Delva DJ nació en Argentina, pero ha pasado prácticamente toda su vida en España. A los veinte años ya organizaba grandes fiestas por todo el país al frente de sus propias promotoras de eventos. Además de ser DJ residente en locales madrileños como Medias Puri y Uñas Chung Lee, lleva meses anunciando un proyecto más personal: La Dosmilera, un tardeo propio de inspiración Y2K que ya tiene fecha y sala. Las entradas saldrán a la venta este jueves 1 de octubre a las 20:00 horas y la primera edición se celebrará en la Sala BUT de Madrid, con capacidad para unas 1.000 personas. La propuesta promete recuperar “los temazos que nunca debieron dejar de sonar”, además de incorporar show y distintas sorpresas; las entradas tendrán varios tramos de precio.
Entre otras cosas, ha dejado clara en sus redes sociales su decisión de no contar con las llamadas “chicas de imagen”. En Artículo14 hablamos con ella sobre esta figura, el machismo en la noche, el pinkwashing, las mujeres DJ, la nostalgia de los años 2000 y el tipo de fiesta que ahora se dispone a poner en práctica con La Dosmilera.
Cuando imaginaste este proyecto, ¿qué era lo que sentías que faltaba en la noche madrileña?
Realmente surgió a raíz de pinchar tantas horas para un público que, en principio, era mucho mayor que yo. Yo empecé en The Hole, que acabó convirtiéndose en discoteca en Sala But y pertenece a LetsGo, la compañía que también lleva Medias Puri, Uñas y demás. A raíz de pinchar tanto para ellos, me di cuenta de que me gustaba mucho más cómo reaccionaba esa generación a la música que yo pongo que la gente de mi generación. Después, cuando empecé en Uñas, donde hay un público más mezclado, confirmé que existe un estilo musical que está bastante monopolizado por el colectivo LGTB, lo cual me parece estupendo, pero que al público heterosexual también le encanta. Si no sales por Chueca, no vas a la YASS! o a una fiesta muy LGTB, cuesta encontrarlo. Creo que era algo que el mercado demandaba y para lo que había muy poca oferta. Precisamente haciendo mi TFG de Marketing descubrí que existía un hueco en el mercado y un posicionamiento claro que se podía aprovechar.
The Hole era originalmente un espectáculo de cabaret, ¿no?
Sí. De hecho, yo acabé allí sin querer. Fue cuando ocurrió la DANA. Estaba pinchando en Sevilla y tenía que ir después a otra ciudad, pero se canceló el bolo. Llegué a Madrid pensando que me iba a dormir y me escribió un compañero: “Oye, ¿me puedes cubrir dos horitas en un sitio?”. Yo llevaba poquísimo tiempo en Madrid; no sabía qué era aquello ni conocía la sala. De repente entro y me encuentro a un enano colgado del techo. Encima nunca había visto The Hole y no entendía nada. Pensaba: “¿Qué es esto?”.

Has hablado de crear una noche menos machista y una de las cosas de la discoteca tradicional que quieres eliminar para ello son las llamadas “chicas de imagen”. ¿Qué representan para ti y por qué era importante prescindir de esa figura?
Todo empezó cuando yo pinchaba en Mallorca. Vivía allí y ya había trabajado bastante en la escena comercial, pero quizá, por ser una isla o por lo que sea, no estaba tan potenciada la farándula que tenemos en Madrid. Recuerdo estar pinchando un día en una discoteca de Madrid que no voy a mencionar. Me giro y veo en una mesa, sin exagerar, a por lo menos ocho chicas medio desnudas, vestidas con lencería, y a dos señores de ochenta años con 27.000 botellas de Moët Chandon. Mi pensamiento, muy inocente en aquel momento, fue: “¿No les da vergüenza que todo el mundo vea que se dedican a eso?”. Delante tenían a mil personas. Me explotaba la cabeza. Me sorprendía que las chicas no sintieran vergüenza de estar medio desnudas delante de todo el mundo con unos señores con los que, evidentemente, aquello no respondía a una relación sentimental. Hablo del estereotipo concreto de estas situaciones.
