El pasado viernes se estrenó Love Me Tender en los cines, el segundo largometraje de Anna Cazenave Cambet. Presentada el año pasado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, la película adapta la novela homónima de Constance Debré, donde una magnífica Vicky Krieps se mete en la piel de Clémence, una escritora que confiesa a su exmarido, y padre de su hijo, que mantiene relaciones con mujeres. A partir de ese momento, todo se reorganiza en su contra. Él se queda con la custodia del niño y ella entra en un territorio judicial, emocional y social donde cada decisión parece tener un precio.
La película, coprotagonizada por Antoine Reinartz y Monia Chokri, sigue a una mujer que lucha por seguir siendo madre, mujer y libre. Pero la directora no quería hacer una película de tesis ni un drama judicial al uso. Le interesaba, más bien, situarse en esa frontera donde lo íntimo se vuelve inevitablemente político.
“Lo que acabas de decir me interesa mucho, justamente lo político y lo íntimo“, explica Cazenave Cambet en conversación con Artículo 14. “En la sociedad occidental en la que vivimos, la cuestión política es constante. En la película asistimos a un juicio totalmente misógino. ¿Por qué? Porque se le reprocha simplemente a esta mujer que siga sus deseos y escoja su camino, no haga lo que supuestamente se debe”.
Para la directora, la violencia que atraviesa Clémence no procede solo de un exmarido resentido o de una batalla por la custodia. Nace también de una expectativa social: la de una maternidad sacrificada, obediente y sin zonas de sombra. “En ningún momento ella abandona a su hijo, todo lo contrario, lucha por él, pero se la castiga, se la tacha de mala madre, de no ser capaz de ser una buena madre. Sin embargo, es una madre sensible, fuerte. Eso es lo que me interesaba mostrar”.
Una película íntima, pero no privada
Cazenave Cambet leyó la novela de Debré mucho antes de saber que acabaría adaptándola. Recuerda que se encontró con el libro poco después de haber tenido un hijo y que aquella lectura le ofreció palabras nuevas para pensar la maternidad, el vínculo con un hijo y la posibilidad, casi impronunciable, de un duelo materno. La autora le dio carta blanca para adaptar la obra, y la cineasta decidió construir una película fiel al núcleo del libro, pero atravesada por su propia mirada.
Ese núcleo era claro: una madre a la que arrebatan a su hijo. Pero la película no busca manipular al espectador a través de la compasión. Clémence pierde cosas todo el tiempo, pero nunca queda reducida a una víctima. “Lo que yo vi es que la debilidad no venía a cuento en esta historia”, dice la directora. “Me gustan los personajes complejos, matizados. Me parece muy importante reflejar justamente los matices, las capas que puede tener un personaje”.
En la película Clémence habla poco. Su resistencia pasa por el cuerpo: nada, camina, hace el amor, baila, se mueve. La cámara la acompaña en ese tránsito físico, como si la palabra no bastara para explicar lo que le ocurre. “Si te fijas, la película empieza con un movimiento: ella está nadando. Y acaba con un movimiento: en bicicleta, baja la calle. Clémence es un personaje que atraviesa emociones y obstáculos. Piensa, pero no se para. Nada la va a detener”.
Esa idea de movimiento es central para entenderla. Clémence no suplica ni se justifica. Tampoco acepta la culpa que otros intentan imponerle. “Creo que es una persona más inteligente que la sociedad que la rodea. No se siente culpable, por lo tanto, no puede ser una víctima, porque ya sabe que no es culpable. Lo que diga la sociedad es una cosa, pero ella está fuera de esta ecuación”.
Vicky Krieps, un cuerpo en resistencia
La elección de Vicky Krieps no fue casual. Cazenave Cambet buscaba una actriz con una presencia física muy concreta: altura, unos hombros prominentes, una energía capaz de sostener el encuadre sin necesidad de subrayar cada emoción. La directora cuenta que imaginaba a Clémence como una especie de “vaquero solitario”, filmada desde códigos que tradicionalmente han pertenecido a los héroes masculinos.
Clémence comunica menos con las palabras que con su manera de habitar el mundo. “Responde físicamente con su cuerpo, con sus movimientos. Habla muy poco en la película. Muy, muy poco. Entonces, eso sustituye la palabra por los movimientos de su cuerpo. ¿Cómo utiliza su cuerpo? Nadando, andando, haciendo el amor con mujeres, bailando. Sus sentimientos pasan a través de su cuerpo”.
