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Deporte, deporte y más deporte: ¿cuándo empezamos?

No hay duda de que el deporte es una de las mejores experiencias que podemos ofrecer a nuestros hijos

Después de la gran final, hay una pregunta que se repite en muchas familias. La ilusión por el fútbol se ha disparado y, con ella, las consultas sobre las actividades extraescolares. “Mi hijo tiene cinco años y quiere apuntarse a un equipo. ¿Es demasiado pronto?”. La fiebre del fútbol vuelve cada verano, pero cada vez llega antes.

No hay duda de que el deporte es una de las mejores experiencias que podemos ofrecer a nuestros hijos. Y el deporte en equipo, además, tiene un valor añadido en una sociedad cada vez más individualista y competitiva. Aprender a cooperar, confiar en otros, asumir responsabilidades compartidas o celebrar los logros del grupo son aprendizajes que van mucho más allá del resultado de un partido.

Estos días hemos leído y escuchado una idea que se repite constantemente: la importancia de hacer equipo. Casi como una filosofía de vida. Precisamente por eso quiero responder a Miguel, un padre de Extremadura que me escribe con una duda muy habitual. Tiene dos hijos, de cinco y diez años. Con el mayor no tiene dudas, pero se pregunta si el pequeño está preparado para empezar a jugar al fútbol en un equipo.

La pregunta llega en el momento perfecto, porque después de vivir la emoción del deporte de élite resulta difícil decirle a un niño que quizá todavía no sea el momento. Sin embargo, la respuesta no depende de la pasión que despierte un deporte, sino del desarrollo del niño.

La realidad es que, hasta los siete años aproximadamente —e incluso para muchos niños hasta los ocho—, lo que necesitan no es tanto practicar un deporte reglado como experimentar el movimiento. Necesitan correr, saltar, trepar, rodar, explorar, jugar y descubrir su propio cuerpo. Necesitan el llamado predeporte: actividades que desarrollen la coordinación, el equilibrio, la orientación espacial y la confianza en sus propias capacidades.

Desde el punto de vista madurativo, todavía no están preparados para comprender plenamente lo que implica pertenecer a un equipo. Les cuesta asumir reglas complejas, tolerar la frustración, aceptar los errores propios y ajenos, esperar su turno o entender que competir no significa simplemente ganar.

Por eso, en estas primeras etapas, es mucho más importante construir una buena relación con el propio cuerpo que enseñar una táctica. Antes de aprender a jugar un partido necesitan aprender a habitar su cuerpo, conocer sus límites y descubrir el placer del movimiento. Debe existir un equilibrio entre espacios de juego libre, donde puedan explorar espontáneamente, y pequeñas normas relacionadas con el cuidado de uno mismo y de los demás.

Cuando aceleramos este proceso, corremos un riesgo importante. El niño queda demasiado pronto atrapado en una lógica competitiva donde parece que solo existen dos posibilidades: ganar o perder, ser bueno o ser malo, valer o no valer. Una mirada excesivamente polarizada que deja poco espacio para el aprendizaje, el esfuerzo y el proceso.

Y precisamente la infancia necesita todo lo contrario: tiempo.

Tiempo para comprender que no se gana a cualquier precio. Tiempo para descubrir que perder también forma parte del juego y que muchas veces es donde más se aprende. Tiempo para construir una relación sana con la competitividad antes de verse inmerso en ella.

No se trata de rechazar deportes como el fútbol, el baloncesto o el hockey. Todo lo contrario. Son experiencias extraordinarias cuando llegan en el momento adecuado. Pero para que realmente eduquen, el niño necesita haber alcanzado una madurez suficiente para entender las reglas, respetar a sus compañeros y gestionar emocionalmente tanto la victoria como la derrota.

Por eso es tan importante que los centros educativos y las actividades extraescolares respeten las etapas del desarrollo infantil. Nadie cuestiona los enormes beneficios del deporte en equipo. Los acabamos de celebrar todos viendo disfrutar a nuestros deportistas. Pero existe una idea muy extendida que conviene desmontar: empezar antes no significa llegar más lejos.

En educación, adelantar aprendizajes rara vez supone una ventaja. Al contrario. Cuando anticipamos experiencias para las que un niño todavía no está preparado, aumentamos la presión y reducimos las oportunidades de que ese aprendizaje se consolide de manera natural.

Hay, además, una contradicción que observo con frecuencia. Exigimos a un niño pequeño comportamientos propios de un deporte reglado, mientras todavía le cuesta esperar su turno para hablar, permanecer sentado durante una comida o resolver pequeños conflictos cotidianos. Es precisamente en esos gestos diarios donde podemos observar su verdadero momento madurativo.

El desarrollo infantil sigue un recorrido que no conviene interrumpir. Los niños pasan de ser cuerpo a tener cuerpo. Primero viven el movimiento y las sensaciones; después empiezan a reconocer sus límites, las distancias, la coordinación y, poco a poco, construyen su identidad corporal y social.

Es alrededor de los ocho o nueve años cuando empezamos a observar algo muy significativo: los propios niños organizan sus juegos, crean reglas, se pasan la pelota pensando en el compañero y disfrutan jugando juntos más que luciéndose individualmente. Ese suele ser el mejor indicador de que están preparados para iniciar un deporte de equipo en sentido pleno.

Hasta entonces, el juego espontáneo sigue siendo insustituible. Primero aparecen los juegos corporales —correr, saltar, caer, perseguirse—; después el juego simbólico y, más adelante, los juegos reglados y cooperativos. Cada etapa prepara la siguiente y ninguna debería saltarse.

La infancia dura muy poco. Sin embargo, vivimos con la sensación de que siempre llegamos tarde y de que cuanto antes empiece un niño, antes aprenderá. La evidencia sobre el desarrollo infantil nos recuerda justamente lo contrario: el mejor aprendizaje necesita tiempo.

A partir de los ocho años, el deporte de equipo suele convertirse en una experiencia extraordinariamente enriquecedora. Antes de esa edad, más que preguntarnos si nuestro hijo debe empezar cuanto antes, quizá convenga preguntarnos si la propuesta deportiva respeta verdaderamente los tiempos de la infancia.

Porque educar también consiste en saber esperar.

“El cuerpo se habita desde el placer”.

Bernard Aucouturier

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