Cuando un madridista celebra con entusiasmo la tremenda pitada del Metropolitano a varios jugadores blancos algo extraño ocurre que necesita ser explicado. Y al igual que Voltaire escribió su Cándido o El optimismo, y Rousseau su Emilio o De la educación, yo necesito escribir mi Vinícius o El sublime arte de cagarla siempre para aclararlo.
Todo arranca de la gansada en Elche de tres futbolistas del Madrid de recogerse la camiseta para tapar un mensaje que el resto de sus compañeros sí exhibieron. Aunque la falta de estos tres ridículos émulos de los gigantescos Tommie Smith y John Carlos sea la misma, la censura no lo puede ser porque uno de ellos es multirreincidente y los otros dos no: uno por falta de tiempo y el otro por ausencia de mamarrachadas.
Solucionado así el caso de Konaté con una ligera amonestación, pasamos al de Mbappé que ya merece una tarjeta amarilla. Mbappé, además de un extraordinario futbolista, es un joven muy inteligente, cualidad que no se puede destacar de sus dos compañeros de trío. El Montaigne de Bondy conoce perfectamente la enorme repercusión pública de cualquier palabra, de cualquier acción suya, y por eso las cuida tanto. Cada vez que en Francia se ha suscitado un debate sobre los sacrosantos cimientos y valores de la República, Kylian se ha mojado y ha acertado. Estoy seguro de que la próxima primavera le volveremos a escuchar uniendo su voz a la de los que defienden la Francia de Charles de Gaulle frente a la Francia de Philippe Pétain.
Sorprende, por ello, que en una cuestión que afecta al alma, a la integridad territorial de la nación que le paga (con mucho dinero y con mucha gloria, por cierto) el futbolista francés elija ponerse de perfil. Sorprende que un chico tan avispado decida ofender al único lema: “Todos somos caballas”, que en el corazón del cien por ciento del madridismo está a la misma altura del sagrado “Hala Madrid”. Ya le gustaría a Florentino Pérez gozar de esa unanimidad en el Bernabéu. El rival de Lamine Yamal, el Maradona de Rocafonda, por el trono del fútbol se ha explicado y yo comparto la intención y el espíritu de sus palabras: “Quería tener un gesto con los inmigrantes que han perdido la vida”. Lo que ocurre es que se ha equivocado de gesto para honrar tan importante causa. Qué fácil lo tenía al final del partido para hablar y denunciar con sus palabras la mayor tragedia y el mayor dolor que esta crisis de Ceuta ha causado. Un dolor y una tragedia aún mayor que la de los ceutíes y la de los inmigrantes que llevan semanas viviendo y durmiendo al raso: el inmenso sufrimiento de las familias marroquíes que han perdido a sus hijos ahogados y a los que el gobierno de Rabat no les permite enterrarlos.
Lo que estamos viviendo en Ceuta demuestra hasta qué punto Mohammed Chukri acertaba en ese brutal monumento literario que es El pan a secas: “Hasta en el cementerio hay diferencias entre ricos y pobres”. Da pena pensar lo que sentiría el inmenso escritor rifeño si leyese el miserable libelo que su traductor al francés, Tahar Ben Jelloun, acaba de publicar en el diario El País. Una pestilente tribuna en la que difama a millones de españoles, manipula con absoluto descaro la Historia y soslaya la tremenda penalidad que sufre el pueblo marroquí mientras ensalza sin rubor los éxitos de su gobierno. Ben Jelloun se ha convertido en el lacayo mediático oficial del Sultán, en un esclavo magníficamente recompensado. El premio Goncourt marroquí ha hecho exactamente lo contrario que Albert Camus defendía en su celebérrimo discurso de aceptación del premio Nobel: “El escritor no puede ponerse al servicio de quienes hacen la Historia, sino al servicio de quienes la sufren”.
Estoy seguro de que Mbappé ya sabe a estas horas que se ha equivocado. El Metropolitano se lo ha recordado con contundencia, verdad y elegancia: “Ceuta es España, ni se arruga ni se tapa”. El francés ya ha recordado que un futbolista no puede ir contra un sentimiento unánime de su afición, no puede dañar una fibra moral esencial de su ideario. El Real Madrid es un equipo profundamente español y hoy el ataque a España se llama Ceuta y el sufrimiento de los españoles se llama caballas. ¿Se imaginan mis lectores que algún jugador del Barcelona (lo mismo me da un catalán de Terrassa que un argentino de Rosario o un canario de Tegueste) atacase algún sentimiento sacro del santoral catalanista? No, ya sé que no se lo imaginan y Kylian tampoco.
Estoy seguro de que el aspirante parisino a Balón de Oro ha aprendido tres lecciones de este error que no se le van a olvidar nunca. La primera, una lección de madridismo y de lo que significa ser la estrella del Real Madrid. La segunda, una lección de geografía, pues, frente a algunos despistados galos que creen que África empieza en los Pirineos, Kylian ya sabe que empieza en las fronteras eternas e irrenunciables de Ceuta y Melilla. La tercera lección (la que millones de madridistas anhelamos con devoción) es que, si quiere conquistar en los altares del madridismo el lugar que sus fabulosas condiciones merecen, debe comportarse dentro y fuera del campo como su compatriota Zinedine Zidane. El marsellés debe ser el único espejo en el que se mire el portento de Bondy.