Ese trabajo físico dialoga con la propia construcción visual del personaje: el pelo, la ropa, la forma de caminar, la progresiva depuración de su imagen. La película no feminiza ni suaviza a Clémence para hacerla más aceptable. Al contrario, la filma desde una dureza serena, casi estoica. El resultado es un personaje que puede incomodar precisamente porque no se ajusta a lo que se espera de una madre herida.
“Hay gente totalmente dispar que se identifica con ella”, apunta Cazenave Cambet. “Dispar en edad, en recorrido… Y creo que justamente el papel hoy en día de los artistas es un papel pacificador“.
Para ella, el cine tiene la capacidad de obligarnos a mirar a otro. “Si pensamos para qué es el cine, es una forma de decir: mirad, nos parecemos, aunque seamos diferentes. Lo que se refleja en esta pantalla te emociona, te conmueve. Te conmueve un soldado, aunque no hayas ido nunca a la guerra; te conmueve un barco que se hunde, aunque nunca hayas estado en un barco que se hundiese realmente”.
La directora evita hablar del cine como un arma. “Creo que hay demasiadas armas ahora mismo en este mundo”, matiza. Pero sí lo entiende como “un vector muy potente”, una fuerza capaz de abrir un espacio de reconocimiento mutuo.
La violencia del sistema
Aunque Love Me Tender tiene un antagonista claro en Laurent, el exmarido interpretado por Antoine Reinartz, la película no reduce la injusticia a un solo rostro. A lo largo del relato aparecen personajes que comprenden lo que le ocurre a Clémence, incluso que desean ayudarla, pero terminan refugiándose en una frase devastadora: no pueden hacer más.
A Cazenave Cambet le interesaba precisamente esa violencia más silenciosa, burocrática y social. “Vengo de una familia donde muchas mujeres son educadoras, mi madre entre ellas”, explica. “Trabajan en protección infantil, entonces las he visto luchar no sabes cómo para proteger a adolescentes y niños de situaciones absolutamente aberrantes. Pero el sistema no funciona simplemente. Carecen de medios, es muy lento, la administración es muy lenta”. La directora es especialmente dura al hablar del sistema francés. “Realmente el sistema no está hecho para proteger a las mujeres en Francia. Creo que España para eso está muchísimo mejor. Es más, creo que España es uno de los países que mejor funcionan en ese sentido en toda Europa. Francia, ya se sabe, siempre da lecciones, pero no siempre tiene razón”.
En Love Me Tender, esa lentitud no es un decorado. Es parte del daño. “En la película quieren ayudarla, pero no pueden. No disponen de la forma. La lentitud del sistema judicial no les permite ayudarla”.
Ahí reside una de las mayores durezas del filme: no hay un gran complot, sino una suma de inercias, prejuicios, demoras y normas que terminan empujando a Clémence hacia una soledad cada vez más radical. La película muestra cómo la violencia institucional puede ejercerse sin gritos, sin golpes y sin necesidad de que todos los implicados se consideren violentos.

Una maternidad fuera del molde
La pregunta que atraviesa Love Me Tender no es si Clémence ama a su hijo. La pregunta es cuánto está dispuesta a sacrificar para conservarlo y por qué la sociedad exige a una madre que renuncie a todo lo demás para demostrar que merece seguir siéndolo.
Cazenave Cambet rechaza esa lógica. “A Clémence se le reprocha que haya abrazado una forma de libertad”, señala. Su personaje respeta las reglas, cumple con sus derechos de visita, sostiene una disciplina casi militar. Pero hay una línea que se niega a cruzar: renunciar a escribir, a desear, a vivir.
Ahí está el tabú. No en la falta de amor, sino en la negativa a desaparecer dentro de la maternidad. Clémence puede perder la custodia, puede ser juzgada, puede quedarse sola, pero no acepta que la única forma de recuperar a su hijo sea dejar de ser ella misma.
Por eso la película no termina en derrota. Cazenave Cambet define el final como “una victoria, al cien por cien”. También durante la entrevista insiste en que Clémence no queda destruida por lo que ha perdido. Hay dolor, pero también una puerta abierta.
Love Me Tender renuncia a vincular el amor materno con la posesión o el sacrificio absoluto. En cambio, lo retrata como una forma de espera. Una esperanza que no exige inmovilidad. La posibilidad de seguir viviendo sin cerrar del todo la puerta a un regreso.
Quizá por eso la película conmueve sin pedir permiso. Porque no convierte a Clémence en santa ni en víctima perfecta. La muestra como una mujer que se mueve, desea, escribe, se equivoca, resiste y sigue adelante. Una madre a la que quisieron castigar por escoger su camino, pero que nunca aceptó que la libertad y el amor fueran incompatibles.