Me quedé horrorizada. Y he visto muchas cosas más porque he viajado por toda España. En la noche, efectivamente, la mujer sigue siendo un objeto de comercialización y creo que las marcas tienen que posicionarse. Por ejemplo, no sé si recuerdas aquella polémica con Rosalía cuando le preguntaron si era feminista y no quiso contestar. Para mí, como experta en marketing, fue un gran error de relaciones públicas y comunicación. Cuando una marca se posiciona, la gente que te quiere te va a querer todavía más. Si no lo haces ante cuestiones tan sensibles, corres el riesgo de convertirte en algo sin alma. Pasó también con Nike en Estados Unidos y Black Lives Matter. Nike es una marca absolutamente mainstream, que consume gente de todo tipo de ideologías, pero se posicionó aun sabiendo que podía perder consumidores. Creo que existe también cierto deber moral de las empresas de decir: “Estamos de este lado”. Y me da igual que sea el mío o el contrario. Hay marcas que se posicionan en favor de la familia tradicional o de otros valores con los que yo no estoy de acuerdo, pero se posicionan.
¿Cómo se construye de verdad un espacio nocturno más seguro y acogedor? Porque no basta con decir que una fiesta es inclusiva.
No. En marketing hablamos de pinkwashing: cuando una empresa dice ser inclusiva e invierte una determinada cantidad de dinero en aparecer, por ejemplo, como patrocinadora del Orgullo LGTB —yo he trabajado precisamente en eso— y después, en la práctica, mantiene dinámicas discriminatorias dentro de su propia plantilla. La diferencia está en la congruencia. Si inviertes dinero en comunicar que apoyas el feminismo, por poner un ejemplo, no puede ser que de repente toda tu plantilla esté compuesta por hombres. Tienes que ser coherente con lo que predicas. En la noche creo que una parte también depende de nosotras. Conozco a muchas mujeres a las que este tipo de trabajos no les gusta especialmente, pero piensan: “Me están pagando y así no tengo que levantarme a las siete de la mañana para doblar camisetas por 1.200 euros”. Es más fácil reírle las gracias a un tío baboso. Pero creo que eso acaba perjudicando a todo el género, porque alimenta la idea de que todas las mujeres tienen un precio, y eso no es cierto. Las que tenemos la posibilidad de escoger podemos empezar por no escogerlo. Y después está la responsabilidad de las empresas de contratar a personas alineadas con cierta idea de igualdad. Yo, por ejemplo, en LetsGo nunca he tenido ningún problema. Y no lo digo por hacerles promoción: creo que es el único sitio en el que trabajando de noche nadie se me ha insinuado jamás. Cero. La noche sigue siendo un ambiente muy masculino. Yo empecé como promotora con 19 años y entre los 19 y los 21 operaba en siete ciudades con una fiesta de lesbianas. Mi poder de negociación frente a un hombre con cuatro discotecas enormes, muchos más años de experiencia y muchísimo dinero era ridículo. Por eso también creo que importa que haya mujeres empresarias intentando ganarse su sitio.
¿Dónde aparecen todavía más claramente las desigualdades dentro de la noche: en la cabina, en la puerta, en las relaciones públicas, en el trato al público…?
Sinceramente, el único ámbito donde no he visto a tantas compañeras sufrir esa discriminación es en las posiciones más altas, por ejemplo, en departamentos de marketing donde ya tienen poder de decisión. El problema es mucho mayor entre quienes estamos de cara al público. Las camareras soportan cosas durante toda la noche. En el caso de las mujeres DJ tengo que conceder una cosa a los chicos: durante un tiempo se popularizó muchísimo el “producto DJ mujer”, no como oficio real de aprender a pinchar, sino porque había mujeres atractivas que, sin saber demasiado, conseguían millones de visualizaciones y muchísimo trabajo. En ese momento podía existir incluso una discriminación en el sentido contrario. Pero creo que eso ya no es así. He pinchado por toda España y conozco a muchas mujeres DJ. Sin embargo, el tópico se ha quedado. Muchas veces llego a una sala y noto al director de cabina pensando: «A ver esta». Existe el prejuicio de que una mujer va a pinchar peor antes incluso de que empiece. En cuanto a las chicas de imagen, mucha gente las confunde con chicas atractivas que simplemente entran gratis en una discoteca. Y no es lo mismo. Que una chica entre gratis mientras un chico paga también me parece cuestionable, pero una chica de imagen puede cobrar un porcentaje de la mesa y tener incluso KPIs con los que se mide su rendimiento. Su trabajo es conseguir que un hombre consuma más. Y eso no se consigue precisamente hablándole de fútbol. Seguir fingiendo que estas cosas no existen me parece ridículo.