Glosada la tarjeta amarilla de Mbappé nos falta hablar de la tarjeta roja de Vinícius Jr., que da título a esta columna. Todo arte tiene su virtuoso, su intérprete excelso. El gran Javier Perianes es un virtuoso del piano, el inmenso Luis Alberto de Cuenca del verso y el increíble Marcos Llorente de la dermatología. Pues bien, Vini Jr. es un virtuoso de meter la pata, de cagarla. Tal vez porque sus escasas entendederas no comprendan que el fútbol consiste en meter la pierna con acierto y no en meter siempre la gamba.
Yo no tengo nada contra el futbolista brasileño, al revés. Quien lea mi “Le football c’est moi” verá que hasta hace veinticuatro meses le llenaba de elogios. Sorprendentemente en estos dos últimos años ha pasado de ser un incordio continuo para las porterías rivales a ser una fuente de continua discordia para el Bernabéu. En este bienio negro el futbolista brasileño se ha convertido en la cicuta que envenena el vestuario madridista. Esa es la verdadera razón por la que el fabuloso Rodri Hernández no quiso fichar por el Real Madrid.
Mientras a don Luka Modrić y a don Andrés Iniesta les aplaudían puestas en pie las aficiones de todos los estadios españoles, a Vinícius le abuchean por doquier, incluido el paseo de la Castellana. Las mamarrachadas, las estupideces, las cagadas no son gratis y tienen consecuencias cuando uno no para de provocar y ofender a los demás. Como canta la divina Shakira en esa biblia del feminismo que es su colaboración con Bizarrap: “Ah, mucho gimnasio / pero trabaja el cerebro un poquito también”. Y ese es uno de los problemas más graves de Vini: tiene virgen el órgano que convirtió a Albert Einstein en una leyenda.
La lista de las gansadas de este rebelde sin causa es interminable. Solo destacaremos los momentos estelares de su descenso desde el Olimpo al Hades del fútbol. Convirtió sus roces con alguno de esos impresentables racistas que se esconden en todas las aficiones y manchan su nombre en una causa general contra el fútbol español acusándolo de racista y pidiendo que, si esto no se arreglaba, le quitasen a España la organización del Mundial de 2030. Quiero hacer dos precisiones al patético Martin Luther King de La Moraleja. La primera: es curioso que esos problemas solo los tenga él y no los demás futbolistas que en el Madrid y en el resto de equipos españoles tienen el color de piel de Nelson Mandela. La segunda, su disparatado deseo respecto al Mundial español demuestra que la gratitud al país que le acogió siendo casi un niño no brilla tampoco entre las muchísimas virtudes de este fenómeno.
Su ridícula pataleta por la concesión del Balón de Oro de 2024 a Rodri está a la altura de la del marido de Melania por no recibir el premio Nobel de la Paz del año siguiente. No cabe mayor esperpento, mayor vergüenza ajena. Tengo que lamentar que un club señor como el Real Madrid compartiese la performance de su estrella y no le abriese, en cambio, un fulminante expediente disciplinario. Por esto tampoco quiso fichar el inmenso Rodri Hernández por el equipo de Concha Espina. El jurado del Balón de Oro fue profético: Rodri hizo a España campeona del mundo; Vinícius hizo con Brasil lo mismo que con el Madrid: nada.
No voy a comentar su criminal traición a Xabi Alonso, porque ya dije de ella todo lo que tenía que decir en mi “Florentino Pérez”. Solo quiero apuntar que el tolosarra es mucho mejor futbolista, mucho mejor madridista y mucha mejor persona que él. El vasco es campeón del mundo, el brasileño fue campeón de la pasarela del Madring.
Su participación en el motín de Elche es a todas luces incomprensible y la palabra luces (escribiendo sobre Vinícius) no la uso en un sentido irónico. A un brasileño se le perdió en Ceuta lo mismo que a un vietnamita en la Patagonia: nada. Su actitud solo se explica por su insaciable voluntad de meter la pata en todo, cagarla siempre y hacer daño a España.
He escrito esta columna con pena, porque cuando uno se llama Vinícius y ha nacido cerca de Río de Janeiro está obligado, como su homónimo el inolvidable Vinícius de Moraes, a llenar el mundo de luz, de música, de felicidad, A felicidade. Todos los grandes futbolistas brasileños (muchos de ellos madridistas) son embajadores universales de la belleza, de la simpatía, de la alegría de vivir. Todos: Ronaldo, Romário, Ronaldinho, Roberto Carlos, Marcelo… todos menos uno: Vinícius. Un hombre extraño que más parece un amargado sargento prusiano que un dichoso futbolista fluminense.
Vinícius Jr. nunca ha entendido que el fútbol es un deporte colectivo, un juego en el que un futbolista sin el apoyo de sus compañeros y de su afición no es nadie. Con la mejor intención le dedico al delantero brasileño estos versos de Octavio Paz que ojalá sea capaz de comprender y memorizar: “Los otros que me dan plena existencia, / no soy, no hay yo, siempre somos nosotros”.
PD. El Metropolitano mostró la diferencia entre unos futbolistas centrados en su profesión y otros que juegan a ser los Kissinger de la nada. Vinícius, por supuesto, ni estuvo ni se le esperaba. ¡Menuda papeleta tiene entre manos don José Mourinho!

