Hay mensajes que pasan por delante de nuestros ojos sin que apenas reparemos en ellos. Una mujer habla y alguien responde hablando de su físico. Una política defiende una postura y los comentarios se llenan de insultos sexuales. Una periodista publica una noticia y recibe amenazas que nada tienen que ver con lo que ha escrito. Alguien comparte un meme y, cuando alguien protesta, llega la frase que parece cerrar cualquier debate: “Era solo una broma”.
Pero precisamente ahí está una de las dificultades para reconocer el machismo digital: no siempre aparece con una amenaza explícita ni con un insulto evidente.
El Instituto de las Mujeres advierte de que la misoginia en Internet se articula mediante insultos, burlas, estereotipos y campañas de desprestigio que buscan cuestionar la voz de las mujeres y reinstalar formas tradicionales de control sobre su cuerpo y su autonomía.
La primera pista: preguntarse qué pretende el mensaje
Una forma sencilla de empezar a detectar estas conductas es dejar de mirar únicamente qué dice el contenido y preguntarse qué consigue o qué pretende conseguir.
¿Ridiculiza a una mujer por ser mujer? ¿La presenta como inferior? ¿Cuestiona constantemente su capacidad profesional? ¿Reduce su valor a su aspecto físico o a su sexualidad? ¿La responsabiliza de una violencia que ha sufrido? ¿Pretende que deje de hablar?
El Observatorio de la Imagen de las Mujeres considera sexistas, entre otras prácticas, frivolizar o justificar la violencia contra las mujeres, mantener discursos de odio, situarlas en posiciones de subordinación, convertir su cuerpo en un objeto sexual o ridiculizarlas en el ámbito profesional. También señala como señales de sexismo la imposición de cánones de belleza basados en juventud, delgadez o perfección corporal.
Por eso, el contexto importa tanto como las palabras. Un comentario aislado puede ser desagradable; cientos de cuentas repitiendo el mismo mensaje, señalando a la misma mujer y tratando de expulsarla de un espacio público dibujan algo diferente.
Cuando la pantalla se convierte en una herramienta de control
El control de contraseñas o dispositivos, la vigilancia de la ubicación, la difusión de información personal, las amenazas, las injurias y calumnias, la publicación de imágenes íntimas sin consentimiento o la utilización de fotografías para acosar forman parte de un abanico mucho más amplio. La abogada y criminóloga Carla Vall explica en el estudio del Instituto de las Mujeres que estas violencias pueden aparecer tanto dentro de las relaciones de pareja como en espacios públicos digitales.
Y hay una nueva frontera: la inteligencia artificial. Ya no hace falta disponer de conocimientos técnicos avanzados para fabricar una imagen falsa aparentemente real. Los llamados deepfakes permiten colocar el rostro de una mujer en escenas que nunca protagonizó y convertir esa falsificación en un instrumento de humillación o violencia sexual.
El dato que esconde Wikipedia
La desigualdad digital tampoco se encuentra únicamente en los ataques. A veces aparece en quién tiene la posibilidad de construir el conocimiento que después todos consultamos.
Wikipedia es un ejemplo revelador. El estudio recoge que solo entre el 10 % y el 16 % de quienes escriben en Wikipedia son mujeres. Y el desequilibrio se refleja también en sus contenidos: aproximadamente el 24 % de las biografías de la Wikipedia en español corresponden a mujeres, lo que significa que alrededor del 76 % son de hombres.
No es una cuestión menor. El propio informe señala que la ausencia de mujeres en las fuentes y en los contenidos puede reproducir una invisibilidad histórica. Incluso advierte de que algunos sesgos pueden tener consecuencias reales: pone como ejemplo la manera en que Wikipedia presenta los síntomas del infarto, tomando los masculinos como referencia y calificando los de las mujeres como “atípicos”.
El algoritmo tampoco es neutral
Las redes no inventaron el machismo, pero sí han conseguido que pueda viajar más rápido, llegar a más personas y encontrar nuevos públicos. La ONU señala que entre el 16 % y el 58 % de las mujeres han experimentado alguna forma de violencia facilitada por la tecnología, según los estudios disponibles. En una investigación internacional, el 38 % afirmó haber vivido personalmente violencia online y el 85 % haberla presenciado.
Además, los contenidos misóginos pueden amplificarse dentro de comunidades digitales y crear una sensación de normalidad: si miles de personas repiten una idea, deja de parecer excepcional.
El pequeño detector antes de hacer scroll
La próxima vez que aparezca un contenido dudoso, quizá convenga detenerse unos segundos. ¿Está ridiculizando a una mujer por su género? ¿La sexualiza para desacreditarla? ¿Justifica la violencia? ¿Niega su autonomía? ¿La presenta como inferior? ¿Utiliza su cuerpo para llamar la atención? ¿Busca silenciarla o expulsarla de la conversación?
Si la respuesta se repite, probablemente no estemos ante una simple “opinión”. El objetivo, recuerda el Instituto de las Mujeres, no es que las mujeres abandonen Internet. Todo lo contrario: la seguridad digital debe formar parte de la seguridad de las mujeres, porque las redes también son espacios de participación, información y democracia.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

