Cruzar el estrecho de Gibraltar desde Algeciras supone hacer la travesía inversa a la que miles de personas sueñan desde con emprender: esos apenas 30 kilómetros de aguas, plagados de corrientes y hoy también de cadáveres, separan no sólo dos continentes, sino dos cosmovisiones. Esta “separación” es parte del problema: Ceuta lleva semanas viviendo una doble fatiga. La de los migrantes, muchos de ellos menores, que deambulan, hacen cola, duermen donde pueden e intentan una y otra vez alcanzar la península. Y la de los ceutíes, que ven cómo su ciudad se ha convertido en una sala de espera sin que nadie, ni en Madrid ni en Rabat, termine de ofrecer una salida.
Cuando Artículo14 desembarca en el puerto, todo parece funcionar a la perfección. Los barcos, los coches, los comercios que se aglutinan a lo largo de la avenida Compañía de mar están abiertos y en marcha. Por el paseo se ven algunos jóvenes migrantes con bolsas de plástico en las que llevan las pocas pertenencias que han acumulado en un mes: alguna camiseta, una botella de agua, un paquete de galletas. Al llegar al parque Juan Carlos I se aprecian grupos de ceutíes que se preparan para incorporarse a la manifestación de cada tarde. Entre unos y otros se ha ido instalando una frase que se repite en las protestas diarias de la Plaza de los Reyes: “Tienen que irse todos”. Muchos no distinguen entre menores y mayores de edad: “Todos, sin excepción. Y al que pillen sin papeles, deportación”.

Durante los últimos días se han producido ataques a periodistas, pero no es el caso. “No somos racistas, exigimos una solución”, razona una de las manifestantes a este diario. Lleva una bandera de España y grita “¡Pedro Sánchez, dimisión!”, pero prefiere no ser identificada. En el tumulto de gente conviven diferentes mensajes; el problema es que, a falta de esa solución, la convivencia cotidiana ha empezado a organizarse en torno al parche, al cansancio y a una desconfianza en crecimiento.
Cada tarde, varios centenares de vecinos se concentran frente a la Delegación del Gobierno para pedir que se alivie una presión que consideran insostenible. Las protestas han ido creciendo a medida que pasaban los días y los traslados apenas cambiaban el paisaje. El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, ha pedido “unidad, templanza y firmeza”, insistiendo en que mover a los migrantes de un sitio a otro no arregla el problema. Lo que ha desbordado a Ceuta no es solo una entrada masiva, sino la falta de un dispositivo estable para gestionar lo que vino después.
En barrios como Villa Jovita, la percepción vecinal es menos estridente de lo que sugieren algunos discursos políticos. Varias mujeres consultadas por este periódico —que piden no aparecer con sus nombres ni en imágenes por miedo a represalias o a ser señaladas— reconocen que se ha notado un aumento claro de migrantes por la zona, pero niegan que la vida diaria se haya vuelto imposible. Hablan de más gente durmiendo en parques o soportales, más tránsito a determinadas horas, más basura y más tensión puntual. También de miedo, sí, pero no de una ciudad tomada. La palabra que más repiten es “agotamiento”. No culpan a quienes llegan, dicen, sino a quienes los dejan ahí. Ceuta convive desde hace años con la frontera y con menores en la calle; lo nuevo, según vecinas como Macarena, no es la existencia de esa realidad, sino su volumen y su prolongación. “La situación comienza a ser insostenible”.
La improvisación se ve incluso en los supermercados. En algunos establecimientos, entre ellos un Mercadona que se ha convertido casi en símbolo de la crisis, el de la avenida de España, se han organizado dos filas: una para residentes o “ciudadanos” y otra para migrantes. No responde a ninguna norma escrita, sino a una práctica de orden público: evitar aglomeraciones, reducir tensiones y hacer más fluido el acceso en momentos en que centenares de personas buscan comprar agua, pan o algo de comida con lo poco que llevan encima o con la ayuda que reciben. En algunos casos la Policía ha tenido incluso que dispersar acumulaciones y reordenarlas en fila. La imagen es incómoda, y lo es porque resume bien el estado actual de la ciudad: todo funciona, pero a duras penas; nada está normalizado, todo se hace para salir del paso.

La cara más dura de esa provisionalidad está en el puerto. Allí siguen concentrándose menores que duermen en la calle y viven pendientes de un solo objetivo: colarse en un barco y alcanzar Algeciras o Málaga. La escena no es nueva en Ceuta. Ya en 2021 se hablaba de “la ciudad de los niños abandonados”. Realmente siempre ha habido menores en la calle, normalmente entre 70 y 80. Quieren dormir cerca del puerto para coger un barco y marcharse a la Península. Lo que ha cambiado ahora es la cantidad.
Uno de esos menores, Ahmed, lleva un mes durmiendo en las inmediaciones del puerto. No quiere volver a Marruecos. Explica a este diario que no tiene a dónde volver. Ha intentado entrar en las bodegas, esconderse en los bajos de camiones, buscar huecos imposibles. De noche duerme en coches abandonados o al raso; de día vive de la caridad, de asociaciones que reparten comida, de lo que otros chicos comparten. Tiene miedo. No tanto al hambre, que ya conoce, como a que lo devuelvan. Ese miedo aparece por toda la ciudad: menores que hacen fila para pedir protección, que duermen en calles y espacios improvisados, que pasan los días entre la esperanza de un barco y la amenaza de una devolución.
Las historias se repiten con una monotonía insoportable. Hay chicos que llegan descalzos, sin camiseta, sin nada. Otros no quieren entrar en dispositivos oficiales porque creen que eso les aleja del puerto y de su única posibilidad de seguir camino. Algunos prefieren la calle a un centro saturado si eso significa estar más cerca de la salida. En las colas para comer, frente a garajes o locales cedidos, se cruzan los que llevan una semana con los que llevan un mes. Todos miran hacia el mismo sitio.

Ceuta se ha convertido así en un lugar extraño: una ciudad española donde miles de personas están pero no pueden quedarse, y donde miles de vecinos sienten que siguen en su casa pero que ya no gobiernan el ritmo de su propia vida. La tentación de convertir ese malestar en un reproche directo contra los migrantes existe, y algunos grupos la alimentan. Pero la mayoría de los vecinos que protestan intentan formular otra queja: no contra quien llega agotado, hambriento o perdido, sino contra los gobiernos que convierten la frontera en herramienta de presión y dejan después a la ciudad sola con las consecuencias.
Esa es la ecuación que explica el mes que Ceuta lleva viviendo: vulnerabilidad abajo, bloqueo arriba. Los migrantes están desamparados. Los ceutíes, hartos. Unos piden techo o paso; otros, orden y respuesta. Y mientras tanto, la ciudad sigue esperando a que alguien se haga cargo de una realidad que ya no cabe ni en el CETI, ni en el puerto, ni en la paciencia de sus calles.

