Pregunta: ¿A qué responde la sobreprotección? ¿A las necesidades de nuestros hijos o a nuestra dificultad para sostener su malestar? ¿Hasta qué punto ese empeño por evitarles cualquier sufrimiento, en nombre de su felicidad, es en realidad el miedo a sentir que, si lo pasan mal, estamos fallando como padres? ¿Los estamos educando para la vida o solo tratando de aliviar nuestra propia incomodidad? (Carla, Barcelona).
Respuesta: ¡Qué buena pregunta, Carla! Educar hoy se ha convertido en una tarea de equilibrismo. Vivimos en una sociedad que parece haber perdido la capacidad de decir “no”, habitada por una paternidad que a menudo es incómoda. En las redes sociales, nos bombardean con “recetas” mágicas de crianza, como si educar fuera un proceso lineal con un camino bueno y uno malo. Pero la realidad es mucho más compleja: cuando te conviertes en madre o padre, te encuentras de frente con tus propias sombras, con la hija que fuiste, la madre que tuviste y la distancia que separa al hijo que imaginaste del hijo real.
La fantasía de la perfección y el miedo al malestar
Hoy en día, muchos padres buscamos -casi sin darnos cuenta- el reconocimiento de nuestros propios hijos. En esa vulnerabilidad, aparecen gurús con soluciones simplificadas que prometen eliminar el sufrimiento si tan solo aplicamos el método correcto. Compramos la fantasía de que existe la “madre perfecta” y de que, si hacemos las cosas bien, nuestros hijos nunca sufrirán y serán exitosos.

Sin embargo, debemos recordar algo fundamental: el malestar y la frustración son parte intrínseca de la vida y del aprendizaje. No podemos borrarlos, debemos ayudarles a transitarlos.
El “No” como un acto de amor, Sí a la vida
En los colegios observamos con preocupación cómo los límites se han vuelto un tabú. Muchos adultos evitan el “no” por un miedo profundo al rechazo de sus hijos. Sin embargo, ese “no” a tiempo es, en realidad, un “sí” a la vida. * Los límites no son muros, son estructuras que organizan el mundo del niño.
Decir “no” permite que el niño aprenda a formar parte de la sociedad.
Poner límites es, en última instancia, ayudarles a asumir la responsabilidad de vivir.

Venimos de épocas pasadas donde el autoritarismo y el sufrimiento se vivían en soledad, y quizá por eso hemos pendulado hacia el otro extremo: el exceso de concesiones. Pero no olvidemos que, en las primeras etapas, el “no” estructura la personalidad mucho más que el “sí”.
La paradoja de las edades: Negociar a los cinco, mandar a los quince
Como decía una antigua compañera directora: “Hoy las familias negocian con los de cinco años e intentan mandar a los de quince”. Es una gran verdad. Estamos dando un exceso de opciones en etapas tempranas, cuando el niño aún necesita una guía clara que le dé seguridad. Luego, al llegar la adolescencia, intentamos imponer de golpe los límites que no se construyeron en la infancia, y es ahí donde surge el conflicto insalvable.
Crecer es asumir responsabilidades
La señal de alarma ya está aquí. En países como Suiza, los pediatras advierten sobre el retraso en hitos básicos del desarrollo, como el control de esfínteres en edades escolares. Esto es un síntoma de que estamos postergando el crecimiento de los niños por no incomodarlos (o no incomodarnos nosotros).

Ayudarles a crecer, a confiar en sí mismos y a asumir pequeñas responsabilidades según su edad es la mejor inversión que podemos hacer. Requiere tiempo, dedicación y, sobre todo, el compromiso de sostener su frustración hoy para que mañana sean adultos capaces. Educar no es hacerles el camino fácil, sino prepararles para que sepan caminar por él.
Espero haber respondido a tus preguntas o por lo menos haber planteado otras. Gracias por las preguntas, nos ayudan a todos a la reflexión.
*Si tienes alguna duda sobre la educación de tus hijas e hijos, puedes enviar tus preguntas a evamartin@reggio.es . Cada semana, Eva Martín responderá a una de las cuestiones planteadas por nuestros lectores.
