La primera vez que vi a Moha estaba jugando al fútbol con un grupo de chiquillos, algunos de ellos descalzos, en los jardines de la Mendoubia de Tánger. Los niños le miraban con adoración; le respetaban, le escuchaban y confiaban en él. Ellos, que deambulan por las calles de la ciudad del norte de Marruecos, duermen cada noche al raso y no confían en nadie. Moha los conoce y los llama por su nombre. Busca una vida mejor para ellos, con realismo y con caridad. No es lo mismo que una religiosa vasca de 70 años se acerque a uno de estos menores en situación de calle que lo haga “uno de ellos”, un chaval marroquí que ha pasado por lo mismo que ellos han pasado, que les habla en su dialecto (el darija) y que busca acompañarlos desde la comprensión y la empatía, y no desde el juicio.
Todas las veces que he vuelto a Tánger, Moha me ha acogido y facilitado la vida, como lo ha hecho con tantos. Todas las veces he vuelto a ver a estos niños, o a los que permanecen en las inmediaciones de la medina. No deja de sorprenderme cómo la vida se abre paso, y lo que nos une (en este caso, velar por el bienestar de unos niños) es mucho más fuerte de lo que creemos que nos puede separar. Moha trabaja mano a mano con la Iglesia católica, a pesar de ser musulmán, y llama a las puertas que haga falta para conseguir defender a sus chavales. Así lo hizo la primera vez que llamó al timbre de las religiosas de Madre Teresa de Calcuta.
Moha tiene 26 años, nació en Tetuán y lleva cruzando fronteras desde los 15. Lo ha intentado más de catorce veces. La primera vez viajó en los bajos de una caravana y la Policía le rompió un dedo; la penúltima, en mayo de 2021, nadó dos horas desde Castillejos hasta la playa de Madraba, en plena crisis migratoria que abrió Ceuta de par en par. Vivió en la calle del puerto, durmió en coches abandonados, pidió sobras en los restaurantes y vio morir a su mejor amigo bajo las ruedas de un camión. De vuelta en Marruecos, dejó de intentar cruzar y empezó a hacer lo que pocos se atreven a hacer desde dentro: trabajar con las Hermanas de la Caridad de la madre Teresa para rescatar a los menores que duermen en las aceras de Tetuán, esos chavales invisibles que las mafias enganchan al disolvente de pintura y que Marruecos se empeña en no reconocer.
Ahora, mientras Ceuta vive una nueva crisis migratoria con más de 50.000 llegadas en los últimos días, el CETI desbordado y el Tribunal Supremo acotando las devoluciones en caliente, Moha habla desde España —adonde ha llegado, por fin, con visado— y lo cuenta todo: cómo se cruza, por qué se cruza, qué hay al otro lado, qué juego político se libra con los migrantes en la frontera y por qué, dice, más del 90% de los que han entrado estas semanas acabarán volviendo. Su voz es la de quien ha estado en las dos orillas, la de quien fue uno de esos chavales que ahora vemos nadar en las noticias. Y la de alguien que ha encontrado en unas monjas católicas, siendo musulmán, el motivo para quedarse y cambiar las cosas.

Creciste en Tetuán. ¿Cuántas veces intentaste cruzar la frontera y por qué?
Más de catorce. La primera vez que lo intenté tenía 15 años. En primer lugar, porque mi madre había emigrado a Bélgica y porque la vida era muy complicada en la sociedad marroquí. Vivía solo con mis tres hermanos: mi padre se fue cuando yo tenía 5 años y mi madre nos dejó cuando yo tenía 8. No podíamos salir adelante.
¿Erais cuatro niños viviendo solos?
Mi hermana mayor tenía 28 años, y mis otros hermanos, 15 y 10. Pero yo me sentía abandonado por mis padres. Mi madre nos mandaba algo de dinero desde Bélgica; ella fue directamente a trabajar y no nos pudo llevar con ella, aunque yo tardé en entenderlo. Por eso dejé la escuela a los 13 años: tenía dislexia, sufría mucho acoso escolar, lo pasé muy mal. Me saqué el diploma de electricista porque quería poder trabajar. Y a los 15 decidí irme a la frontera.
¿Qué significa exactamente “irse a la frontera”? Siempre pensamos que fijáis un día para cruzar…
Para cruzar a Ceuta normalmente tienes que pasar un tiempo en la frontera, estudiando y aprendiendo los movimientos de la Policía y la Guardia Civil, conociendo a la gente, entendiendo cómo y cuándo cruzar. Yo la primera vez tuve suerte: crucé en los bajos de una caravana francesa que iba en dirección al puerto. Pero en el segundo control la Policía me descubrió, me golpeó y me rompió un dedo. Fue un golpe grave. No me podían llevar al centro de menores así, así que me quedé en la calle.
