Testigo directo

El día que el norte de Marruecos quedó vacío: “Solo quedamos mujeres y niños”

Tras el cierre de la frontera con Ceuta, las madres, esposas y hermanas de los jóvenes que emigran sostienen solas una región sin empleo, sin sanidad y sin futuro

Mujeres, madres de jóvenes migrantes, en Castillejos, la ciudad marroquí más cercana a Ceuta
Mujeres, madres de jóvenes migrantes, en Castillejos, la ciudad marroquí más cercana a Ceuta
María Serrano

Marruecos se desangra. De cada pueblo, de cada ciudad, pero muy especialmente de la zona norte, la más cercana a la frontera con España —que es frontera con Europa y con el sueño que esa palabra encierra—, miles de jóvenes salen en busca de una vida mejor. Algunos huyen de la violencia; otros, de un sistema que no los tiene en cuenta, que los desprecia, que los mastica y los escupe. Sin educación, sin sistema sanitario, sin industria, sin empleo. ¿Es Marruecos el propio culpable de la pobreza de Marruecos?

Para entenderlo hay que acercarse a Castillejos.

Castillejos, la ciudad que creció del contrabando

Castillejos —Fnideq en árabe— está situada a apenas dos kilómetros de la frontera de Ceuta, en la desembocadura del río Fnideq. Hasta 1956 fue territorio español y conserva su nombre castizo. Pero lo que la define no es el pasado, sino el modo en que creció: gracias al contrabando con Ceuta.

La explosión demográfica es vertiginosa. En 1994 tenía unos 34.500 habitantes; según el censo de 2014 superaba ya los 77.000, y en 2024 se la sitúa en torno a los 100.000. Multiplicó su población por tres en tres décadas. En algún momento superó a la propia Ceuta (85.000 habitantes), una ciudad española a la que servía de mercado y proveedora. Castillejos era, durante todos esos años, el espejo pobre donde Marruecos miraba hacia Ceuta. Un lugar adonde emigraba la gente del interior del país, atraída por una economía fronteriza que prometía trabajo y estabilidad.

CASTILLEJOS (MARRUECOS), 30/07/2026.- Miles de jóvenes marroquíes llegaron este jueves a la frontera entre Castillejos (Marruecos) y Ceuta para tratar de cruzar la valla que separa las dos ciudades. EFE/Mohamed Siali
Miles de jóvenes marroquíes llegaron este jueves a la frontera entre Castillejos (Marruecos) y Ceuta para tratar de cruzar la valla que separa las dos ciudades. EFE/Mohamed Siali
Efe

Cuando la frontera del Tarajal estaba abierta, el intercambio con Ceuta era el corazón de la ciudad. La economía vivía del contrabando, aunque la palabra oficial era “comercio transfronterizo”. Las personas cruzaban a diario para trabajar como porteadores —sobre todo mujeres que doblaban sus espaldas con fardos de mercancías—, empleadas domésticas, camareras, dependientas. La actividad industrial y agrícola era mínima: prácticamente todo dependía del trasiego con la ciudad española.

Entonces, los jóvenes de Castillejos no emigraban. Gracias a la economía fronteriza ganaban entre 1.000 y 1.500 dirhams al día (entre 91 y 139 euros), lo que les daba estabilidad. Pero en febrero de 2020 Marruecos cerró el paso del Tarajal para evitar el paso de paquetes con mercancías no reguladas. La prensa documentó entonces el daño que esa medida provocaba en la economía de Castillejos y en las familias que vivían del comercio: cada vez llegaban menos mercancías y el abastecimiento de la comarca se complicaba.

“Que vuelvan mis niños”

L. es madre de dos hijos que migraron hace años a “la tierra prometida”. Uno lo hizo en patera, tras reunir, día a día y mes a mes, los 6.000 euros que le exigían las mafias para cruzarle a Algeciras. Su hermano pequeño consiguió esconderse en un barco de mercancías que cruzaba a Ceuta. Al otro lado les esperaba un sueño truncado: España no era el paraíso que les habían prometido, pero no era peor que lo que dejaban atrás. “Que vuelvan mis niños, que vuelvan mis hijos, que estén aquí conmigo”, suplica en conversación con Artículo 14.

Pero esta no es la historia de los migrantes, sino de las mujeres que se quedan. De las madres que permanecen por miedo, por no poder enfrentarse a lo desconocido, por “guardar el fuerte” mientras los jóvenes van en busca de trabajo y prosperidad. De los hermanos pequeños de los que se despiden siendo niños, y a los que, cuando vuelven a ver seis o siete años después, ya no reconocen. De las hermanas que intentan estudiar, traer algo de dinero a casa, consolar a sus madres, tías y vecinas.

