Una jugadora termina el entrenamiento. Su entrenador la abraza tras una victoria, le pregunta por sus planes para el fin de semana o le escribe para saber cómo está. En apariencia, son gestos cotidianos. Y, por sí solos, no constituyen necesariamente violencia sexual. Pero pueden dejar de ser inocuos cuando se acumulan, se dirigen siempre a la misma niña o adolescente y forman parte de una relación marcada por la desigualdad de poder.
Ahí empieza una de las zonas más difíciles de ver en el deporte infantil: no en la agresión evidente, sino en la construcción gradual de una confianza que el agresor puede utilizar para acercarse, aislar y manipular. Un estudio del grupo de investigación GIKAFIT de la Universidad del País Vasco (EHU) ha analizado cómo se perciben estas conductas y qué relatan quienes sufrieron violencia sexual mientras practicaban deporte de equipo durante la infancia y la adolescencia.

La investigación constata que las formas más explícitas de violencia sexual se identifican con mucha mayor facilidad. Más de ocho de cada diez participantes reconocen como abuso conductas claramente invasivas. El problema aparece antes: en esas interacciones que el entorno deportivo puede interpretar como normales y que, en determinados contextos, pueden formar parte de una estrategia de grooming.
Lo evidente y lo que pasa desapercibido
El estudio combina una parte cuantitativa —un cuestionario a personas adultas que practicaron deportes de equipo durante su infancia y adolescencia— con entrevistas a supervivientes. No pretende convertir cualquier abrazo, pregunta o contacto físico en sospechoso. Lo que analiza es cómo se interpretan esas conductas cuando quien las ejerce es la persona adulta que dirige, evalúa y decide parte de la trayectoria deportiva de una niña, un niño o un adolescente.
Las y los participantes identificaron como violencia sexual con más frecuencia acciones como proponer relaciones sexuales a cambio de privilegios, besar en los labios, mirar los pechos o los glúteos de la deportista o hacer comentarios despectivos sobre las mujeres. Son situaciones que rompen de manera clara los límites y que el entorno reconoce con más facilidad.
Sin embargo, otras conductas apenas se percibían como violencia sexual: tocar el hombro al saludar o mientras se dan instrucciones, abrazar después de una victoria o preguntar por el tiempo libre de la persona deportista. La investigación no sostiene que esas acciones sean abuso. La clave está en qué relación construyen, con qué frecuencia se producen, si existe un trato diferenciado y, sobre todo, en la posición de poder de quien las lleva a cabo.
La confianza como estrategia
Los relatos de las supervivientes permiten reconstruir cómo puede comenzar ese proceso. Primero, el entrenador o la entrenadora genera una relación de confianza: atención especial, halagos, regalos, interés por la vida privada, mensajes, contacto físico presentado como afectuoso o necesario. Después puede llegar la manipulación, el aislamiento y la invasión de límites cada vez mayores.
Con el tiempo, esas dinámicas progresan hacia formas más evidentes de violencia: acoso en vestuarios, comentarios sexuales, petición de imágenes explícitas o agresiones sexuales. Ese tránsito es lo que se conoce como grooming: una estrategia gradual con la que el agresor gana acceso y confianza, aprovecha la vulnerabilidad de la víctima y dificulta que ella misma o el entorno identifiquen lo que está ocurriendo.
El abuso no comienza necesariamente con una agresión que deja a todos sin dudas. Puede empezar mucho antes, en una relación que se presenta como excepcional o protectora y que, poco a poco, convierte la cercanía en una herramienta de control. Las personas entrevistadas explican que, al mirar atrás, identifican esas primeras conductas como parte de un patrón que entonces no podían situar de la misma manera.

El poder de quien entrena
El deporte añade elementos propios a esa relación desigual. Quien entrena puede decidir convocatorias, minutos de juego, oportunidades, reconocimientos o la continuidad de una deportista en el equipo. Tiene además acceso a espacios y tiempos especialmente sensibles: entrenamientos, vestuarios, desplazamientos, concentraciones o comunicaciones fuera de la pista.
A eso se suma una cultura deportiva que premia la disciplina, el sacrificio y la obediencia. La investigación señala que la presión por el rendimiento y la dependencia emocional hacia entrenadores y entrenadoras influyen en estas experiencias. Cuando una niña o adolescente admira a quien la dirige, teme perder su sitio en el equipo o cree que esa persona tiene un poder decisivo sobre su futuro, poner límites resulta más difícil.
También para el entorno. Familias, clubes y compañeros pueden interpretar la atención especial como implicación, cercanía o interés por el rendimiento. Por eso, el estudio invita a no quedarse solo en la pregunta de si una conducta concreta es o no es abuso. La cuestión es si alguien está cruzando límites de manera continuada y aprovechando una posición de autoridad para construir una relación de dependencia.
Mirar antes de la agresión
La conclusión de la investigación es que la prevención no puede empezar cuando la violencia ya es explícita. Los clubes necesitan protocolos, pero también formación para entrenadores, familias y deportistas sobre límites, consentimiento, relaciones de poder y canales de ayuda. No basta con saber qué hacer cuando se denuncia una agresión: hay que saber detectar qué dinámicas pueden preparar el terreno para que ocurra.
Se trata de proteger la relación de confianza que el deporte debe ofrecer a la infancia, no de desconfiar de cualquier vínculo afectuoso. Un entrenador puede felicitar, acompañar y cuidar sin invadir la intimidad, sin convertir a una deportista en “especial” y sin pedirle una cercanía que no tendría por qué reclamar.
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