Han pasado seis meses desde la desaparición de Athina y Abby ya no recuerda lo que era dormir una noche entera sin despertarse pensando en su hija. Toma medicación. Dice que, si no lo hace, la cabeza no se detiene. Piensa dónde estará Athina. Si sigue viva. Si alguien le lee cuentos antes de dormir. Si está comiendo bien. Si tendrá miedo. Si preguntará por ella.
A veces se despierta esperando escuchar una voz diciéndole: “Mamá, despierta. ¿Qué vamos a desayunar hoy?” Pero la casa sigue en silencio.
Athina tiene siete años y desapareció el pasado 10 de noviembre después de que su padre se la llevara horas después de que un juzgado concediera la custodia exclusiva a la madre y suspendiera las visitas. Desde entonces, Abby vive atrapada en una rutina extraña en la que todo le recuerda a su hija.

“Voy a ver si la encuentro patinando en el parque”
Va a los parques donde jugaban juntas. Camina por la Barceloneta, donde Athina patinaba. Mira a las niñas de su edad por la calle. A veces, reconoce, termina buscando su cara entre desconocidos. “Voy a ver si la encuentro ahí”, dice.
Y luego guarda silencio, como si acabara de darse cuenta de lo que significa vivir esperando encontrar a una niña desaparecida en cualquier esquina de la ciudad.
Los días son algo repetitivo y suspendido. Abby vive en un estado constante de agotamiento. Va a terapia una o dos veces al mes. Lo más difícil, explica, llega siempre de noche. “Me acostumbré a dormir con mi hija”, cuenta. “Le decía buenas noches, le leía cuentos… y ella por la mañana me despertaba”. Ahora se despierta sola.
En casa, la ausencia de Athina ocupa cada espacio. La abuela todavía recuerda cómo bajaba corriendo por las mañanas cuando olía pancakes en la cocina. Cómo pedía “el líquido marrón”, el adobo filipino que preparaba con arroz. Cómo se instalaba junto a ella esperando que cocinara algo dulce.
El abuelo, dice Abby, era su refugio cuando la regañaban. “Si yo me enfadaba con ella porque se había portado mal, iba corriendo con mi padre para que la defendiera”. Luego se ríe un segundo, apenas un instante, antes de volver a quebrarse.
Vacío institucional
Athina también jugaba a ser camarera. Había acompañado alguna vez a su madre al trabajo y después reproducía la escena en casa con una pequeña cocina de juguete. “Mamá, tú siéntate, yo soy la camarera”, recuerda Abby que le decía. Entonces fingía servir pancakes, bocadillos o café imaginario mientras su madre le seguía el juego. Los recuerdos aparecen constantemente, incluso cuando Abby intenta hablar de otra cosa. Cuenta que ella y Athina pasaban horas patinando juntas y que le repetía medio en broma que iba a convertirla en “una patinadora profesional”. Pero enseguida aclara que lo único que quería era que su hija tuviera “una vida buena”.
“Yo quiero que estudie, que tenga un trabajo que le guste, que esté tranquila”, dice. “No quiero que tenga una vida difícil”.
Durante estos seis meses, Abby asegura haber sentido también otro tipo de vacío: el institucional. Asegura que la búsqueda no recibió desde el principio la atención que esperaba.
Su abogado, explica, ha solicitado ampliar la orden de búsqueda y captura a nivel internacional. La nacional tardó más de cinco meses en activarse. Ella cree que ser extranjera ha condicionado la manera en que la han tratado. “Cuando el padre (en el juicio) hablaba sí le miraban a la cara. A mí no”.
Racismo
La frase resume una sensación que Abby tiene desde hace tiempo, siente que sufre racismo y que no ha sido escuchada nunca del todo. Compara su caso con otras desapariciones de personas menores de edad que sí tuvieron repercusión mediática y se pregunta por qué la historia de su hija apenas logró abrirse paso fuera de algunos medios y asociaciones. “Cuando la madre es filipina y el padre español, ya no dicen nada”, lamenta.

En estos meses ha intentado contactar con periodistas, programas de televisión y asociaciones para mantener vivo el caso de Athina. Pero reconoce que llegó un momento en que ya no podía soportar seguir viendo la imagen de su hija en los carteles de desaparecida. “Hay un punto en que ya no puedes más”, dice.
Sigue hablando de ella. Buscándola. Imaginando el momento en que pueda volver a abrazarla. A veces piensa qué estará aprendiendo ahora Athina. Y mientras habla, vuelve constantemente a la misma idea, como si necesitara repetírsela a sí misma para no derrumbarse. “Espero que mi hija sepa que mamá sigue aquí buscándola”.
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