A las siete de la mañana, la casa de Irene Ruiz de Gauna arranca. Hay desayunos que se quedan a medias, mochilas que aparecen cuando ya deberían estar cerradas y calcetines que desaparecen como si formaran parte de un juego. “La noche anterior intentamos dejarlo todo lo más avanzado posible: la mesa puesta, la ropa preparada”, explica. “Nos levantamos antes que ellos para poder estar listos”. En su casa son cinco -tres niños de 8, 5 y 1 año, dos adultos– y una logística diaria que se sostiene a base de planificación y pequeñas renuncias.
A apenas dos kilómetros de distancia, en casa de Susana Heras, la mañana también es una coreografía, pero sin red. Dos niños, una madre y una única agenda mental que lo sostiene todo. “Todo lo que yo no hago, no se hace”, dice. Una frase condensa una forma de estar en el mundo. Sin turnos, sin descansos por defecto, sin posibilidad de delegar por inercia. Susana es psicóloga y lo cuenta como quien enumera hechos. “Soy la que pone límites, la que cuida, la que se enfada, la que consuela”.
Las dos familias viven la conciliación como una batalla diaria, pero desde trincheras distintas. Irene tiene pareja y tres hijos; Susana cría sola a sus dos hijos. Una familia numerosa y una monoparental. A primera vista, parecería que no tienen nada que ver. Pero el cansancio las acerca.

“Somos un equipo humano”
“La organización en casa es un poco locura”, reconoce Irene. “La falta de tiempo para todo… esa sensación constante de que no llegas a nada”. En su hogar han aprendido a funcionar con calendario y listas compartidas e incluso un grupo de WhatsApp específico “solo para las cosas de casa”, con documentación y recordatorios que evitan preguntarse cada día dónde está cada cosa.
Su conciliación se apoya en decisiones laborales y en una red de apoyo: teletrabajo, cierta flexibilidad, ayuda por las tardes y los abuelos cerca. “Tenemos suerte porque yo teletrabajo mucho… y mi marido se hizo autónomo para tener más disponibilidad”, explica. Es una forma de conciliar que no nace de la teoría, sino de la supervivencia: elegir el trabajo en función de los niños, y no al revés.
Pero incluso con recursos, hay miedos. “Me preocupa si le estoy dando la atención que necesita cada uno, si se me está escapando algo. Al final tienes que gestionar un equipo, un equipo humano. A más gente, más preocupaciones”, afirma Irene.
En esa frase se condensa una maternidad que es gestión extrema, no contemplación. Criar no es un acto poético, es organizar urgencias, apagar incendios antes de que se propaguen y anticiparse a lo inesperado. “Unos días le toca a uno y otros días le toca a otro”, dice sobre esos ratitos individuales con cada hijo, contados y fugaces. “Sacar tiempo para uno mismo… eso ya es casi un milagro”.

“Todo recae en mí”
Susana, en cambio, no coordina un equipo, lo sostiene sola. Su conciliación se apoya en una estructura, una rutina y una vigilancia emocional que a veces pesa más que la logística diaria.
Se define como controladora y lo dice sin demasiado orgullo, como un rasgo que la protege y al mismo tiempo la agota. “Quiero tenerlo todo bajo control, hasta el mínimo detalle… lo que van a comer, lo que van a hacer”.
Y en esa necesidad aparece el miedo. Pero no el evidente, la ausencia de otro adulto, sino el íntimo, el que se cuela por la rendija de la culpa. “Mi mayor miedo realmente es no estar a la altura emocionalmente”.
Entre las dos familias hay una diferencia clave: Irene habla de reparto; Susana, de peso. Irene distribuye “paquetitos de responsabilidades” con su pareja: menús, ropa, cuentas, colegio. Susana, en cambio, negocia con el tiempo, con la atención y con su energía. “No tengo arrepentimientos… ha salido bien, ha salido muy bien”, asegura. Y, en un giro que desafía el cliché de la madre sola como heroína trágica, añade: “La claridad. No hay tensiones de pareja que contaminen la crianza… soy yo y ya está, es lo que hay”.
No lo cuenta como un manifiesto, sino como una constatación. En su casa, la figura adulta es una sola, con sus límites y su coherencia. Susana consulta, lee, se informa y se apoya en profesionales cuando lo necesita. “Recabo opiniones, leo mucho sobre crianza… he tenido coachings…”, explica. Como si la conciliación, para ella, fuese también la búsqueda de calma para no transmitir ansiedad.

