Confieso que me gusta viajar y soy carne de esos indignaditos que se quejan de lo lleno que está todo en todos los sitios porque la gente se mueve mucho (eso sí, cuando ellos viajan a determinadas ciudades turísticas deben de considerarse espíritus puros que no ocupan lugar alguno). Aunque me gusta moverme, a veces siento la tentación de sentarme en el sofá y dejar que la vida pase, sin más. Lo que tengo claro es que yo nunca hubiera sido pionera, nunca hubiera ido a descubrir tierras indómitas o hubiera participado en expedición alguna, como Isabel Barreto, por ejemplo, que llegó a ser la primera mujer almirante de la historia.
Hace unos años visité el Perito Moreno con unas amigas (uno de los sitios más bonitos que he visto nunca, la verdad) y, uno de los días, alquilamos unos caballos para dar una vuelta por los alrededores del famoso glaciar. La casualidad quiso que uno de los animales le cogiera manía al equino que yo montaba y, cada vez que se acercaba por detrás, le pegaba un mordisco en el culo, lo que provocaba que mi caballo arrancara de repente sin que una amazona tan poco avezada como yo lograra dominarlo. La segunda vez que ocurrió eso, el guía local decidió que, por mi propio bien, lo mejor era que él y yo fuéramos detrás del grupo. Durante el trayecto, el hombre me contó que su tatarabuelo había sido uno de los primeros pobladores de El Calafate y que, hasta llegar allí, recorrió, junto a su abuela cientos de kilómetros por territorios inhóspitos junto a unas pocas personas más. Cuando finalizó su relato lo miré y le dije: “Yo no hubiera ido nunca a ese viaje”.

Mi espíritu aventurero ha sido siempre muy limitado y nunca he sentido la necesidad de vivir experiencias que me llevaran al límite. Lo más arriesgado que he hecho en mi vida es tirarme por tirolina en Costa Rica, y eso solo lo hice porque, cuando estaba a punto de rajarme, vi a una señora de cerca de ochenta años poniéndose el arnés y me dio vergüenza no tener su valentía. He de confesar, eso sí, que me lo pasé estupendamente. La otra aventura arriesgada en mi vida la pasé en uno de esos viajes, cuando fuimos a aterrizar en un remoto paraje en una pequeña pista en la que al final había un cafetal. La avioneta en la que íbamos se movía tanto que les dije a mis amigas: “Aquí el café te lo sirven al llegar, y en rama”.
Lo que se está convirtiendo en una verdadera odisea en España es viajar en ferrocarril. El otro día, en la estación de Tudela, en Navarra, tuve que esperar a un tren que venía de Pamplona con un retraso de más de media hora en el hall de una estación sin aire acondicionado y sin un solo ventilador. Por supuesto, el bar estaba cerrado, así que, los sufridos pasajeros tuvimos que aguantar como pudimos. Lo peor fue que no se nos dio ni una simple explicación. Los clientes de Renfe nos hemos convertido en verdaderos sufridores acostumbrados al maltrato de la compañía. Hace unos días, en plenas fiestas de San Fermín, los responsables de la estación de Pamplona nos tuvieron más de media hora esperando fuera de las instalaciones de la estación a pleno sol. Cuando pregunté por qué no nos dejaban pasar al hall, una empleada, me contestó con cajas destempladas que me tocaba esperar, vamos. Y ahí se quedó todo. Un amigo me sugirió que escribiera al ministro por “X”, pero no me apeteció que encima Óscar Puente me metiera una bronca, que bastante tenía con el calor.
La historia en cuestión me recuerda a uno de los artículos de Julio Camba recopilados en su libro Haciendo de República. A los dos meses de que cayera la monarquía, el insigne periodista tuvo que esperar paciente en una estación de Galicia a que llegara un tren que iba con retraso porque apenas podía subir una cuesta. Cuando llegó, un pasajero se mostró indignado al ver, no la decrépita máquina en cuestión, sino el nombre que todavía tenía en una pequeña placa: “Alfonso XIII”. A este paso, será de lo único que nos podamos quejar.

