Los ceutíes estallan y boicotean las ayudas a los migrantes al grito de “fuera, fuera”

"Queremos que se marchen. Cuanto más se les dé, más tiempo se quedan. Es un efecto llamada", advierten los ciudadanos que se manifiestan

CEUTA, 27/08/2026.- Migrantes observan desde lejos las protestas de ciudadanos que impiden la llegada de los voluntarios de Cruz Roja a la playa del Trampolín con bolsas de alimentos. EFE/Reduan
Migrantes observan desde lejos las protestas de ciudadanos que impiden la llegada de alimentos.
EFE/Reduan

En Ceuta, la tensión ya no se escucha únicamente en las conversaciones de los policías ni se mide en los partes de intervención sino que se respira en las calles. Está en los parques infantiles ocupados, en las playas convertidas en asentamientos y en los padres que prefieren que sus hijos permanezcan encerrados en casa, por seguridad.

Casi un mes después de la entrada masiva de migrantes del pasado 30 de julio, el cansancio empieza a transformarse en otra cosa: en hartazgo, desconfianza, rechazo y, en algunos casos, en acciones para tratar de impedir que continúen llegando ayudas para los migrantes. “Es un efecto llamada”, denuncian. 

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El camión de alimentos de la Cruz Roja ha tenido que ser escoltado en la playa de El Trampolín ante la protesta.
Cedida.

Escalada de tensión, fuego en la playa y cargas policiales

Ese malestar ha terminado por estallar. La tensión que se concentraba en la playa de El Trampolín —donde más de un centenar de migrantes continúan acampados— se ha extendido a la playa de Benítez, desencadenando graves altercados. Vecinos de la ciudad se introdujeron en los asentamientos donde pernoctan los migrantes y causaron destrozos, incluida la quema de sus enseres, lo que provocó las primeras cargas de la Policía Nacional.

Tras estos incidentes, un grupo de manifestantes extendió una bandera gigante de España y marchó junto a otros vecinos en dirección a El Trampolín, el punto neurálgico donde Cruz Roja realiza los repartos de comida. Paralelamente, decenas de ceutíes formaron un cordón humano en la carretera de Benítez para bloquear el paso de dos vehículos de Cruz Roja. Los camiones tuvieron que abortar su entrada a petición policial ante el colapso del tráfico.

Entre consignas como “fuera la Cruz Roja”, “Ceuta no se vende, Ceuta se defiende”, “Ceuta no es un CETI” y “que nos devuelvan nuestra vida”, los manifestantes se negaron a despejar la calzada. Ni siquiera los llamamientos a la calma de algunos portavoces sirvieron para desbloquear la vía: “No vamos a levantarnos”, respondían tajantes. Ante la resistencia ciudadana, la Policía Nacional tuvo que abrir un acceso alternativo cerca de la subida a Miguel de Luque para permitir la circulación sin atravesar el cordón humano.

“Queremos es que se marchen”, repiten. Por eso buscan “desgastarles” y empujarles a abandonar la ciudad, mientras critican que sigan llegando recursos desde la Península para miles de personas que continúan en las calles.

La desconfianza ya no se limita a las ONG sino que se extiende a sanitarios y voluntarios, a quienes algunos residentes empiezan a ver como parte de un sistema que, a su juicio, está haciendo posible que los migrantes permanezcan en Ceuta. Insisten en que no están contra los profesionales sino contra lo que consideran un efecto indeseado: “La asistencia está prolongando la situación”.

A esa percepción se suma la sensación de que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad “están de espectadores”, lo que alimenta la idea de que la ciudad podría acabar “rindiéndose” ante Marruecos.  Este el reflejo del deterioro emocional de una población que siente que está sola ante una situación que no sabe cuándo terminará.

Varios migrantes permanecen este lunes acampados en la playa de El Trampolín de Ceuta.
Varios migrantes permanecen acampados en la playa de El Trampolín de Ceuta.
EFE/ Reduan

Provocaciones

A ese clima se añaden episodios que los vecinos interpretan como provocaciones: gestos despectivos, peinetas y burlas por parte de los magrebíes que repiten una frase que les resulta especialmente hiriente: “Ceuta es ya Marruecos”. Cada episodio alimenta el siguiente y cada asentamiento refuerza la sensación de permanencia. Y es que ya no es solo una crisis migratoria sino que se ha convertido también en una crisis de convivencia. 

Una ciudad tomada

Las playas ya no son únicamente playas: continúan los colchones, mantas, bolsas y hasta tiendas improvisadas. Hay colas kilométricas para recibir comidan –Cruz Roja da en torno a 4.000 diarias y Luna Blanca puede repartir unas 5.000 en torno al Tarajal-. Alguno de esos alimentos, denuncian los vecinos, terminan en contenedores de basura o los revenden en puestos improvisados entre los migrantes.  “La policía lo ve, pero no hace nada. Les permiten hasta usar jabón en las duchas de la playa cuando está prohibido”, subrayan indignados.

Los campamentos, además, empiezan a adquirir una apariencia de permanencia que inquieta a los ceutíes y se percibe como una nueva realidad de la ciudad. “No pueden decir que esto se va a alargar hasta diciembre”. Además hay miedo entre los vecinos: “Hay muchos delincuentes que han venido de Marruecos”, apuntan. 

Además, el miedo ha aumentado ante la vuelta del periodo escolar. “No quiero que mis hijos vuelvan al colegio en estas condiciones”, denuncia una vecina que, advierte de que “el colegio está frente a uno de los centros habilitados con migrantes. No van a poder salir al recreo, ni a la calle”. “Yo ya no voy ni a tirar la basura por la noche”.

La tensión se va acumulando en Ceuta y cada vez son más las protestas en torno a las naves habilitadas para sacar los migrantes de la calle.

Agresiones a periodistas

La crispación ha llegado incluso a agredir a periodistas, fotógrafos y cámaras que están sobre el terreno informando de todo lo que acontece. También, los vecinos empiezan a mirar con hostilidad la llegada de lo que denomina “influencers de plató”. Personas que aparecen durante unas horas, se graban cuatro vídeos y cuentan después que en Ceuta existe “mucha normalidad”.  “La normalidad sería, simplemente, que la crisis terminara”.

Y es que el verdadero peligro de un polvorín no está en saber cuándo va a explotar, sino en saber qué será la chispa.

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