Economía: multiplicar y contener
Cuando Irene habla de dinero, no lo hace desde la queja abstracta, sino desde la contabilidad cotidiana. “Ahora te piensas más si salir a comer, porque claro, ya son cinco menús”.
Habla también de una casa de dos habitaciones en Madrid, de adaptar el espacio porque mudarse era inviable, de cómo viajar cambia cuando ya no cabes en una habitación familiar. Y desmonta una idea que la persigue: “La percepción de que por tener tres hijos eres millonaria… no es una cuestión de tener mucho dinero, te quitas de otras cosas”.
La inflación entra en su cocina como un personaje más. “La compra… te hace polvo”, dice, mencionando pañales, fruta, verdura, marcas blancas. No es solo que todo cueste más, es que el margen se estrecha y, con él crece el miedo a no poder ofrecer oportunidades. “Tres hijos… universidad, estudiar fuera… no quieres privarles de nada por tener más hermanos”.
Susana, que reconoce tener una renta elevada, sitúa el debate de las ayudas en otro lugar: “Hay mucha monoparentalidad en situación de vulnerabilidad… ahí sí creo que faltan apoyos”. Además, señala otra forma de precariedad, la que surge de no poder arriesgar laboralmente. “Si tuviera una pareja, dejaría mi trabajo y me lanzaría a hacer X… ahora me lo planteo sola, pero correr riesgos cuesta mucho más”.
Par a ella, la conciliación también significa contener el miedo económico para que no se transforme en mal humor, impaciencia o culpa. “Esa angustia… se la vas a trasladar a ellos”, admite con honestidad.
Los miedos que no se cuentan
A Irene le asusta enfermar. “Que no se pongan enfermos o no ponerte enferma tú, porque claro… ¿quién va a cuidarlos?”, se pregunta. Basta un virus, una fiebre o un imprevisto para que el hogar tiemble.

Susana, en cambio, no se detiene en el miedo a que algo le pase. “Eso rara vez lo pienso”, dice. Lo que mueve su día a día es la certeza de que esto saldrá adelante hasta el final. “Mi preocupación es la autoexigencia constante de no equivocarse, de acompañarles bien, de estar a la altura emocionalmente. Cada decisión, cada gesto, lleva ese peso conmigo”, confiesa.
Cuando por fin es de noche
A las once y pico de la noche, Irene manda un audio. En esa hora tardía hay una imagen precisa de lo que significa conciliar: el único hueco para pensar llega cuando todo el mundo duerme. “A mí me gusta mucho ser familia numerosa… hay situaciones divertidísimas. Una casa con niños da mucho trabajo, pero también mucha alegría”, asegura.
Susana también llega a la noche como quien llega a puerto. Renuncia a planes, a viajes. “En Madrid hay mil cosas… y yo no hago nada. Estar con ellos, para mí, es más entretenido que estar con otras personas”, confiesa.
Al final, familia numerosa o monoparental son solo dos formas de sostener la misma pregunta: cómo ser madre sin desbordarte, cómo trabajar sin desaparecer, cómo querer sin sentir que siempre llegas tarde. Y quizá la respuesta, si es que existe, se parece a esto: seguir. Con listas compartidas o rutinas férreas. Con abuelos cerca o una red pequeña pero firme. Y con ese instante minúsculo, al final del día, cuando la casa se queda en silencio y una madre -Irene o Susana- por fin puede permitirse pensar: mañana, otra vez.
