La Cuaresma empieza hoy, 18 de febrero de 2026, con el Miércoles de Ceniza. Y para muchos cristianos funciona como un aviso en mitad del ruido: hay una temporada del año que no está pensada para correr más, sino para mirar mejor.
La Cuaresma no es un trámite litúrgico ni una “tradición bonita” sin consecuencias. Es, en su raíz, un periodo de preparación interior que conduce a la Pascua, el corazón del calendario cristiano. Y por eso incomoda un poco: propone parar, ordenar prioridades, reconocer fragilidades y volver a lo esencial.
La palabra Cuaresma remite a los cuarenta días, una cifra cargada de simbolismo bíblico:
- Cuarenta años de travesía por el desierto
- Cuarenta días de ayuno
- Cuarenta días de búsqueda antes de un cambio decisivo
En la práctica, la Cuaresma dura cuarenta días de penitencia, contando desde el Miércoles de Ceniza hasta el inicio del Triduo Pascual. Los domingos no se computan como días de penitencia, de ahí esa aritmética que a veces desconcierta. Pero el sentido no es matemático: es una pedagogía del tiempo, una manera de convertir semanas ordinarias en un camino con dirección.
Ceniza, desierto y vuelta a lo básico
El gesto más visible del inicio de la Cuaresma es la imposición de la ceniza. Es un símbolo fuerte precisamente porque no se disfraza: empieza recordando que todo es frágil, que la vida se sostiene sobre algo más grande que la agenda y el control, y que el orgullo se desinfla con facilidad. La ceniza no pretende humillar: pretende situar. Para el cristianismo, la Cuaresma comienza con una verdad incómoda pero liberadora: no somos eternos, y por eso importa cómo vivimos.

En ese marco, se entiende como un desierto simbólico. El desierto, en la Biblia, no es solo un lugar de ausencia; es un lugar de claridad. Cuando sobran estímulos, cuesta escuchar; cuando faltan, aflora lo que de verdad manda por dentro. La Cuaresma propone algo parecido: reducir ruido para distinguir qué es necesidad y qué es capricho, qué es hábito y qué es convicción, qué es fe y qué es pura inercia.
También conviene decirlo sin rodeos: no se vive igual en todas las confesiones cristianas. En la tradición católica y ortodoxa tiene un peso litúrgico y ascético muy marcado; en muchas comunidades protestantes se observa de forma más libre o directamente no se practica. Aun así, el fondo —prepararse para la Pascua con examen interior— aparece, de una u otra manera, en una parte considerable del cristianismo.
¿Qué tienes que hacer en Cuaresma?
Si alguien pregunta qué hay que hacer en Cuaresma, la respuesta clásica se resume en tres líneas: oración, ayuno y limosna. Dicho así suena a consigna antigua, pero en realidad es un mapa bastante práctico. No va de sentirse culpable todo el día; va de entrenar la libertad: la libertad frente a la prisa, frente al ego, frente a lo que nos posee.
- La Cuaresma empieza por la oración, entendida de forma amplia: volver a hablar con Dios, o al menos volver a preguntarse por Dios con honestidad. Para unos será rezar más; para otros, recuperar silencio, leer el Evangelio, volver a una comunidad, retomar la misa dominical o sentarse a escribir lo que se mueve por dentro sin filtros. En Cuaresma, lo importante no es la pose, sino la dirección: si la oración te vuelve más lúcido, más humilde y más compasivo, va por buen camino.
- El segundo eje de la Cuaresma es el ayuno, que muchas veces se malinterpreta como un castigo. El ayuno, en su sentido cristiano, es un gesto de desenganche: demostrarte que no necesitas obedecer a cada impulso. En la práctica católica, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo suelen ser días de ayuno y abstinencia, y los viernes se asocian a la abstinencia de carne (con matices según edad, salud y normas locales). Pero incluso cuando no se sigue esa disciplina al pie de la letra, la Cuaresma invita a elegir una renuncia concreta que tenga significado: menos pantalla, menos alcohol, menos compra compulsiva, menos ruido, menos “yo primero”.
- El tercer pilar de la Cuaresma es la limosna, que no se reduce a dar monedas: es una forma de romper la burbuja. Se pide convertir el ahorro del ayuno en ayuda real, o convertir el tiempo liberado en cuidado real: una donación, un acompañamiento, una visita pendiente, un perdón que cuesta, una conversación que llevas meses evitando. La limosna es la prueba de fuego: si todo se queda en una mejora “personal”, algo falta.

Hay además un gesto muy propio de la Cuaresma en la tradición católica: la confesión o reconciliación, entendida como un examen honesto de la vida y un reinicio. Para quien vive la fe desde dentro, es un buen momento para ordenar la conciencia, pedir perdón y salir menos cargado. Para quien está lejos, puede ser, simplemente, una temporada para recuperar preguntas esenciales sin cinismo.
En el fondo, la Cuaresma no pretende fabricar santos en seis semanas ni imponer una tristeza obligatoria. Propone una sobriedad que limpie la mirada: más verdad, menos maquillaje; más interioridad, menos ruido; más compasión, menos juicio. Y ese es el sentido del Miércoles de Ceniza: empezar por el suelo para recordar que, si todo es frágil, entonces todo es urgente en el mejor sentido: amar mejor, vivir mejor, reconciliarse mejor.
