Opinión

Sánchez cruza su último Rubicón

MADRID, 03/09/2026.- El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparece este jueves en el Congreso de los Diputados para informar de la gestión de la crisis en Ceuta. EFE/ Sergio Perez
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
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Una de las incontables secuelas que a su paso ha dejado la praxis política de Pedro Sánchez es la desactivación de la capacidad de asombro de los españoles. De tanto traspasar líneas rojas, de tanto transgredir sin recato los usos y convenciones de la cultura democrática nacida de la transición, el presidente del Gobierno ha conseguido inocular en el sistema circulatorio de la sociedad española el virus de la abulia ante el atropello y el desmán.

Solo así se entiende lo ocurrido este pasado fin de semana. Una suerte de hastío cívico se apodera de una sociedad cuando se acepta resignadamente la pasmosa circunstancia de que un presidente del Gobierno vincule, de forma tan interesada como indecorosa, una legítima indignación social ante la crisis de vivienda con el cálculo electoral de unas elecciones generales anticipadas.

Con toda la trompetería de la que Moncloa es capaz, Sánchez escenificó un encierro de tres días con su equipo para graduar los decibelios de la protesta en las plazas españolas. El propósito no era otro que valorar si podía utilizar la indignación de la gente como ariete de campaña en unos comicios adelantados.

Algo falla en los anticuerpos de la sociedad civil cuando un dirigente no necesita disimular que ha pasado el fin de semana escudriñando el canal 24 horas de TVE, refrescando las redes sociales y encargando sondeos a uña de caballo antes de decidir si le resulta rentable instrumentalizar electoralmente el clamor social sobre un problema que durante ocho años ha subestimado con su proverbial condescendencia. Sánchez buscaba una coartada social y política para adelantar el calendario electoral antes de que el calendario judicial sepultara al PSOE. Cree haberlo encontrado. Como se ha visto en su discurso institucional, una oda a la demagogia, al menos tiene ya el discurso de campaña hecho.

Las negligencias del Gobierno

El presidente ha puesto fin a una legislatura desdichada. Cuando un Gobierno se siente lo suficientemente impune como para hostigar al poder judicial sin temor a la reprobación social o lo suficientemente envalentonado como para torpedear indisimuladamente las investigaciones en curso sobre los escándalos de corrupción que cercan al entorno presidencial, es porque la exigencia de la rendición de cuentas es ajena a la cultura cívica de una sociedad.

Es inaudito que el Gobierno haya incumplido campanudamente la obligación constitucional de presentar su proyecto anual de presupuestos ante las Cortes Generales durante los cuatro ejercicios que dura una legislatura y su única respuesta haya sido que a mí plin. Y resulta inaceptablemente abusivo que un Gobierno desprovisto de la confianza parlamentaria de las dos Cámaras, lejos de disolverlas cuando era menester, se haya encadenado hasta hoy al palo mayor del poder porque no existía una mayoría alternativa que permitiera censurarle.

El listado de desafueros políticos es tan inagotable como profunda es la negligencia que ha caracterizado la gestión de una gravísima secuencia de crisis como la Dana, el apagón eléctrico, el accidente ferroviario de Adamuz y la violación de la integridad territorial de España en la frontera de Ceuta, previa a la crisis migratoria que siguen padeciendo los ceutíes ante los apaños gubernamentales por trasladar la conversación pública a otras latitudes políticas y semánticas.

Un tiempo iliberal

Pedro Sánchez es hijo de su tiempo. Un hijo modélico de un tiempo iliberal. En su década de trayectoria en la primera línea política –el 20 de diciembre se cumplirán once años desde que se presentó por primera vez como candidato por el Partido Socialista a unas elecciones generales– ha participado de las pulsiones iliberales que también han significado a otros dirigentes occidentales.

Sánchez se presenta urbi et orbi como la némesis ibérica de Donald Trump, pero ambos comparten la misma genealogía política. Si España sigue siendo hoy una democracia plena, lo es más por la resistente labor de los jueces, los medios de comunicación y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en la defensa del Estado de Derecho que por la devoción con la que Sánchez reverencia el principio de la separación de poderes.

