Un equipo de fútbol juvenil gana la liga. Los jugadores tienen entre 16 y 18 años. La temporada termina con éxito, hay una cena para celebrarlo y un grupo de adultos decide que la mejor forma de festejar el ascenso es contratar una ‘stripper’.
La historia, adelantada por elDiario.es, ha ocurrido en el municipio valenciano de Bonrepòs i Mirambell, donde el Ayuntamiento estudia trasladar el caso a la Fiscalía después de que durante la celebración de un equipo juvenil de fútbol base se organizara un espectáculo erótico en el polideportivo municipal. La cena había sido convocada para festejar el título de liga y el ascenso de categoría del equipo. Fueron varios padres presentes en la celebración quienes impulsaron la contratación de una ‘stripper’, una iniciativa que provocó el rechazo de parte de las familias asistentes y de algunos jugadores, que optaron por abandonar el lugar.
Más allá de las posibles responsabilidades legales o disciplinarias, el episodio plantea una pregunta de fondo: ¿qué mensaje reciben los adolescentes cuando son sus propios padres quienes convierten el cuerpo de una mujer en parte de la celebración de un éxito deportivo?

Una mujer como recompensa
Para la socióloga experta en género Beatriz Bonete, lo ocurrido constituye “un ejemplo muy claro de cómo sigue operando la socialización masculina dentro de lo que desde el feminismo se ha denominado la cultura de la violación“, entendida como un conjunto de creencias y prácticas que normalizan la idea de que los cuerpos de las mujeres están disponibles para el consumo, la observación o el disfrute de los hombres.
Lo que más preocupa a la especialista es que los destinatarios de ese mensaje sean chicos que todavía están construyendo su forma de entender las relaciones, la sexualidad y la masculinidad. “A través de esta mal llamada celebración, los padres están enseñando que el cuerpo de las mujeres forma parte del ocio masculino, que puede utilizarse como premio o recompensa”, explica.
Para Bonete, esa lógica transmite una idea concreta sobre el lugar que ocupan las mujeres: no como sujetos con autonomía, deseos y derechos propios, sino como elementos destinados a satisfacer expectativas ajenas.
La socióloga considera que este tipo de prácticas ayudan a consolidar una masculinidad basada en la idea de que las mujeres existen para agradar, entretener o satisfacer necesidades masculinas. Una visión que puede parecer inofensiva cuando se presenta en forma de fiesta, pero que contribuye a sostener estructuras de desigualdad mucho más amplias.
El aprendizaje invisible
La reflexión conecta con el análisis de José Antonio García Serrano, psicólogo especializado en adolescencia y violencia machista. A su juicio, el deporte no es únicamente un espacio de competición. También es un entorno donde se construye identidad, se interiorizan normas sociales y se aprende qué comportamientos reciben reconocimiento dentro del grupo.
Por eso considera especialmente preocupante que una celebración deportiva se vincule a un espectáculo sexualizado delante de personas menores de edad o jóvenes. El problema, insiste, no es la sexualidad. El problema es el significado que adquiere en un contexto como este. “El aprendizaje que se llevan estos chicos es muy peligroso porque se les está diciendo que el éxito masculino se celebra con cuerpos de mujeres puestos al servicio del entretenimiento de los hombres”.

Según explica, los adolescentes aprenden mucho más de lo que observan que de lo que escuchan en discursos o campañas institucionales. Las conductas que reciben aprobación social, prestigio o reconocimiento terminan convirtiéndose en referencias válidas. Cuando una victoria deportiva se acompaña de una mujer sexualizada como parte del premio, se establece una asociación entre éxito, masculinidad y disponibilidad femenina que difícilmente puede considerarse inocente.
El psicólogo advierte además de que este tipo de situaciones no aparecen de la nada. Forman parte de procesos de aprendizaje que comienzan desde edades tempranas y que ayudan a consolidar creencias sobre qué significa ser hombre y cuál es el lugar que ocupan las mujeres. A su juicio, asociar el reconocimiento social o el triunfo a la disponibilidad del cuerpo femenino contribuye a reforzar estereotipos sexistas que más adelante pueden traducirse en formas de desigualdad, control o violencia.
¿Dónde estaban los adultos?
Ambos expertos coinciden además en que el foco no puede situarse únicamente sobre los jóvenes presentes en la celebración. Los adolescentes estaban aprendiendo, pero no fueron quienes organizaron el evento. La decisión partió de personas adultas que consideraron apropiado ese tipo de espectáculo para festejar el final de temporada de un equipo juvenil.
García Serrano insiste en que precisamente ahí reside una de las cuestiones más importantes. Los jóvenes construyen buena parte de sus creencias observando a sus referentes. Familias, entrenadores, responsables deportivos y otros adultos transmiten valores no solo a través de lo que dicen, sino también mediante aquello que normalizan y celebran.
La pregunta, por tanto, no es únicamente qué vieron aquellos adolescentes aquella noche. También quién decidió que era una buena idea, quién la impulsó y quién consideró adecuado convertir ese espectáculo en parte de la recompensa por una victoria deportiva.
Mucho más que una fiesta
La polémica de Bonrepòs i Mirambell también obliga a reflexionar sobre el papel educativo de los clubes deportivos. El deporte suele reivindicarse como una escuela de valores vinculados al esfuerzo, el respeto, el compañerismo, la cooperación y la responsabilidad. Sin embargo, esos principios no se transmiten únicamente en los entrenamientos o en los discursos oficiales. También se reflejan en las decisiones cotidianas y en la manera en que se celebran los éxitos colectivos.
Por eso lo ocurrido trasciende el ámbito de una fiesta desafortunada. La cuestión no es solo que unos adolescentes asistieran a un espectáculo erótico. La cuestión es qué estaban aprendiendo mientras lo hacían y qué idea sobre las mujeres, el poder y la masculinidad les estaban transmitiendo los adultos que decidieron organizarlo.
Porque un club de fútbol no solo forma deportistas. También contribuye a formar ciudadanos. Y las lecciones que dejan una huella más profunda rara vez son las que aparecen escritas en una pancarta sobre valores. Suelen ser las que se aprenden observando aquello que los adultos consideran digno de celebración.
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