Dolor y pánico de los afectados por los incendios en la Comunidad de Madrid y Castilla y León. Los focos de San Martín de Valdeiglesias y Villa del Prado acabaron fusionándose en un único gran frente que avanza hacia el norte, lo que obligó a evacuar Chapinería, Navas del Rey y Colmenar del Arroyo, a los que siguieron Fresnedillas de la Oliva y Robledo de Chavela, mientras Navalagamella quedaba confinada. El delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín, elevó a más de 40.000 las personas evacuadas o confinadas en la región de Madrid y no descartó nuevas órdenes de desalojo.
En Castilla y León, Rocío, vecina de El Tiemblo (Ávila), relató una huida que rozó la tragedia. “Ni en las peores pesadillas me hubiese imaginado esto”, aseguró. Los vecinos fueron alertados de que el fuego avanzaba por el Valle de Iruelas y se desplazaron hasta la presa, desde donde contemplaron impotentes, a través de las cámaras de vigilancia, cómo las llamas alcanzaban sus casas. Los cortafuegos que los equipos intentaron abrir resultaron inútiles ante la meteorología. Ella y su marido escaparon en el último momento; él sufrió quemaduras leves al intentar rescatar a sus perros. En la zona hubo que desalojar de urgencia un centro de mayores: “Tuvieron que sacar a la gente mayor de la residencia cuanto antes”. Al regresar, el panorama era devastador: “Todo estaba ardiendo. Estábamos rodeados de fuego”.
En la misma comunidad, María Gil, de Navaluenga (Ávila), contó en La Ventana (Cadena Ser) que logró salir de su localidad junto a su abuela tras dos días de confinamiento en los que “solo se veía humo donde antes era todo bosque”, con los valles y las piscinas naturales de la zona desaparecidos bajo la humareda. Ambas están ya a salvo, acogidas por un familiar. De aquellos días recuerda sobre todo la impotencia: “Solo puedes quedarte esperando que las llamas no se acerquen más”. Su único alivio fue conservar la luz y la telefonía: “Se ha ido la luz un par de veces, pero más allá de eso, por suerte no hemos tenido problemas con la telefonía”, lo que les permitió recibir las alertas de ES-Alert y mantener el contacto con la familia.
Incendios en la Comunidad de Madrid
Está Honorina Hernández, quien salió de Chapinería con lo puesto, según contó a El País por teléfono. “Realmente he cogido unas pastillas que tengo que tomar, y ya está”, explicó sobre una evacuación que describe como “muy precipitada”. “Simplemente cogimos a los animales, metí mis pastillas al bolso y nos subimos todos al coche”, relató. En el vehículo viajaban cinco perros; los gatos tuvieron que quedarse en el pueblo. Honorina habló ya desde Brunete, adonde llegó tras un trayecto caótico y donde recuperó por primera vez la cobertura: “Allí no hay cobertura de ninguna clase, nada más que podemos hablar con emergencias”. El municipio, contó, está desbordado, con “gente con perros por todos los lados”. “Está todo lleno de humo y de pavesas. Es una situación que no te puedes imaginar”, resumió, con una sola pregunta sin respuesta: “Solamente han alertado de la evacuación. No nos han dicho cuándo tenemos que volver”.
En Robledo de Chavela, Abraham Pérez Cabezudo y su hermano han puesto la Finca Pajar Blanco a disposición de los ganaderos afectados para resguardar caballos, vacas, ovejas y otros animales, según explicó él mismo en la Cadena Ser. La iniciativa busca dar salida a un drama silencioso: muchos ganaderos se aferran a sus casas con tal de no abandonar a sus animales. Los animales llegan “andando y en vehículos cedidos por familiares y amigos de los dueños”, y sus propietarios, “rotos por la situación”. Pérez, que confiesa que “vive por y para su ganado”, lo describe con crudeza: “Es como si se te estuviese quemando tu vida”. Y va más allá: “Sería capaz de arriesgar mi vida por mi ganado”.

Por su parte, Joana Román, de 40 años, recibió la alerta de evacuación de Aldea del Fresno mientras llevaba recursos a evacuados de otras localidades en el centro cultural. Según relató en la Cadena Ser, recogió a su madre, de 81 años, reunió a su marido, sus dos hijos y sus tres mascotas, y cargó lo “indispensable”: cargadores, agua, comida, pastillas, alguna muda, los documentos y las escrituras de la casa. En el polideportivo de Villamanta encontraron refugio y solidaridad: “Nos han ofrecido comida, agua e incluso alojamiento”. Pero su testimonio destila hartazgo: “Con la DANA se nos cayeron los puentes y estuvimos incomunicados durante varios días. Cada año nos pasa algo”, denunció, lamentando que “no parece que las autoridades estén haciendo nada para evitar que este tipo de situaciones se sigan dando”.