Si la política es el arte de resolver conflictos, Pedro Sánchez los ha azuzado con religioso fervor. El maniqueísmo demagógico de plantear la crisis de la vivienda como un plebiscito entre buitres y víctimas es la última expresión de una práctica de antagonismo social que hunde sus raíces en su forma biográfica de entender –retener– el poder, desde que se hizo con las riendas del Partido Socialista.

Fue a partir de entonces cuando, desdiciéndose de sus primeros compromisos–los primeros de tantos– planteó una alianza a todas luces desestabilizadora con los partidos nacionalistas e independentistas. Ni siquiera fue una alianza nacida de una convicción plurinacional, de un ideario, sino de la conveniencia de la coyuntura.

Fue una estrategia que Sánchez fue madurando con el objetivo indisimulado de aquilatar una política frentista de bloques encaminada a inutilizar el control parlamentario, drenar el centro político y electoral, identificar a media España con facciosos ultraderechistas y garantizar con esos mimbres a su Partido Socialista, distanciado insalvablemente de cualquier convencionalismo socialdemócrata, una mayoría parlamentaria a ser posible a perpetuidad.

Un animal político formidable

A la vista de la fragilidad de su base de poder, no le ha ido nada mal, al menos si lo examinamos por el que siempre ha parecido su baremo más preciado: el tiempo de estancia en la Moncloa, casi ocho años y medio hasta el día de hoy. Sánchez no se ha visto constreñido por ningún sistema de valores que no fuera el cálculo casuístico de la ganancia política. Ha sido el dirigente más astuto de su generación, un animal político formidable, de instinto insuperable, un legionario de siete vidas. No ha dado nunca batalla por perdida y, aun renqueante y mortalmente magullado, permanece en pie como el último e indiscutido líder de la izquierda europea.

Consumado cincelador de las corrientes de opinión, maestro en el arte de la cortina de humo y el relato, doctor en la psicología de las pulsiones ideológicas de su base electoral, Sánchez ha cumplido a rajatabla aquella máxima que Mario Vargas Llosa inmortalizó en La fiesta del chivo, según la cual la política es el arte de abrirse paso entre cadáveres.

Pero todo el mundo tiene un plan hasta que comienza a recibir los primeros guantazos. Su proyecto de consolidación de su poder se fue malogrando en esta legislatura al sostenerse, a falta de cimientos más sólidos, en la presunción de que Carles Puigdemont participaría del candoroso entusiasmo de Aitor Esteban por ser aceptado en el marco fetiche y legitimador de la mayoría de progreso a cambio de la amnistía y dos huevos duros.

No cabe duda de que Sánchez subestimó tanto el desengaño de Puigdemont ante la indisimulada estrategia dilatoria del Gobierno en el cumplimiento de su parte del trato, como la importancia de la creciente complejidad del contexto político catalán en la toma de decisiones de Waterloo. En esta segunda legislatura, Puigdemont ha permitido a Sánchez estar como presidente del Gobierno, pero no le ha dejado ser presidente del Gobierno.

La tensión emocional

En los últimos tiempos se le ha visto lento, corto de reflejos, Ceuta es el ejemplo más claro. No hay que minusvalorar la tensión emocional de su situación familiar, el desgaste físico e intelectual de gobernar desde hace tiempo a la defensiva, el paulatino estrechamiento del cerco de la corrupción a su derredor, o la frustración provocada por el agotamiento de su proyecto personal.

El prestigio político que una vez atesoró fuera de nuestras fronteras se ha volatilizado, como prueba el correctivo que le infligieron 22 primeros ministros europeos a cuenta de la regularización extraordinaria de inmigrantes. El lapsus freudiano del ministro Puente postulándose este verano como primus inter pares entre el elenco de diádocos fue la manifestación revelada de que el fin de ciclo está instalado en la conciencia de su guardia pretoriana.

Arrollado por la crisis de Ceuta, Sánchez ha creído encontrar en la de vivienda su última rendija de salvación, al menos para sobrevivir políticamente en sus cuarteles de invierno a la espera de un nuevo amanecer progresista. Convocados sus fieles entre redoble de tambores, Sánchez lanza la última carga de una caballería cada vez más ligera encaminándose debilitado por el tiempo y el destino hacia el paso de su último Rubicón.

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