Trixia llegó caminando. Desde Puente de Vallecas hasta el centro CEDIA 24 horas, en Carabanchel, son casi dos horas a pie. Las hizo con lo puesto, sin dinero, sin ropa de cambio. Acababa de sufrir una agresión sexual y había tomado una decisión: no esperar a que la situación empeorara. “A mi edad, por experiencias de otras personas, por películas y series, sabes que hay un patrón que se repite. Y no tengo que esperar a que se desarrolle”. Llamó al Samur Social y le dieron la dirección de CEDIA. Hasta ese momento, no sabía que existía.
El camino no fue solo físico. “Cuanto más me iba acercando al lugar, más miedo me daba”, recuerda Trixia, mujer trans cubana de 48 años que llegó a Madrid hace tres años huyendo de la violencia policial en Cuba y obtuvo protección internacional casi de inmediato. Antes de que todo se complicara, había construido algo parecido a una vida: voluntariado en Cruz Roja, un curso en MercaMadrid sobre almacenes y puestos de venta, trabajo en Puerta Abierta, otro centro de acogida para personas sin hogar. Luego llegó la convivencia con alguien, las adicciones de él, la agresión. Y la decisión de irse antes de que el patrón se completara. “Tenía miedo de sufrir transfobia u homofobia. Es un centro donde conviven hombres y mujeres, y no sabía cómo me iban a recibir”. Lo que encontró fue lo contrario. “Los trabajadores tienen una vocación muy específica hacia cada caso. Personifican cada situación como propia”.

Laura López Moreno también llegó de urgencia, aunque por un camino diferente. Tiene 29 años, los cumplió el 13 de abril, y entró en CEDIA el 16 de marzo, un día después de llamar. “Los casos de urgencia son los que necesitan una plaza cuanto antes porque puede estar en juego su integridad”, explica con cuidado al elegir las palabras, como si no quisiera que nadie se sienta por encima de nadie. “Suele pasar con las mujeres”. La noche anterior había dormido encima de una mesa de fisioterapia en casa de un amigo que conocía el centro de haberlo necesitado él mismo años atrás. Prefirió eso a la calle. Cualquier cosa antes que la calle.
Cincuenta años desde la furgoneta del café
El CEDIA 24 Horas empezó hace cincuenta años con una furgoneta repartiendo cafés a personas sin hogar por las calles de Madrid. Se llamó primero Café y Calor, funcionó cerca del Senado, fue creciendo y mudándose hasta instalarse en 2008 en Carabanchel. En 2025 atendió a 2.534 personas. Hoy tiene 67 plazas de alojamiento nocturno —47 para hombres y 20 para mujeres— y 92 de centro de día, abierto los 365 días del año, con 29 profesionales y 71 voluntarios. Juanjo Gómez Escalonilla, su responsable, lo describe con una sola frase: “Estamos pisando terreno sagrado”. Y lo dijo antes de que el Papa llegara.
Las mujeres pernoctan en un recurso vinculado en el barrio de Pacífico —salen antes de las 8:15, se levantan a las 7— y durante el día acuden al CEDIA, donde pueden ducharse, comer cinco veces al día, usar ordenadores, asistir a talleres y recibir acompañamiento social y psicológico. Cada cama tiene una taquilla. Pequeño detalle, gran significado: el miedo más inmediato de quien lleva tiempo en la calle es perder lo poco que tiene. Hay una consigna en la planta baja, junto a la lavandería, muy valorada. Hay duchas. Hay una sala de juego. Hay una televisión. “Aquí tenemos talleres, sala de juego, computadora, televisión, todas las atenciones cubiertas”, enumera Trixia. Y luego añade algo que parece sencillo pero no lo es: “No hay que llevar la imaginación muy lejos para entender lo que significa. Basta imaginarte que cortaste con tu vida anterior y estás en un banco de un parque. Eres mujer, estás sola, está lloviendo, tienes hambre. Con eso es suficiente para valorar lo que tienes”.

