“Mi marido me pega lo normal”: el peligro de esperar que una víctima se comporte como imaginamos

Ni todas las víctimas denuncian, ni todas presentan lesiones, ni todos los agresores encajan en el perfil que la sociedad imagina. El problema es que seguimos buscando una “víctima perfecta”

¿Existen estereotipos de víctimas de violencia de género?
¿Existen estereotipos de víctimas de violencia de género?
KiloyCuarto

La imagen que hemos construido de la violencia machista puede convertirse en una barrera más para quienes la sufren. Esperamos que la víctima denuncie pronto, tenga lesiones visibles y abandone inmediatamente a su agresor. Cuando no lo hace, aparecen las dudas. Y con ellas, una pregunta que puede resultar tan injusta como peligrosa: ¿por qué no denunció antes?

Cuando la ausencia de denuncia se convierte en sospecha

El asesinato de una mujer en Barcelona el pasado 28 de julio, después de diez años de violencia continuada, vuelve a colocar sobre la mesa una cuestión incómoda: qué esperamos de una víctima de violencia machista y hasta qué punto esas expectativas condicionan la forma en que entendemos su historia. Según explica el médico forense Miguel Lorente, especializado en violencia de género, aproximadamente el 75% de las mujeres asesinadas habían sufrido violencia sin haber presentado una denuncia previa. Pero, a su juicio, el debate suele comenzar en el lugar equivocado.

Lorente sostiene que, en vez de preguntarnos por las circunstancias que dificultan denunciar y por las herramientas existentes para detectar situaciones de violencia antes de que lleguen a su extremo, la sociedad continúa colocando el foco sobre las propias mujeres. Incluso después de haber sido asesinadas. “La mujer asesinada en Barcelona por su pareja había sufrido violencia continuada durante 10 años sin que hubiera interpuesto una denuncia, algo similar al 75% de las mujeres asesinadas”, señala.

La cuestión, añade, debería formularse de otra manera: “¿cómo se puede denunciar algo que la sociedad hace creer que es normal?, y si se hace, ¿qué confianza puede tener la mujer en que esa denuncia tenga recorrido?”. Es ahí donde aparece una de las principales contradicciones: la denuncia se presenta como el comportamiento esperado de una víctima, pero su ausencia puede utilizarse después para cuestionar la existencia o la gravedad de la violencia.

La víctima ‘ideal’

Durante décadas se ha construido una imagen reconocible de la mujer maltratada: una víctima que sufre agresiones físicas evidentes, que presenta lesiones, que identifica inmediatamente lo que está ocurriendo y que denuncia a su agresor cuanto antes. Pero esa fotografía, según Lorente, no se corresponde con la realidad de muchas mujeres.

“Lo más terrible de todo ese proceso es que sucede bajo el sesgo de los estereotipos que impiden o dificultan identificar los casos”, advierte. La violencia psicológica, el control, la intimidación, la humillación o el aislamiento pueden ocupar un lugar central sin dejar marcas visibles en el cuerpo. Y cuando finalmente llega una denuncia, puede haber pasado meses o incluso años.

El problema aparece cuando esa distancia entre la realidad y el estereotipo se interpreta como una señal de incredibilidad. “Si una mujer denuncia y se presenta sin lesiones físicas y después de que haya transcurrido un periodo de tiempo amplio, la percepción que se tiene es que no es verdad porque no se corresponde con la imagen estereotipada de la víctima que la sociedad ha creado”, explica el forense.

“Mi marido me pega lo normal”

Lorente recuerda que su primer contacto profesional con la violencia de género se produjo en 1988, cuando atendió como médico forense a mujeres que ya habían denunciado. Una de las frases que escuchaba entonces resume, a su juicio, hasta qué punto la violencia puede llegar a integrarse dentro de una relación: “mi marido me pega lo normal, pero hoy se ha pasado”.

No se cuestionaba necesariamente el hecho de que el marido pegara, sino la intensidad alcanzada en un momento concreto. Para Lorente, esa lógica no pertenece únicamente al pasado. “La referencia para justificar e integrar la violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja es la misma que manifiestan los jóvenes en la actualidad”, afirma, aludiendo al dato de que un 22% de los chicos de entre 15 y 29 años considera que, si la violencia no es de mucha intensidad, no constituye un problema para la pareja.

La violencia, por tanto, no siempre irrumpe de golpe. Puede comenzar con conductas que se minimizan, justifican o incorporan a la vida cotidiana hasta que forman parte de una dinámica de control mucho más profunda.

El estereotipo también alcanza al agresor

La misma lógica se reproduce cuando se intenta identificar al agresor. Cuando una violencia extrema llega a los medios, explica Lorente, es frecuente recurrir a explicaciones que permiten colocar al hombre que la ejerce fuera de la normalidad: problemas con el alcohol, drogas o trastornos mentales.

“La cultura androcéntrica ha normalizado la violencia contra las mujeres en la sociedad”, sostiene. Y esa normalización puede ir acompañada de mecanismos que la justifican cuando finalmente se hace visible. El agresor aparece entonces como alguien excepcional, con algún problema que explicaría su comportamiento, en lugar de analizarse la violencia dentro de las relaciones y de las estructuras que permiten que determinadas conductas sean toleradas.

Una trampa que puede desalentar la denuncia

Para Lorente, la denuncia se encuentra atrapada en una contradicción. Si una mujer no denuncia, se puede interpretar que la violencia no era suficientemente grave o que ni siquiera existía. Si denuncia después de años, puede cuestionarse por qué esperó tanto. Y si lo hace durante una separación, puede aparecer la sospecha de que busca obtener algún beneficio en el proceso de divorcio.

“No es una paradoja, es una trampa que atrapa a las mujeres”, resume. La violencia puede ser primero normalizada, después justificada y progresivamente invisibilizada. Al mismo tiempo, sus consecuencias psicológicas, como la depresión, la baja autoestima, la sensación de impotencia o la indefensión, pueden dificultar todavía más que la víctima denuncie o consiga abandonar la relación.

Así, la pregunta “¿por qué no denunció?” puede olvidar precisamente una parte esencial del problema: que la propia violencia puede convertirse en uno de los factores que impiden hacerlo.

Denunciar es necesario, pero no suficiente

La denuncia sigue siendo una herramienta fundamental, pero no puede convertirse en el único mecanismo para detectar y reconocer la violencia machista. “La denuncia es necesaria, pero insuficiente”, afirma Lorente, que reclama reforzar tanto la protección de las mujeres que dan el paso como los mecanismos de prevención y detección de aquellos casos que nunca llegan a los tribunales.

La cuestión, en definitiva, no es encontrar una víctima que encaje en el molde que la sociedad ha construido. Tampoco un agresor que responda al perfil que resulta más cómodo identificar. Es entender que la violencia machista puede presentarse de formas muy diferentes y que exigir determinados comportamientos a quien la sufre puede terminar convirtiéndose en otra forma de invisibilizarla.

 

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

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