Osiris hizo la semana del 26 de enero su viaje más duro. Recorrió 8.556, 61 kilómetros. Desde Huelva a La Paz (Bolivia) . Allí se desplazó para custodiar el último viaje de su marido, Víctor Luis Terán, de 52 años. Es una de las 46 víctimas mortales del fatídico choque de trenes en Adamuz. Viajaba en el Alvia hacia el sur tras volver de vacaciones junto a su mujer y hermana, pero solo él cogió el tren de los horrores.
El regreso a La Paz es un momento que Osiris nunca va a olvidar. “Es muy duro tener que entregar a una madre en un tarrito (una urna) a su hijo”, relata a Artículo14. Víctor fue incinerado en Córdoba tras su identificación por parte de la policía forense tras que rescataran su cuerpo del tren. Era la única manera posible para emprender la repatriación de su cuerpo. Ello también ha sido complicado de asumir por parte de la familia. “Aquí enterramos a nuestros muertos”, explica.

En Bolivia ha tenido que contarle no solo a la madre de Víctor lo vivido. También a los dos hijos que ha dejado huérfanos, de una anterior pareja. ¿Cómo les dices a dos menores de edad que su padre no volverá? ¿Cómo es ese momento? “No hay explicación. Qué les podía decir… Solo contarles lo que pasó y que solo sabemos que es un accidente, pero todavía no sabemos las causas”, comenta en su conversación con este periódico.
Hoy se cumple un mes del trágico accidente que tuvo lugar a las 18:45 horas del 18 de enero. Un día y una hora a la que Osiris vuelve todos los días. “Es horrible”, reconoce. Los días desde entonces suceden en un mar de pesadillas. “Por momentos te vienes abajo, el día se sobrelleva un poco. Pero la noche es lo más triste”. Llega el desasosiego. “Las mil preguntas sin respuestas”.

Este martes es un día muy señalado para todas las víctimas, lógicamente. No sabe cómo lo va a enfrentar. “Ojalá no fuera 18. No sé cómo voy a estar. Da igual la fecha. Ahora todos los días son iguales. Es como si con él se hubiese esfumado mi vida”, admite.
A esta angustia le sigue también la excesiva burocracia que continúa al accidente de tren. Osiris llegó el 14 de febrero a Huelva para empezar a hacer su vida. El viaje también fue largo, aparte del vuelo de Bolivia a Madrid, en autobús hasta su ciudad. Precisamente, cuando atiende a Artículo14, la administración la acaba de pedir facturas para poder acreditar y reclamar los enseres de Víctor. “Que sé yo dónde pueden estar facturas del móvil o de un cargador…”, enumera.

Echa en falta varias cosas, asegura. A Osiris la entregaron las “maletas destrozadas” de su marido. También recibió una riñonera “vacía”. Se extraña de ello. Está en perfectas condiciones, pero sin su contenido, sin su cartera y dinero. Son varias las familias que han denunciado pillaje en los trenes y no han encontrado respuestas por parte de Renfe. “No te dan explicaciones, te dicen que el accidente ha sido muy fuerte y nada más”. Estos trámites, denuncia, “son una tortura”. “Cada movimiento es marcarte otra vez por lo mismo, repetir la vivencia. Te vienes abajo”, reconoce.
Osiris tiene que empezar ahora “de cero”, una “vida sin él”. Atrás quedan “proyectos personales y planes” que llevaban tiempo tejiendo. Prefiere no contarlos. Ahora, dice, tiene que “crearlos sola”. En eso está, en “buscarse la vida”.

Osiris nos dice que necesita encontrar un trabajo. Es una de las prioridades que se ha marcado tras su regreso a Huelva. En el momento del accidente no estaba trabajando y los únicos ingresos que entraban en su casa eran los de su marido, que cuidaba a personas mayores en una residencia. Ella está a punto de conseguir la nacionalidad española. “No queda otra, hay que seguir”, se dice a sí misma.
Terapia de grupo en el chat de afectados
La nicaragüense está encontrando apoyo en el chat de afectados y víctimas que se creó poco después del accidente. “Todos estamos igual, llevamos el dolor como podemos, hablamos y nos apoyamos”. Ese chat está sirviendo como terapia de grupo.
Lo confirma a este diario Mario Samper, uno de los supervivientes del accidente que viajaba en el Alvia. Explica que este lunes tuvieron una conversación de grupo, en la que se reconocieron “muy tocados”. “Todos volvemos al tren a diario. Cuando me levanto y me acuesto y también si me despierto a medianoche”, relata. En esa conversación, todos se daban ánimos. “Cuando comparten lo que te pasa, la sensación es de alivio… Nos hemos convertido desgraciadamente en una familia”.
