¿Reabren las denuncias de la madre de Noelia Castillo el debate sobre las secuelas de la violencia sexual?

La madre de Noelia Castillo ha denunciado las agresiones sexuales que sufrió su hija antes de morir. Su caso y el de la neerlandesa Milou Verhoof vuelven a poner el foco en unas secuelas que la ciencia lleva décadas estudiando

Milou Verhoof y Noelia Castillo
Milou Verhoof y Noelia Castillo
KiloyCuarto

La búsqueda de justicia de Noelia Castillo no terminó con su muerte. Meses después de que la joven recibiera la eutanasia, su madre ha acudido a la Fiscalía para denunciar las agresiones sexuales que sufrió su hija antes de morir. Busca que se investiguen unos hechos que, afirma, Noelia nunca llegó a denunciar en vida.

Las denuncias, presentadas ante las fiscalías de Barcelona y Tarragona, relatan dos agresiones sexuales. Según la madre, una fue cometida por una expareja de Noelia. La otra habría ocurrido en Salou, donde la joven habría sido drogada y violada por tres hombres. Ha aportado escritos manuscritos y otra documentación para que la Fiscalía valore si existen indicios suficientes para abrir una investigación e identificar a los posibles responsables.

Noelia Castillo

Será ahora la Fiscalía la que decida si el material aportado permite abrir diligencias para esclarecer unos hechos que, más allá de su recorrido judicial, vuelven a poner el foco sobre una realidad ampliamente documentada por la comunidad científica: las agresiones sexuales pueden dejar secuelas psicológicas profundas y persistentes. Los especialistas insisten en que no existe una relación automática entre sufrir una agresión sexual y desarrollar una conducta suicida. El suicidio es un fenómeno complejo y multicausal. Sin embargo, también coinciden en que la violencia sexual constituye una de las experiencias traumáticas con mayor impacto sobre la salud mental.

Un trauma que puede durar años

La investigación lleva décadas estudiando esas consecuencias. El mayor metaanálisis realizado hasta la fecha sobre el impacto psicológico de las agresiones sexuales, dirigido por la investigadora Emily Dworkin, analizó 22 estudios prospectivos con más de 2.100 supervivientes. Sus conclusiones muestran la magnitud del trauma: cerca de tres de cada cuatro víctimas desarrollan un trastorno de estrés postraumático en los primeros meses tras la agresión y, un año después, más de cuatro de cada diez continúan cumpliendo criterios diagnósticos.

Los autores destacan, además, que la agresión sexual figura entre las experiencias traumáticas con mayor capacidad para desencadenar un trastorno de estrés postraumático. También observaron que la mayor recuperación suele producirse durante los tres primeros meses. A partir de ese momento, la evolución tiende a ralentizarse, lo que refuerza la importancia de una atención psicológica especializada desde las primeras semanas.

Esas cifras tienen una traducción muy concreta en la consulta. La psicóloga especializada en trauma Noemí Álvarez Boyero explica que cualquier situación traumática tiene potencial para desencadenar un trastorno de estrés postraumático. «Se caracteriza por un miedo intenso a revivir lo ocurrido. Por una parte hay miedo a los propios recuerdos y también a situaciones o incluso personas que puedan hacernos recordar aquello que ocurrió.»

Ese miedo, explica, convive con otro mecanismo de defensa del propio cerebro. «El organismo intenta defenderse de esos recuerdos generando síntomas disociativos. En algunas ocasiones la víctima parece no poder sentir nada, como ocurre en un estado de shock. En otras, el recuerdo aparece distante o incompleto. También puede producirse una intensa activación emocional ante estímulos que aparentemente son neutros.»

Mucho más que estrés postraumático

Las secuelas del trauma no terminan ahí. Ansiedad, depresión, alteraciones del sueño, problemas con la alimentación, pérdida de confianza en los demás o dificultades para mantener relaciones afectivas y sexuales forman parte de las consecuencias que describen tanto la evidencia científica como la práctica clínica.

Otro estudio, que reunió datos de más de 88.000 personas, encontró una asociación consistente entre haber sufrido una agresión sexual y un mayor riesgo de ideación suicida e intentos de suicidio. Sus autores recuerdan que el suicidio nunca responde a una única causa, pero sitúan la violencia sexual entre los factores que incrementan el riesgo de desarrollar este tipo de conductas.

«Encontramos estas experiencias traumatizantes en la base de otros trastornos como los de alimentación, el dolor crónico, las autolesiones, el consumo de sustancias e incluso la conducta suicida», explica Álvarez Boyero.

La gravedad de las secuelas tampoco depende únicamente de la agresión. La edad de la víctima, la existencia o no de apoyo familiar y social, el acceso a atención especializada o la repetición de la violencia influyen de forma decisiva en la evolución posterior.

«Las secuelas más graves suelen tener que ver con la edad a la que ocurrieron los hechos, los factores de protección con los que cuenta la víctima y con si se trata de una agresión aislada o de una violencia mantenida en el tiempo. Cuantas más veces ocurre la agresión, mayor es la desprotección de las víctimas.»

Eutanasia
El caso de Milou Verhoof sacudió Países Bajos
KiloyCuarto

El precedente de Milou Verhoof

El caso de Noelia ha recordado inevitablemente al de Milou Verhoof, una joven neerlandesa que recibió la eutanasia en 2023 tras años de sufrimiento psicológico derivado de varios trastornos mentales.

Milou había sufrido una violación durante la adolescencia y desarrolló un trastorno de estrés postraumático, depresión y otros problemas de salud mental. Tras años de tratamientos sin éxito, obtuvo la eutanasia conforme a la legislación de los Países Bajos.

Su historia abrió un intenso debate sobre el sufrimiento psíquico y la eutanasia. También entonces los especialistas insistieron en evitar relaciones causales simplistas entre un único acontecimiento traumático y una decisión tan compleja. Al mismo tiempo, recordaron que la violencia sexual figura entre las experiencias con mayor capacidad para dejar secuelas psicológicas persistentes.

Las heridas que no siempre se ven

Para Álvarez Boyero, una de las mayores dificultades es que muchas víctimas nunca llegan a identificar el trauma como el origen de su malestar o no se sienten capaces de verbalizarlo. «Las mujeres no suelen acudir al médico por la violencia sufrida. Lo hacen por ansiedad, depresión, problemas de sueño, dolores o lesiones. Ahí la sensibilidad de los profesionales sanitarios podría salvar vidas.»

La madre de Noelia busca ahora que la Justicia determine si hubo delitos que nunca llegaron a investigarse. La ciencia difícilmente podrá responder a todas las preguntas que deja su historia. Pero sí lleva años documentando una realidad: la violencia sexual puede dejar heridas que permanecen mucho después de que termine la agresión. Algunas son visibles. Otras, como el trauma, acompañan a las víctimas durante años y condicionan su vida de formas que muchas veces pasan inadvertidas.

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