“Yo te voy a decir una cosa y es que me da igual ya, porque como encima piensas que te ‘dao’ miedo qué tal, yo solo advierto que no quiero que se me vaya la mano, yo no te voy a matar ni nada pero yo solo te voy a decir una cosa si te piras, y te lo digo en serio, y no voy a empezar ninguna discusión con esto ni nada, sino que lo escuches claro, alto y sencillo: la Tina se queda conmigo, adiós“.
Este es uno de los mensajes que recibió Rita (nombre ficticio) cuando decidió terminar la relación con su pareja.
Aquella amenaza terminó haciéndose realidad. Después de sufrir un grave accidente de tráfico que la mantuvo dos días en la UCI, varias semanas hospitalizada y la obligó a continuar la recuperación en casa de sus padres, Rita dejó temporalmente a Tina, su perra, al cuidado de su pareja. Ambos seguían manteniendo la relación y, como ella permanecía en silla de ruedas y no podía hacerse cargo de la perra, le pidió que la cuidara hasta recuperarse. Cuando meses después decidió poner fin definitivamente a la relación y recuperar a Tina, él se negó a devolvérsela.

Fue entonces cuando comenzó un procedimiento judicial en el que Rita denunció no solo que su expareja retenía al animal, sino que llevaba meses utilizándolo como una forma de control sobre ella. Esa idea aparece de forma constante a lo largo de la causa: en la denuncia inicial, en la ampliación presentada días después, en las declaraciones judiciales, en los mensajes y audios incorporados al procedimiento y en los informes psicológicos. Sin embargo, cuando su defensa pidió al juzgado de violencia sobre la mujer que adoptara medidas respecto a Tina al considerar que su retención formaba parte de la violencia denunciada, el juzgado entendió que cualquier cuestión relacionada con la perra debía resolverse por la vía civil, dejando fuera del procedimiento de violencia de género cualquier decisión sobre el animal.
Mecanismos de control sobre las víctimas
La decisión llega en un momento en el que algunos tribunales han comenzado a reconocer precisamente el uso de animales de compañía como una forma de violencia contra las mujeres. En una resolución dictada en Las Palmas, un juzgado consideró violencia vicaria la muerte deliberada del perro de una mujer al entender que el objetivo era causarle daño psicológico a través del animal. La sentencia reconocía que el vínculo afectivo con una mascota puede ser utilizado para castigar y provocar sufrimiento a una víctima.
Es una realidad sobre la que también alertan especialistas en violencia de género y protección animal, que llevan años describiendo amenazas contra mascotas, agresiones a animales o la retención de estos tras la ruptura como mecanismos de control sobre las mujeres.
De mascota a instrumento de control
Rita conoció a quien hoy denuncia y poco después comenzaron una relación y se trasladaron a vivir juntos. Según recuerda, al principio creyó haber encontrado a una persona sensible, marcada por una infancia complicada y por problemas familiares que todavía arrastraba. Durante los primeros meses no identificó señales de alarma. Pero poco a poco empezaron las discusiones.
Tiempo después adoptó a Tina. Explica que el microchip y el registro del animal figuran a su nombre y que fue ella quien asumió el coste de la perra. El contrato de compraventa, sin embargo, aparece firmado por su entonces pareja porque ese día ella no pudo acudir a recogerla por motivos laborales. Durante la convivencia ambos se ocuparon de cuidarla, pero, según sostiene Rita, él conocía el fuerte vínculo que mantenía con el animal y terminó utilizándolo para hacerle daño.

Recuerda cómo trataba a su madre cuando se enfadaba. Los gritos. Las malas formas. La agresividad verbal. También una discusión en la que la llamó “perra”. Entonces no le dio demasiada importancia.
Con el paso del tiempo las peleas se hicieron más frecuentes. Según declaró, cuando se enfadaba golpeaba las paredes y después descargaba esa misma ira contra ella. Más tarde llegaban las disculpas, las promesas de que aquello no volvería a ocurrir y las explicaciones sobre los problemas personales que atravesaba.
El vínculo de Rita con Tina
Uno de los episodios que más la marcó ocurrió durante una discusión provocada por un problema económico. Según su relato, él comenzó a gritarle, la agarró con fuerza y llegó a levantarla del suelo mientras discutían. Después lloró. Después pidió perdón.
La relación continuó deteriorándose. Rita describe episodios en los que él se encaraba con ella a escasos centímetros del rostro, elevando el tono de voz hasta hacer imposible cualquier conversación. También relata situaciones en las que intentaba abandonar la vivienda para poner fin a una pelea y él se colocaba delante de la puerta para impedírselo.
En una de sus declaraciones recuerda además cómo, durante una discusión, dio una fuerte patada a su propia perra, un animal de más de veinte kilos y salió disparada varios metros.
Meses antes de la ruptura, asegura, las amenazas relacionadas con Tina ya se habían convertido en una constante. Cada vez que intentaba marcharse recibía el mismo aviso: si lo dejaba, no volvería a ver a la perra.
Una denuncia que empezó hablando de Tina
La primera denuncia que presentó giró casi exclusivamente alrededor de la perra. Explicó que su expareja retenía al animal y que tampoco podía recuperar algunos objetos personales de gran valor sentimental que permanecían en la vivienda. Sin embargo, no relató los empujones, el tirón de pelo ni otros episodios de violencia que narró pocos días después.
Seis días más tarde volvió a denunciar. Explicó que la primera vez no había sido capaz de contarlo todo porque estaba nerviosa, tenía miedo y sentía vergüenza. Posteriormente ratificó esa versión ante la jueza y amplió el relato con los episodios de violencia física y psicológica que, según sostiene, había sufrido durante la relación, así como con las amenazas relacionadas con Tina que, asegura, llevaban produciéndose desde mucho antes de la ruptura.
Una cuestión fuera del procedimiento de violencia
Los informes psicológicos incorporados a la causa recogen de forma reiterada el sufrimiento que la pérdida de Tina provocó en Rita y el impacto emocional que esa situación tuvo durante todo el procedimiento. La perra aparece una y otra vez en las denuncias, en la ampliación de los hechos, en las declaraciones judiciales, en los mensajes y audios aportados por Rita y en la documentación psicológica.

Para ella y para su defensa no se trata de un conflicto sobre la propiedad de un animal, sino del instrumento que, según denuncian, utiliza su expareja para impedir la ruptura y continuar ejerciendo control sobre ella cuando la relación ya ha terminado.
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