¿Cuánto tiempo estuviste viviendo en la calle?
En esta primera entrada me quedé poco, unos quince días. Dormía en los bloques de cemento del puerto, en el malecón. También en coches abandonados: cuando la Guardia Civil descubre que esos coches se usan para pasar droga, los deja aparcados al lado de la Comisaría del puerto, y nos metíamos a dormir ahí. Por la mañana nos despertaban a porrazos. Realmente éramos muy pequeños y no conocíamos la realidad de la vida allí: vivir en la calle, cuando nadie te quiere, sin tener nada ni a nadie a quién recurrir… Había adultos que abusaban de los menores. Viví situaciones horribles de las que no puedo ni hablar. Fue muy duro, y decidí volver.

En aquellos días en la calle, ¿qué comíais, de qué vivíais?
Pedíamos. Íbamos a los restaurantes a comernos las sobras, o venían asociaciones al puerto a dar comida a los niños que estábamos en situación de calle. Sabíamos que teníamos que ir por la puerta de atrás, sin molestar a los clientes; los camareros y cocineros nos guardaban la comida que sobraba, la que los clientes se dejan en el plato. Eran muy amables. A veces subíamos a barrios como El Príncipe, uno de los más pobres, porque allí viven los musulmanes; los mayores nos trataban bien, pero para los jóvenes no representábamos nada bueno.
¿Por qué os quedabais en el puerto entonces?
Porque queríamos cruzar a la península. Y teníamos que hacerlo desde el puerto: o en los bajos de algún tráiler, o escalando la cuerda del barco, en barcos de mercancía que sabíamos que iban a Málaga o Algeciras, en las turbinas… Son formas muy peligrosas. Yo vi cómo uno de mis mejores amigos moría: se cayó del camión y el conductor que venía detrás aceleró y lo mató, y entró en la cárcel. Todavía no soy capaz de hablar mucho de ello.
Eso supuso un antes y un después para ti…
Empecé a perder el control de mi vida. Choqué con todo mi sistema de ideas. Me di cuenta de que estábamos jugando con nuestra vida y de que podíamos perderla. En ese momento decidí empezar a ayudar a la gente que estaba en el puerto: a los chavales, a trabajar en la obra, a ayudar en la gasolinera… Ya conocía a mucha gente y empezó una nueva etapa para mí; incluso la Policía me trataba bien. Justo antes de la pandemia salí de Ceuta porque conseguí un trabajo en Galicia y necesitaba ir a por mis papeles, pero cerraron la frontera y me quedé atrapado en Marruecos. Intenté cruzar varias veces, pero fue imposible.
Tenías 21 años cuando el 17 de mayo de 2021 entraste en Ceuta nadando desde Castillejos. ¿Qué recuerdas de aquel día?
Crucé nadando hasta la playa de Madraba. Fueron unas dos horas nadando, porque me tenía que alejar de las patrullas de la Guardia Civil. Todo empezó el 16 de mayo, y el 17 la llamada fue masiva: se hizo viral en redes sociales, se sabía que las autoridades no iban a detenernos, así que fuimos todos. Hasta ese momento la frontera estaba completamente cerrada; ni siquiera los ceutíes podían ir a Marruecos.

Cuando llegaste al otro lado, ¿qué encontraste? ¿Pensaste que habías llegado a Europa, que tu vida iba a cambiar, o tenías miedo?
Había muchísimas patrullas. Subí a la montaña que está en la entrada del barrio del Tarajal para ir hacia el barrio del Hospital, porque era la dirección más fácil para salir del puerto; no quería que me llevaran a las naves, porque allí te registraban para devolverte a Marruecos. Después llegaron autobuses y se llevaron a la gente a la frontera, también a los menores, aunque era ilegal. No tenía miedo, porque es difícil vivir algo peor de la que había vivido, pero no quería volver a Marruecos. Permanecí allí hasta septiembre; me uní a una asociación para ayudar a otros en mi misma situación. También estuve en Cruz Roja Juventud. Era feliz allí; no quería cruzar a la península. Pero seguía siendo imposible vivir en Ceuta sin papeles, a pesar de haberme convertido en alguien conocido que ayudaba a los demás. No conseguía un trabajo estable y arrastraba la tristeza por la muerte de mi amigo y por tantos horrores vividos, así que finalmente decidí volver a Marruecos.
¿Y qué fue lo que te hizo decidir volver y tratar de cambiar las cosas en tu país?
No podía ser que viviéramos como perros, cruzáramos como perros y viviéramos como perros en España. Me di cuenta de que teníamos que cambiar las cosas en nuestro país. Mis amigos de la asociación Maakum me habían hablado de la Iglesia católica, y en concreto de unas monjas, las Misioneras de la Caridad de la madre Teresa de Calcuta, que hacían mucho bien, especialmente ayudando a los menores en situación de calle. Me fui directamente a hablar con ellas.
