Opinión

Irán no es un baile

Irán
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Las cifras llegaron antes que las palabras. Decenas de miles de muertos en un mes, hospitales colapsados, ciudades sumidas en un silencio impuesto. Las noches del 8 y 9 de enero —18 y 19 de Dey según el calendario iraní— quedaron grabadas como uno de los episodios más oscuros de la represión en las últimas décadas.

Y, aun así, entre la ceniza y el miedo, emergió una imagen capaz de quebrar cualquier relato oficial: madres iraníes danzando sobre la tierra aún fresca de las tumbas de sus hijos; jóvenes que salieron a reclamar libertad y nunca regresaron.

Pero no es un baile.

‘Exposición de la Muerte de Irán 2’, en la que 500 marcos de fotos muestran retratos de fallecidos
EFE/EPA/Olivier Hoslet

Es un plano secuencia del duelo: cuerpos que se quiebran sin caer, manos que tiemblan y aun así sostienen el ritmo, un murmullo que es a la vez oración, grito y desafío. Por un instante, mientras el viento levanta el polvo del cementerio, parece que todo un país respira a través de ellas.

No es celebración. No es alivio. No es aceptación. Es resistencia.

La escena más sobrecogedora ocurrió al amanecer en un cementerio de Karaj. El frío aún se aferraba a la piedra y la tierra húmeda conservaba la quietud de la noche. Una mujer de unos cincuenta años se acercó a la tumba de su hijo, apoyó la mano sobre la superficie oscura y, tras un silencio que era más respiración que pausa, comenzó a danzar. El movimiento era lento, quebrado, casi sagrado: los brazos dibujaban en el aire un mensaje imposible de censurar; los pasos trazaban sobre el suelo un lenguaje que sobrevivía incluso bajo vigilancia. Decenas de personas observaban sin romper el silencio, un silencio que protegía ese gesto frágil, esa rebelión íntima erguida allí donde todas las palabras habían sido clausuradas.

Irán
Una manifestante participa en una protesta en apoyo a los iraníes
EFE/EPA/MOHAMMED BADRA

En el discurso oficial de la República Islámica, el duelo debe ser un trámite: rápido, vigilado, sin exposición pública. Pero la cultura iraní —forjada por siglos de tragedias históricas, épicas literarias y resistencias sucesivas— conoce demasiado bien el poder político del luto. Cuando el Estado intenta convertir la muerte en burocracia, el duelo se transforma en un acto de verdad; cuando la voz ya no puede alzarse sin riesgo, es el cuerpo quien habla.

Desde comienzos de enero, cuando las protestas económicas derivaron en un desafío directo al poder, la represión abandonó cualquier patrón previo: disparos directos contra jóvenes desarmados, francotiradores apostados en azoteas, calles convertidas en corredores de fuego, coches particulares usados como ambulancias improvisadas. Un conjunto de datos médicos filtrados desde seis hospitales de Teherán registró 217 muertes en un solo día, muchas de ellas por impactos de bala en el pecho, la espalda o la cabeza.

Cuerpos de víctimas de las protestas contra el régimen islámico en Irán
EFE

Las estimaciones nacionales —imposibles de verificar de forma independiente debido al corte casi total de internet— sitúan el número de muertos del mes entre 33.000 y 40.000. En canales no oficiales circula con insistencia la cifra de 36.500: discutida, pero reveladora de la magnitud de la violencia. Informes internacionales, incluidos The Sunday Times y CBS News, hablan de entre 16.000 y 18.000 muertos, además de cientos de miles de heridos, muchos con daños irreversibles: pérdida de visión, amputaciones, traumatismos internos.

Para un lector europeo, acostumbrado a cifras de conflicto muy inferiores incluso en guerras formales, estos números resultan casi inconcebibles.

Para entender por qué estas madres responden con danza —y no con silencio— es necesario descender a la raíz simbólica de la identidad iraní. En el Shahnameh, la obra monumental de Ferdousí, el duelo no es pasividad: es un territorio moral.

Muertes
A cuentagotas se van conociendo los rostros de la represión en Irán

Tahmineh, madre de Sohrab, no acepta la narrativa del poder; transforma su lamento en denuncia y su presencia en testimonio. Esa tradición nunca desapareció. Ha permanecido bajo la superficie y resurge cada vez que el Estado intenta apropiarse del significado de la muerte. Hoy, en los cementerios iraníes, esa genealogía vuelve a respirarse en cada gesto de estas mujeres.

Tras aquellas noches, los funerales dejaron de ser ceremonias íntimas. En Teherán, Karaj, Mashhad y Sanandaj, los entierros se transformaron en concentraciones multitudinarias: multitudes que desobedecían la orden oficial de silencio pronunciando en voz alta los nombres de los jóvenes asesinados; mujeres que danzaban alrededor de las tumbas sosteniendo fotografías; jóvenes que marcaban ritmos improvisados con las manos; ancianas que repetían que sus hijos no habían muerto en vano. La policía observaba desde la distancia, pero había algo que ninguna fuerza podía congelar: el movimiento. Ese movimiento mínimo y tembloroso que sostiene la memoria incluso bajo la represión más estricta.

Manifestantes se manifiestan en apoyo del pueblo iraní
EFE/EPA/ANGELO CARCONI

Para un lector español, la conexión emocional es inmediata. España conoce bien la mezcla de duelo, música y resistencia: desde el flamenco más hondo —soleá, seguiriya— donde la herida se convierte en dignidad, hasta las procesiones de Semana Santa, donde el sufrimiento se hace relato público. Y también la memoria iberoamericana de las Madres de Plaza de Mayo, donde el cuerpo se convierte en archivo político. Por eso la danza de estas madres iraníes resuena aquí: porque revela una verdad universal sobre cómo sobrevive una sociedad cuando ya no puede permitirse callar.

Hoy, en Irán, el duelo es protesta, memoria, archivo y lenguaje. Un territorio donde el Estado pierde el control simbólico y donde las familias reclaman la historia que el poder quiere borrar. Las madres danzan porque ya no temen perder nada más. Danzan porque sus hijos han entrado en la memoria colectiva, y esa memoria exige movimiento.

Danzan porque es el único gesto que el poder aún no ha logrado convertir en delito. En un país donde incluso el silencio puede ser peligroso, queda un último acto: una danza que denuncia, un duelo que acusa, una ceremonia que resiste.

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