Laura lleva semanas formándose dentro del centro en un curso de evaluación y validación de accesibilidad web: aprende a detectar si las páginas de internet son comprensibles para personas mayores, con afasia, con dificultades idiomáticas o con cualquier otra barrera. “Ellos también me están ayudando a mí, y yo también me estoy formando para ayudar a otros”, dice a Artículo14. Los sábados, cuando el centro organiza salida de ocio, ella y sus compañeras han visto en el cine la última película de Almodóvar y el documental sobre Michael Jackson. Carlos, otro residente de 35 años que lleva un mes en el centro, lo resume con la claridad de quien ha pasado por lo suficiente como para saber qué importa: “Nos puede pasar a todos. Me acogieron. Te sientes acompañado, y la compañía lo es todo”.
“Los talleres de llorar”
María Bianca Trache es la psicóloga del centro. Rumana de origen, lleva dos años y medio en el CEDIA y habla de su trabajo con la precisión de quien ha tenido que aprender a gestionar la distancia justa entre la profesión y el afecto. “Es un proyecto bonito y complicado a la vez, porque tienes que aprender a discernir entre el trabajo y los casos que te tocan de verdad por dentro. Y te tocan. Todos los días”.
Su labor no es terapia clínica —el tiempo de estancia es demasiado corto para eso— sino acompañamiento: dar espacio para el desahogo, ofrecer herramientas, motivar al cambio. A veces es simplemente ayudar a que alguien pueda mirar hacia dentro y ver qué cosas le están dificultando el día a día. Tiene tres talleres: uno de meditación para reconectar con el momento presente cuando la ansiedad y el miedo lo ocupan todo; uno de grupos de encuentro, mixto, donde trabajan formas de relacionarse y habilidades sociales; y uno específico para mujeres, donde abordan autoestima, violencias machistas y cómo el género condiciona la experiencia de estar en el mundo. “Me dicen que son los talleres de llorar. Siempre acabamos llorando, todos. Pero son muy importantes. Sobre todo para ellas, imagino, pero para mí también. Para mí mucho”.

El perfil de quienes llegan ha cambiado, explica Trache y confirma Gómez Escalonilla. El sinhogarismo clásico —personas que llevan tiempo en la calle con historias muy complejas— convive ahora con un perfil nuevo y creciente: jóvenes de 18 a 31 años con planes de vida truncados por circunstancias que no controlaban, personas que han perdido el piso por el precio del alquiler, trabajadores con sueldos que no llegan. “Todos conocemos a alguien que vive con un familiar porque no puede permitirse un piso”, dice el responsable del centro. La distancia entre eso y estar en la calle es más corta de lo que parece. Casi el 60% de quienes llegan lo hacen sin documentación, lo que les cierra casi todas las puertas: pueden encontrar trabajo, pero es precario, les explotan, no les pagan. El 75% son hombres, aunque el sinhogarismo femenino está muy infravalorado. “Las mujeres hacen lo que sea por no salir a la calle. Han hecho lo pensable y lo impensable para evitarlo”, dice Trache. Cuando llegan, muchas traen historias de violencia y de relaciones que empezaron como refugio y acabaron siendo otra forma de exclusión. Por eso la lista de espera para ellas es más corta: tres semanas o un mes, frente al mes y medio o dos meses de los hombres. Las situaciones son más urgentes. Los riesgos, más inmediatos.
Esteban Rodríguez tiene 24 años y es integrador social nocturno. Lleva seis años en el centro. “Nosotros los integradores hacemos acompañamiento: mucha gente trabaja durante el día, pero por la noche llegamos cansados. Música, cine… a mí me gusta sacarles una sonrisa”. También él migró, y eso genera un vínculo particular con muchos de los residentes. “Mucho de los chicos se identifican conmigo porque yo también soy inmigrante. Se puede lograr aunque sea difícil. Plantar ya objetivos: puedes tropezarte una vez, pero a la siguiente alzas la pierna”.
De cada diez, a siete hay que decirles que no
Lo más duro, dice Trache, es el ‘no’. De cada diez personas que vienen, a siete hay que decirles que no. Ahora mismo hay 180 personas en lista de espera. San Juan de Dios tiene un año de espera. El tema del alojamiento en Madrid, dice el responsable del centro, está absolutamente colapsado. “Hay momentos en que te preguntas dónde va a dormir esa persona esta noche. Y no tienes respuesta”. La financiación viene de Cáritas, del IRPF, de donaciones. La entidad tiene capacidad de sostener los proyectos, pero los números son los que son: 2.534 personas atendidas en un año, y miles más a las que no se pudo atender.

