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Criar en ruta: la historia de Lucía, madre y nómada del mundo

“La rutina me pesa mucho. En viaje soy una versión mejor de mí misma”, explica Lucía Sánchez (@algoqrecordar)

Antes de ser madre viajera, antes de dar la vuelta al mundo, antes incluso de imaginar que su vida podría organizarse por semestres -medio año en ruta, medio año en pausa preparando los viajes-, Lucía Sánchez (@algoqrecordar) fue una niña fascinada por un cuento: Los viajes de Noel. Nueva York le parecía reconocible; Egipto, exótico. Pero el Noel que viajaba a la India fue su revelación. Vacas sagradas, mujeres con un punto en la frente, colores, rituales, árboles distintos. Un mundo donde todo se hacía de otra manera. “Desde muy pequeña soñaba con conocer lugares donde la gente viviera diferente a nosotros”, recuerda.

En su casa no había grandes planes ni reservas cerradas. El trabajo de su padre, ingeniero industrial, obligaba a improvisar. Se viajaba cuando se podía y como se podía. Camping, carretera y confianza. “Ahí se gestó algo muy importante de mi personalidad: no tener miedo a la incertidumbre”. El gran viaje familiar fue París, en el año 2000: sin euro todavía, con un coche averiado que hubo que arreglar chapurreando francés y un hotel prefabricado a las afueras. 

Para Lucía, ese viaje —viajar en transporte público junto a quienes entraban a trabajar a la ciudad, observar, escuchar, mirar, sin pantallas ni filtros— fue un privilegio.

Porque ahí aprendió a viajar. No bajo la comodidad de aeropuertos ni en hoteles de cinco estrellas. Aprendió en una tienda de campaña, en un coche cargado de latas de comida y mapas improvisados, con la certeza infantil de que, si un camping estaba lleno, siempre habría otro más adelante. A Lucía la educaron, sin saberlo, en la incertidumbre. Y ahí empieza su historia.

Estudió Publicidad y Relaciones Públicas en la Complutense y empezó a trabajar muy pronto. La agencia fue escuela y jaula a la vez. Aprendió a crear, a inventar proyectos, a pensar rápido. También a normalizar jornadas interminables y una toxicidad que, durante un tiempo, se confundía con éxito. “La rutina me pesa mucho. En viaje soy una versión mejor de mí misma”, explica. En movimiento, su cabeza se abre, las ideas se conectan y todo encaja de otra manera.

En ese mundo conoció a Rubén. Primero, compañeros de proyecto. Luego, compañeros de vida. Diferentes en casi todo; parecidos en lo esencial. Él soñaba con una vuelta al mundo planificada, con billetes cerrados y presupuestos altos. Ella, con barro, improvisación y libertad. La discusión duró toda una cena. El punto de inflexión llegó de madrugada con una pregunta de las que atraviesa el orgullo : “¿Tanto dices que quieres viajar y no te atreves?”.  A las tres de la mañana compraron un billete solo de ida de Madrid a Pekín. Sin saberlo, también compraron la salida de su vida anterior.

La vuelta al mundo de 2013 costó 10.000 euros por cabeza. Un Excel minucioso, microgasto a microgasto. Fue un año que se convirtió en terapia personal y de pareja. Asia, Oceanía, Latinoamérica. El descubrimiento de que existían otras formas de vivir, de trabajar, de ganar dinero. Personas que teletrabajaban cuando esa palabra aún no existía,  emprendedores en ruta, posibilidades donde antes solo había límites. “Se redujo muchísimo el número de veces que me decía no a mí misma”, recuerda.

Regresaron por amor. La abuela de Rubén, enferma terminal, quiso que volvieran. Eligieron escuchar el cuerpo antes que la cabeza y la acompañaron durante sus últimos meses. Antes de irse, les confesó algo que se convirtió en legado: se arrepentía de no haber viajado más. Promesa heredada.

La vuelta fue dura: choque cultural inverso, no encajar donde antes encajabas. Volvieron a irse, esta vez ocho meses por Asia. Un viaje más profundo, más consciente. Y también más introspectivo: ¿desde dónde viajamos? ¿Huyendo o eligiendo? Entendieron que el viaje es un espejo.

Luego llegó Koke. Y con él, una revelación: los niños son los mejores viajeros del mundo. Curiosos, sin prejuicios, incansables. Viajaron en familia, aprendieron a ajustar, a renunciar, a priorizar. Descubrieron que, fuera de Europa, el mundo es más amable con la infancia. Que la comunidad existe. Que alguien puede sostener a tu hijo en brazos mientras comes.

Después vino la furgoneta, la pandemia, la parada obligatoria. Y Fuerteventura. Una isla que baja las revoluciones, una casa de madera como base. Abortos, espera, montaña sagrada. Tindaya, su segunda hija, llegó cuando el cuerpo pudo finalmente parar.

Hoy Lucía vive entre la raíz y el movimiento. Desde Fuerteventura organiza viajes en tribu: familias que viajan juntas, se acompañan, recuperan algo parecido a la manada. “Criar se nos ha puesto muy complicado. Falta comunidad”, dice. Ella diseña contextos donde las familias no estorban, donde los niños pueden ser niños y las madres descansar del control constante.

No sabe qué hará dentro de diez años. Y le encanta. “Qué pereza saberlo”, dice. Prefiere el libro abierto, la página en blanco. Quizá ese sea el verdadero viaje: aprender a no necesitar un final cerrado.

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