Opinión

Un dosier de Perogrullo

Fernando Grande-Marlaska (d), conversa con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados, este jueves.
Fernando Grande-Marlaska conversa con el presidente Sánchez en el Congreso.
EFE/ Chema Moya
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Ha causado gran revuelo el dosier de Interior descubierto por El Confidencial con fichas de decenas de periodistas y opinadores clasificados ideológicamente, que incluyen fotografías y apreciaciones del tipo “afín al PSOE”, “ideas de izquierda” o “ideas de derecha”. La yenka del tertulianismo. De haber salido en ese dosier, a una sólo le preocuparía la foto.

No hacía falta un documento ni apenas trabajo para catalogar a periodistas, pues andamos sobradamente autoetiquetados en redes y tertulias, más afanados algunos en el activismo que en el periodismo, en levantar la patita izquierda o derecha para dejar marca en los acontecimientos. El informe de los funcionarios de Interior estaría, pues, a la altura del doctor Bunsen de los Teleñecos, como corroborar que acercarse a una estufa encendida da calor. Pudiera el departamento responsable pasar a llamarse “Centro de investigaciones que ya se sabían”. Huelga decir que lo relevante del dosier no es quién es el periodista, sino quién dice el poder que es. Como cuando Goebbels le ofreció ser ario honorario a Fritz Lang, cuya madre era judía: 

—¡Pero si yo soy judío! 

—Yo decido quién es judío y quién no.

Tampoco era necesario un documento si la intención fuera estigmatizar y silenciar a periodistas. O dicho por Margarita Robles: “No hace falta muchas veces ir a informes manuscritos”.  En las radios y televisiones públicas, de un signo y de otro, hay abundantes ejemplos de profesionales condenados al ostracismo por haber criticado al gobierno de turno. El dosier de Marlaska de hoy es el dosier de Miguel Ángel Rodríguez de ayer o la llamada telefónica de siempre del cacique autonómico al medio subvencionado. Hay aquí una suerte de consenso político: la misma intención de dividir el mundo entre los que están con uno y los que deben ser vigilados o desacreditados.

El dosier constata que al Gobierno no le preocupan tanto los periodistas como los opinadores, ni la opinión pública como la opinión publicada. Clasificado el tertuliano, supone una que deducirán la audiencia de cada medio a la manera de Yes, Minister: “El Daily Mirror lo leen quienes creen que gobiernan, The Guardian los que piensan que deberían gobernar, […]. A los lectores de The Sun les da igual quién mande mientras tenga los pechos grandes”. Faltarían, eso sí, las fichas de opinadores de redes sociales; claro que para eso ya está Óscar Puente. Si los trenes llegaran con la misma puntualidad con la que el ministro hierra periodistas en X, a lo Yellowstone, España sería Japón.

Políticos y periodistas deberían convivir con incomodidad, como Marta Ortega en la casita de Bad Bunny. Al periodista se le supone la vocación de mirar allí donde se quiere echar la persiana y al poder querer saber quién lo fiscaliza y quién le preguntaría por sus listas de Spotify. De ahí que se recurra a etiquetas, muletas para terrenos resbaladizos. El problema es que suelen ser tan perezosas como peligrosas. “Primero te tienes que morir y luego te clasifican”, dijo Céline. Hoy sería al revés: primero te clasifican y luego puede venir la muerte civil.

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