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Cómo sobrevivir a la PAU

Debemos poner en valor el trabajo realizado. Llevan diecisiete años dedicados al estudio y al aprendizaje, hay que confiar en que sabe más de lo que ellos mismos piensan

He recibido muchos correos de madres muy angustiadas por la Prueba de Acceso a la Universidad, más conocida como PAU. Pero, antes de analizar la situación, convendría recordar que quienes se examinan son nuestros hijos, no nosotros. Nosotros ya lo superamos, dejemos ahora que su examen sea suyo. No les robemos su derecho a triunfar por sí mismos, ni su derecho a tropezar. En otras palabras: la nota que ellos obtengan no es el veredicto de nuestra calidad como padres.

Es cierto que nosotros no lo recordamos con tanta angustia. La realidad era diferente, había más plazas y competimos en igualdad de condiciones en todo el territorio. No sucede así ahora. Pero con la situación actual, ¿cómo les podemos ayudar?

Lo primero que hay que valorar es que hay aspectos positivos de esta PAU; la experiencia puede ser enriquecedora: vivir el vértigo y sentirlo en la propia piel es un buen aprendizaje. La forma en que nuestros hijos se enfrenten a ese vacío les ayudará para conocerse mejor a sí mismos. Porque no sabemos cómo vamos a actuar hasta que nos vemos en la situación.

Nuestro mensaje hacia ellos siempre debe ser de confianza: para llegar hasta aquí han superado Bachillerato, es decir, ya han constatado que han adquirido el conocimiento. Además, durante muchos años han practicado el error y el acierto. La angustia ante el posible fallo no es algo nuevo, sino que ya la han experimentado y les ha permitido llegar a donde están.

Por tanto, debemos poner en valor el trabajo realizado. Llevan diecisiete años dedicados al estudio y al aprendizaje, hay que confiar en que sabe más de lo que ellos mismos piensan.

En un mundo tan competitivo como este, el hueco que queda es el buen hacer, la constancia. Debemos recordarlo muchas veces. No queremos atajos ni fórmulas mágicas que nunca tienen gran recorrido. La experiencia de la exigencia, del trabajo y del esfuerzo es la que nos proyecta siempre lejos.

Por otro lado, pensemos que la PAU es uno de los pocos rituales que seguimos admitiendo (su propio nombre lo indica: Prueba de Acceso). Aunque sea tentador buscar subterfugios a través de otros sistemas más laxos, a los diecisiete años uno está preparado para asumir este reto y mucho más. No debemos fragilizar a nuestros hijos, sino recordarles que son perfectamente capaces.

Tampoco tenemos que asumir una actitud de negación: evidentemente, van a ser días de nervios, de incertidumbre; van a ser días cansados, de decepciones y de alegrías, de confrontar con la realidad objetiva de cuánto han estudiado, de si saben hacer la prueba o no. Pero no son únicos ni están solos: irán acompañados de sus compañeros y maestros, y compartirán este momento con otros miles de chicos y chicas que igual que ellos están buscando su futuro. Es al mismo tiempo una experiencia solitaria y multitudinaria.

En definitiva, la PAU forma parte de ese grupo de experiencias vitales que nos construyen. Estaremos a su lado, pase lo que pase, sabiendo que ahora les toca esforzarse y trabajar, aunque en realidad el trabajo ya está hecho desde hace mucho tiempo. Ánimo familias.

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