¿Cómo un joven musulmán decide hablar con unas monjas católicas para cambiar las cosas?
A la hora de ayudar, y especialmente a niños en situación de calle, nos une algo más grande. A mí me encantó conocerlas: jamás han dejado de estar al lado de los chavales. Ha habido proyectos que han empezado y han terminado, pero ellas siempre han permanecido. Fue precioso la primera vez que fui a verlas: me recibieron con sonrisas y alegría, y me hicieron sentir que era uno más desde el primer momento. Hay gente que no te pregunta de dónde vienes ni qué religión tienes: solo se preocupa por tu persona y por ayudarte. Eso fue lo que me cambió y me empujó a darme más. Empecé un pequeño taller de arreglo y alquiler de bicicletas, pero pasaba casi todo el tiempo con ellas. Entendí así lo que es la caridad.
¿Cómo conectabas con esos chavales de la calle, siendo tú mismo tan joven?
Yo había vivido la misma situación que ellos: había estado en la calle, pidiendo para comer, con las miles de amenazas que eso supone para un menor en esas condiciones. Así que me resultaba muy fácil hablar con ellos. Solo con que hablara árabe y español, y además conociera los barrios, las ciudades, la jerga propia de cada lugar, el darija de la calle… era mucho más fácil entrar en relación con ellos y después contar a las hermanas sus necesidades. Empezamos una colaboración que no dejó de crecer, en un proyecto conjunto con la Iglesia. Me convertí en educador de calle: iba a verles, les llevaba comida y alimentos, les acompañaba a todos los niveles.
¿Qué hace Marruecos con estos niños que viven en situación de calle?
Marruecos no quiere reconocer que tiene este problema. Es el fallo de la educación, del sistema social. Viven de espaldas a las familias vulnerables, que acaban siendo apartadas por su pobreza. Además, reciben malos tratos por parte de la sociedad y de las autoridades. Pero los chavales tienen el convencimiento de que la vida tiene que ser algo más, que no puede ser esa penuria que viven, y por eso intentan cruzar. Yo los entiendo perfectamente. Se sienten invisibles, tanto para la sociedad como para el gobierno.
¿Dónde están las familias de estos menores? ¿Cómo acaban en la calle?
La mayoría están desestructuradas. Los abandonan, en ocasiones porque la familia se rompe y los padres se divorcian; si se vuelven a casar, ese hijo no entra en los nuevos planes. Pero también hay mucha pobreza, mucho abuso, mucho maltrato infantil. Por no hablar de las mujeres…
¿Por qué no se ven chicas menores en la calle?
Las hay, pero están escondidas. Algunas se disfrazan de chicos para que no las reconozcan, porque abusan de ellas, las trafican… Algunas se hacen novias de los capos de las mafias que controlan a los chavales que están en la calle. Es muy difícil vivir en la calle sin protección. Esas mafias quieren dinero y se aprovechan de la situación: extorsionan a los menores, les piden dinero a cambio de protección. Y, por supuesto, les venden droga, que es uno de los grandes problemas de Marruecos.
¿Cuál es, a tu juicio, el primer problema?
El primero es que un país no reconozca el problema que tiene, y junto a él, la educación. La sociedad empuja a los jóvenes a la oscuridad, al rechazo. En este caldo de cultivo, los menores en situación de calle no viven como niños, sino como adultos; tienen que presentarse como gente mayor de edad, y eso provoca un gran problema en su desarrollo. Tienen mucha discapacidad, y no solo por la droga, sino por este gran problema relacional.

¿Qué drogas consumen?
Sobre todo un producto petroquímico, el disolvente que se usa para pintar, que se vende en las ferreterías. En España no tiene plomo y no se vende a menores, pero en Marruecos no hay control. Es barato, y afecta al cerebro y a las vías respiratorias. Las mafias lo usan como forma de control: primero enganchan a los niños y luego los hacen dependientes de ellos. Los niños dejan de comer, porque tienen el esófago quemado, por eso no llegan a crecer mucho, aunque acaben desenganchándose. Todos sabemos las consecuencias que tiene la droga en el cuerpo; imaginaos en el de un niño desnutrido, sin posibilidad de la mínima higiene o el acceso básico a la sanidad
¿Qué encuentran estos niños en esas drogas?
No pensar en la realidad que viven. Les ayuda a olvidarse del miedo y del trauma que arrastran. Y una cosa muy básica y muy importante: les hace vivir sin frío y sin hambre. Hay muchos niños que nacen en la calle porque sus padres viven en la calle. Y no olvidemos que los niños no dejan de ser niños…
En tu opinión, ¿qué ha pasado en este nuevo cruce masivo de Ceuta?
