falta pegar un frenazo en el desarrollo de la inteligencia artificial? ¿Realmente hay fallos de seguridad que no controlan los empleados y usos militares cada vez más difíciles de controlar? O ¿lo que nos están contando no es real y estamos ante una verdadera campaña de marketing donde se están pidiendo más recursos? Hay demasiado dinero en juego. De la IA dependen buena parte de las expectativas bursátiles de EEUU y el ahorro de millones de familias que se acuestan pendientes de cómo ha cerrado Wall Street. Una corrección tecnológica tendría consecuencias políticas pero también económicas. Pero no hay que olvidar que al mismo tiempo, competir duramente exige inversiones gigantescas con ingresos que todavía no son suficientes. Por eso el tiempo que piden las grandes empresas puede tener una doble lectura: hay riesgos reales y eso les da mucho vértigo, pero también una regulación diseñada por los líderes del sector puede protegerlos de nuevos competidores y darles más tiempo para hacer más sólidos sus balances. En castellano, esto significa que existe una necesidad de enfriar el mercado para que no estalle.

De lo más inquietante que hemos conocido tiene que ver con un informe de una de estas empresas en el que se aseguraba que se había bloqueado a investigadores que estaban usando programas de IA para el desarrollo de armas biológicas y para la creación de virus, organismos vivos y productos tóxicos capaces de causar la muerte. La compañía no sabe o no quiere decir si el objetivo era científico o militar, pero la plataforma ha impedido este uso. Hay preocupación también porque, según estos técnicos, se ha comprobado que estos sistemas son capaces de actuar de forma autónoma e incluso crear modelos más inteligentes. Y esto es un problema porque, aunque se incremente el potencial de la tecnología, se dejaría fuera del control humano ciberataques, ataques financieros y agresiones a aeropuertos o sistemas críticos. El escenario, se mire por donde se mire, resulta inquietante.

La senda para atajar estos peligros es difícil. Requiere controles públicos que estén plasmados en leyes ad hoc, pero claro, los operadores privados son partidarios de la autorregulación. Es necesaria la aceptación de normas oficiales comunes por estos operadores privados y además, y esto es importante, acuerdos con China, para esquivar todos los problemas que puede haber con la IA oriental. Es imposible saber si existe tiempo para revertir una situación a la que sus propios padrinos califican de preocupante, pero en todo caso todo el mundo está de acuerdo en que hay que actuar y en que hay que hacerlo con rapidez. Todavía queda mucha tarea por delante. El reglamento de la IA sobre la Unión Europea tiene todavía muchas líneas por desarrollar y la ley española está en trámite parlamentario y no prevé su aprobación antes del 2027. Ahora la pregunta es: ¿surgirá a tiempo la presión social suficiente como para crear una alianza mundial que vigile y controle la Inteligencia Artificial?

Y en este contexto inédito llega el Presidente de los EEUU para decirnos que aquí nadie va a frenar porque el objetivo es ganar a los chinos. Sin esperar a determinar si esta repentina autoconciencia tiene algo de operación de marketing o incluso de maniobra para ganar tiempo, él amenaza a los cuatro señores que más saben de esto con que nadie va a parar. Es más que probable que dentro de unos años, cuando echemos la vista atrás, nos escandalicemos de este momento histórico. El momento en el que la industria de la IA reconoció de forma unánime que esto de la inteligencia se le estaba yendo de las manos y que Trump les contestó que se dejasen de titubeos porque lo realmente importante es llegar los primeros a la cima del monte, aunque el monte acabe quemado.

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