La hospitalidad marroquí es siempre desbordante. Aquí, un plato típico de cous cous, servido por una de estas madres
La hospitalidad marroquí es siempre desbordante. Aquí, un plato típico de cous cous, servido por una de estas madres

“He podido abrazar a mi hermano pequeño después de siete años. No lo he reconocido. ¡Me lo han cambiado!”, dice B., que ha estado encadenando trabajos en hostelería hasta que ha conseguido, gracias a la regularización, poner en marcha su propia barbería. Su madre, F., vive también en Castillejos. Allí cuida de su hermano pequeño con el poco dinero que B. consigue reunir para mandarle. “Marruecos está vacío, especialmente el norte. Solo quedamos las mujeres y los niños. Y no podemos trabajar: no hay empleo, no hay medios, no hay nada”, se lamenta.

A esto se une la dificultad cultural de que las mujeres no suelen trabajar fuera del hogar; como mucho, cuando aprieta la necesidad, se convierten en trabajadoras del hogar, en limpiadoras. Así lo hizo L., que cruzaba cada día, cuando la frontera estaba abierta, para trabajar en la casa de una familia de Ceuta. “Por eso aprendí español. Había cola para entrar y salir de Ceuta, pero yo hacía el trayecto todos los días, y era muy feliz. Sólo quería que mis hijos estuvieran bien”.

Madre soltera, con todo lo que eso conlleva en un lugar como Marruecos, ha sacado a sus hijos adelante con muchísimas dificultades. Pero todo se complicó cuando cerraron la frontera y tuvo que dejar de trabajar. “Yo quiero que mis hijos estén conmigo, poder cuidarlos y que no se metan en problemas, pero es verdad que en España han podido trabajar y salir adelante, y ayudarme a mantenerme aquí”, nos cuenta.

El hijo que no tiene diagnóstico

Es una situación parecida a la que vive M. Su hijo mayor, H., pudo venir a España, regularizar su situación, hacer un curso y empezar a trabajar como electricista. Pero su madre, aunque cuenta con el apoyo de un marido que algo de dinero consigue gracias a la venta ambulante, tiene otro hijo pequeño con algún tipo de discapacidad no diagnosticada.

“En Marruecos el sistema de salud no funciona. El médico es privado, y nadie tiene dinero para afrontar el gasto. Aun así, invertimos casi todo lo que teníamos en intentar obtener un diagnóstico, y fue en vano. Simplemente nos hablan de ‘retraso'”, explica M. mientras el pequeño emite sonidos que están lejos de ser inteligibles.

Mercado de Castillejos
Mercado de Castillejos

Un puñado de cajas de pastillas, cuyo contenido desciframos gracias a amigos médicos y farmacéuticos que nos atienden por WhatsApp, hablan de una forma de abordar la enfermedad que no se ve en España desde hace un siglo. La madre lo vive con vergüenza: “Cuando tu hijo es así, te aíslan. La familia deja de venir a verte. Es muy difícil ir con él a ningún sitio; hace mucho ruido y es muy molesto para la gente, que lo mira con desdén. Al final, me tengo que quedar con él, encerrada en casa”.

Todo se complica con el éxodo masivo: “Ahora que casi todos se han ido, al menos nos tenemos las unas a las otras. Las mujeres hemos empezado a juntarnos para ayudarnos, pero es verdad que todavía es algo extraño aquí”.

Las que se quedan

Las imágenes que llegan cada verano de las playas de Castillejos —jóvenes saltando al agua, nadando hacia Ceuta, siendo devueltos en caliente— muestran solo una parte de la historia. Detrás de cada chico que se lanza al mar hay una casa que se queda vacía, una madre que no sabe si lo volverá a ver, una hermana que asume el cuidado de los pequeños, un pueblo que pierde a su gente joven y se queda con los que no pueden marcharse. Según el último censo marroquí, el 71% de los emigrantes del país son hombres menores de 35 años, y las remesas que envían desde el extranjero —unos 11.000 millones de euros anuales— son hoy una de las principales fuentes de ingresos de Marruecos, por delante del turismo y de la agricultura. El país, en silencio, se ha acostumbrado a vivir de los hijos que ha perdido.

Estas mujeres —madres de hijos fugados, esposas de hombres desaparecidos, hermanas que crían a los niños que otros dejaron— son la fuerza y la esperanza de un país que no consigue avanzar. No cruzan el estrecho ni escalan vallas: se quedan. Cuidan de los ancianos, de los enfermos, de los niños. Mantienen encendidas las casas, las mezquitas, los mercados. Y lo hacen solas, en una sociedad que las confina al hogar, con un sistema sanitario que no las atiende y un mercado laboral que las rechaza. Son, sin que nadie las nombre, el sostén invisible de un Marruecos que se vacía. Cuando el último joven de una familia cierra la puerta y se va, la que se queda es ella. Y ella es la que dice, sin dramatismo, casi con naturalidad: “Solo quedamos las mujeres y los niños”. Es la frase más triste que se puede oír en un país que tiene futuro por delante y no acierta a encontrarlo.

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