Lo que más alegría le da a Trache es la otra cara de esa ecuación. Una chica venezolana que derivó a un centro especializado después de una vida marcada por la violencia. Meses después, Trache fue a una jornada de ese centro y la chica dio testimonio. Dijo que había tenido una persona que fue una luz para ella. “Acabé llorando con una bandera en la mano. Eso es lo que te hace seguir”. El 80% de las personas que pasan por el CEDIA no vuelven a la calle. Ese dato, dice Gómez Escalonilla, lo sostiene todo.
La decisión del centro ante la visita papal ha sido clara desde el principio: no hacer nada especial. “El Papa quiere ver las cosas tal y como son. Nosotros trabajamos todos los días con las personas y eso es lo que vamos a hacer hoy también”. Se ha pintado el centro. Han venido personas del Vaticano a ver las instalaciones. Hay periodistas que complican las dinámicas. Hay zonas acordonadas. Pero el centro sigue siendo el centro: sus talleres, su plan de acción, su equipo, sus 70 personas esta mañana. “No vamos a hacer nada especial. Tiene que ser un tiempo más de entrenamiento que de entretenimiento”, dice el responsable. El Papa entrará con el cardenal y el director de Cáritas, verá las habitaciones, el centro de día, las personas. Las cosas tal y como son.
“Si tuviera la oportunidad, le daría las gracias”
Hoy, el Papa León XIV entrará por la puerta del CEDIA. Será su primer acto en España. El primero de los siete días que pasará en el país. Y antes de pisar ninguna catedral, ningún palacio, ningún estadio, estará aquí, en la calle Alhambra de Carabanchel, en un lugar que empezó con una furgoneta y unos cafés repartidos de noche.
Trixia no termina de asimilarlo. “No solo es una personalidad: uno lo percibe como Dios en la tierra”. Pero lo que más le impacta no es la figura en sí, sino el gesto. “Es una confirmación. La percepción que tengo de todo esto al pasar por aquí es que este lugar tiene características muy especiales. Y que el Papa venga no solo a Madrid, sino específicamente a este centro, a visitarnos y conocernos, a nosotros… eso es lo que más me llega”. Una confirmación de que la Iglesia que se predica de brazos abiertos es también la que existe en la práctica, en un patio de Carabanchel, a las siete de la mañana, cuando alguien llega con lo puesto y encuentra una mano tendida. “Si tuviera la oportunidad de estar en ese momento, le daría las gracias. Por esto. Por todo esto”.

Trixia lleva ya seis semanas en el centro, dos más de lo habitual, porque su trabajadora social diseñó un proyecto específico para ella: una derivación hacia un recurso especializado en personas trans, donde ya tiene plaza aprobada y solo está esperando la fecha de entrada. Llegó sin ropa, sin dinero y con miedo a lo que iba a encontrar al otro lado de esa puerta. Dentro de poco se irá con un techo, con papeles, con un itinerario trazado. Y con el recuerdo de haber estado en el lugar al que vino el Papa primero.
Laura lo dice con menos filosofía y más corazón. Se crio en una familia católica, hizo la comunión a los diez años con mucha ilusión. “Me veía como una princesa”. Ahora, casi veinte años después, en una situación que no habría imaginado entonces, la visita del Papa le produce “total alegría, total esperanza”. Si pudiera decirle algo, sería esto: “Que no perdamos la esperanza, que no perdamos la luz. Que el ser humano es maravilloso cuando ayuda a otro ser humano. Que las redes que formamos entre personas que se ayudan son una de las cosas más bonitas que existen”.
Juanjo Gómez Escalonilla, el responsable del centro, lo explica de otra manera pero llega al mismo sitio. Ante los baches de la vida, dice, a veces los curamos con pastillas o terapia. Pero lo que nos hace salir de la situación es el amor, la fidelidad del amigo, alguien que nos sostiene en el momento de fragilidad. “Cuando la gente no tiene redes, no tiene familia, nosotros somos esa mano. Sin esa primera cuestión, lo demás no funciona”. Y luego añade algo que resume cincuenta años de furgoneta y cafés y centros y noches y listas de espera y personas que se van y personas que vuelven: “El Papa puede ir a Madrid de muchas maneras. Pero entrar por la puerta de los excluidos es un privilegio. Y dice mucho de él”.
María Bianca Trache, la psicóloga, añade una última cosa cuando se le pregunta qué le supone que esto ocurra aquí. “Juanjo dice que esto es terreno sagrado. Yo creo que tiene razón. Cada persona que entra por esa puerta es sagrada. Que el Papa venga a verlo, que cruce esta puerta antes que cualquier otra en España, me parece que dice mucho. De él y de lo que la Iglesia quiere ser. Para mí, que llevo dos años y medio aquí, es una confirmación de que lo que hacemos importa”.
El 80% de las personas que pasan por el CEDIA no vuelven a la calle. Eso es lo que hay detrás de esa puerta que hoy cruza el Papa. Cincuenta años de una furgoneta que salía de noche a repartir cafés, y que nunca dejó de salir.

