Tras estos días en los que vivimos pendientes del hantavirus, de las cuarentenas, de las mascarillas rescatadas del fondo de los cajones, de los mapas, los porcentajes y los síntomas; apenas habíamos terminado de discutir sobre las elecciones andaluzas —sus pactos posibles, sus derrotas irreparables, sus vencedores provisionales— cuando el foco se desplaza otra vez hacia Ormuz, hacia los petroleros atrapados, el precio del crudo, la amenaza sobre los viajes y la inflación que reaparece como un viejo acreedor al que nunca acabamos de pagar.
Y tras la excitación generada por constantes fines del mundo, o al menos, de ciclo, llega un cierto hastío, una sensación muy concreta que se instala después de la avalancha de grandes noticias que no es alivio, tampoco miedo, sino una especie de agotamiento moral.
Lo extraño no es solo la velocidad a lo que todo se sucede, sino la sensación de que las noticias envejecen a una velocidad obscena. Un conflicto que hace diez días parecía cambiar el mundo se convierte en una pestaña olvidada del navegador. Un juicio largamente esperado pierde peso frente a la última emergencia. ¿Quién era el juez, quién el fiscal? Lo urgente devora lo importante y luego desaparece, sustituido por otra alarma de duración limitada. Vivimos dentro de una cinta transportadora emocional en la que, figuritas en movimiento, apenas nos da tiempo a comprender nada antes de reaccionar algo.
Y entre epidemias, tensiones geopolíticas y mercados alterados, se cuela la alfombra roja de Cannes. Ahí está, más observada por los cuerpos que por las películas. Más pendiente de unos brazos emanciados que quieren vendernos como tonificados que del contenido de una obra. Cannes funciona estos días como una radiografía involuntaria del momento cultural: la extrema delgadez vuelve a imponerse con una fuerza inquietante, casi agresiva. Después de años de discursos sobre diversidad corporal y aceptación, regresan las clavículas afiladas, brazos y los rostros exhaustos. La moda siempre anuncia algo antes de que sepamos nombrarlo.
Tal vez ocurra porque en tiempos de incertidumbre el cuerpo vuelve a convertirse en territorio de control. Cuando el mundo se percibe caótico, reaparece la obsesión por disciplinar y contener la carne. La femenina, claro. La delgadez extrema nunca habla solo de estética; abarca el poder, la ansiedad, el dinero, el miedo al exceso y el deseo de desaparecer. Resulta difícil no verlo mientras los mercados tiemblan por Ormuz y media Europa calcula cuánto costará viajar este verano, la hipoteca, las naranjas.
Sí, lo más desconcertante de esta época no son las noticias aisladas, sino la manera en la que todas conviven sin jerarquía. Una epidemia potencial, una crisis energética, una guerra comercial, una actriz convertida en tendencia por perder diez kilos, el avance de la ultraderecha, todo ocupa el mismo espacio luminoso en la pantalla. Todo exige la misma atención inmediata. Todo parece definitivo hasta pasado mañana.
Ahí estamos, en esa falsa impresión de calma que queda cuando el ruido disminuye bruscamente. Porque a menudo, cuando parece que no ocurre nada, es precisamente cuando todo lo importante empieza. Lo veremos, seguramente, dentro de apenas dos semanas.