Es lo mismo que pasó el 17 de mayo de 2021. La forma es igual, aunque la cantidad es mayor. Se va transmitiendo en redes sociales y por WhatsApp que el control por parte de Marruecos está suspendido, que no reaccionan ante la gente que cruza la frontera, y se produce un efecto llamada. La gente empieza a publicar que está cruzando sin problemas, se hace viral, y toda la gente de Marruecos empieza a desplazarse hacia el norte, hacia Ceuta y Melilla. Está orquestado, pero los que cruzan lo desconocen.
Se ve especialmente que son hombres jóvenes. ¿Por qué cruzan solo los hombres?
Porque la mayoría de las mujeres no quieren poner sus vidas en peligro, no quieren ir hacia un futuro desconocido, y tienen que quedarse cuidando a los niños y a las personas mayores. Pero la mayoría de los migrantes que cruzan la frontera no conocen la realidad que les espera al otro lado; solo siguen lo que ven en redes sociales y lo que les cuentan otras personas que ya están aquí. Mucha culpa la tienen los haraga, personas que cruzan de un país a otro buscando una vida mejor: son casos de éxito que animan a otros a cruzar. Hay un hashtag, #haraga, donde se pueden ver fotos y testimonios de personas que han cruzado.
Tú y yo hemos paseado por Castillejos y hemos visto toda la playa vallada, con los accesos cerrados para que los chavales no saltaran al mar. ¿Qué ha pasado ahora?
No hay control por parte de las fuerzas marroquíes. Es un problema diplomático entre España y Marruecos, de dimensiones políticas que van más allá de la realidad concreta de los jóvenes que quieren cruzar. Marruecos siempre juega con la carta de los migrantes y el control de fronteras, porque Marruecos tiene más fuerza en la frontera que España. Tiene miles de militares y policías que trabajan exclusivamente en la frontera. Y además, con alambres en la frontera, por eso nadan y no saltan la valla. En realidad, los migrantes son víctimas también de este juego político.
¿Qué les dirías a los que hablan de “invasión” por parte de Marruecos?
No es una invasión, pero se está utilizando la carta de los inmigrantes para lograr objetivos y defender intereses. Los grandes perjudicados son los ceutíes y los inmigrantes, que no conocen la realidad de lo que hay en Ceuta, en Melilla y en España. Y por eso están volviendo: no tienen qué comer, dónde dormir ni capacidad de trabajar. Las redes sociales son un mal enorme para ellos, porque por ellas hay gente que muere en el mar. Hay que usarlas con responsabilidad. Yo vigilo muy bien lo que publico. Más del 90% de los que cruzaron van a volver a Marruecos, como pasó en 2021, pero ahora la situación es más complicada. Son muchos más y vuelven a un lugar mucho peor.
¿Por qué es más complicada ahora?
No es igual la situación del pueblo y no es igual la cantidad de personas. Va a haber consecuencias políticas contra los inmigrantes. Hay que tener clara una cosa: si Marruecos no quiere que los marroquíes crucen, no cruzan. Marruecos controla muy bien la situación de la frontera. Lleva cinco años controlándola; no existe la posibilidad de que “se les haya ido de las manos”. Hay barcos de la Marina Real en Tanger Med, Castillejos, Rincón, Marina Smir… Te aseguro que en las 14 veces que he intentado cruzar no lo he conseguido por Marruecos, por su cuerpo militar, por la GendarmeríaReal.
Ahora vives en España. ¿Es la vida como te la imaginabas aquí?
Me da mucha pena toda la gente que ha muerto en el mar intentando venir aquí. La situación de los jóvenes que intentan salir de Marruecos cada vez es peor, por eso ponen su vida en peligro. Y lo peor es que no conocemos realmente cómo se vive aquí, creemos que todo va a ser fácil, que vamos a poder estudiar y trabajar, tener una vida mejor. Y no es así. Yo he sufrido todo tipo de vejaciones, ataques y discriminación, aunque también me he encontrado con mucha gente buena. Es injusto generalizar. Ahora mismo he tenido la suerte de contar con un visado que me ha permitido venir a España, y ahora estoy intentando construir mi vida aquí, pero es dificilísimo. En el futuro me gustaría volver a Marruecos y construir allí la ayuda, reconstruir el país y ayudar a los menores en situación de calle.
¿Qué les dirías a los españoles y a los marroquíes que tratan de hacerse una idea completa de una situación tan compleja?
No culpo a los jóvenes marroquíes que intentan cruzar a España; yo fui uno de ellos. Al mismo tiempo, mando mi fuerza a los españoles que están viviendo una situación complicada en Ceuta, en Melilla y en toda España. Uno no decide dónde nace ni lo que le toca vivir, pero todos tenemos el mismo deseo: vivir una vida mejor.