¿Has vivido situaciones dentro de la industria que te hayan hecho pensar: “si algún día organizo mi propia noche, esto no lo voy a hacer así”?
La que te contaba antes, cuando me giré y vi a todas aquellas chicas medio desnudas con hombres muchísimo mayores, fue una. Pero también lo he visto al revés. En una de mis discotecas tenemos chicos muy guapos y muy fuertes trabajando, y me he sentido incómoda viendo lo que algunas mujeres les hacían. He visto a chicas tocarle el culo a un camarero y a un puerta concretos. Ellos son unos panes de Dios y simplemente intentan marcar distancia. Creo que este tipo de comportamientos no deberían permitirse ni hacia un lado ni hacia el otro, salvando las distancias y teniendo claro que las mujeres hemos sufrido históricamente mucha más violencia. No estoy diciendo que no puedas ligar con alguien. Puedes hacerlo de manera graciosa, divertida y juguetona sin hacer sentir incómoda a la otra persona. Lo que me sorprende mucho, especialmente en los hombres, es esa incapacidad para darse cuenta de que no existe reciprocidad. A mí me pasa trabajando. Intento no ser borde porque estoy en mi puesto de trabajo y quizá, al ser DJ, la gente no me percibe igual que a alguien detrás de una barra. Yo intento decir: “No me interesa, gracias. Lo siento, estoy trabajando”. Pero como no dices directamente “déjame en paz”, hay personas que se quedan toda la noche mirándote de arriba abajo. Y pienso: ¿no sabes leer entre líneas? Si me interesases, buscaría la manera de darte mi número o te diría que hablásemos después. Estoy completamente a favor de que la gente se siga cortejando en persona; me parece bonito, pero tiene que existir un sentido crítico de la reciprocidad.

¿Te molesta que todavía se subraye tanto la etiqueta “DJ mujer” o crees que sigue siendo necesario hablar específicamente de las mujeres que ocupan la cabina?
Hay portales que hacen listas de las cien mujeres DJ más conocidas. Y pienso: no tenemos una lista de los cien hombres DJ más conocidos. Me recuerda al ajedrez. Hay deportes en los que las diferencias físicas pueden justificar categorías distintas, pero en algo como el ajedrez, ¿por qué debería haber una liga masculina y otra femenina? Con los DJs sucede algo parecido. Es una profesión perfectamente asumible por ambos sexos y no existe ninguna característica biológica que haga relevante esa diferenciación. Así que no entiendo por qué habría que separarnos. Deberíamos estar todos en el mismo saco.
Muchas veces esas categorías nacen con buena intención, para compensar una desigualdad histórica y dar visibilidad a figuras que han tenido menos oportunidades. Pero también puede generar cierto paternalismo.
Sí. En las profesiones pasa bastante. Evidentemente, a lo largo de la historia hemos necesitado normas externas que corrigieran desigualdades muy graves y quizá las seguimos necesitando en determinados ámbitos. Pero después aparecen cosas como: “Tenemos que conseguir que más mujeres estudien programación informática”. ¿Por qué? Déjalas que hagan lo que quieran. Hay un sector del feminismo con el que no me siento nada identificada y que parece obsesionado con que las mujeres hagamos las mismas cosas que hacen los hombres. Yo soy DJ, que supuestamente es algo “de hombres”, y en mi vida cotidiana soy superfemenina, llevo tacones y además soy lesbiana. Deja que cada persona viva tranquila y decida. Otra cosa es que haya contextos en los que sí haga falta algún tipo de regulación porque existe una relación de poder o una capacidad de coacción. Pero no creo que ser DJ sea uno de ellos.
Musicalmente has elegido recuperar mucho pop de los 2000 —Lady Gaga, Britney Spears, Rihanna, Spice Girls—. ¿Por qué volver precisamente a ese momento?
Creo que ahora mismo es la música que abarca una franja generacional más amplia. A Shakira la escucha alguien de 18 años y también mi madre, que tiene 60. Todo el mundo conoce a Madonna o a Michael Jackson, evidentemente, pero Shakira tiene canciones que se sabe prácticamente todo el mundo. “Loba”, “Torero” de Chayanne… Tengo muchísimas horas de cabina y sé perfectamente qué canción pongo y canta toda la sala y cuál no. Para mí fue una época dorada de la música. Lo he discutido con personas mayores que dicen que la mejor música es la de los ochenta o los noventa, pero creo que en los 2000 coincidieron muchísimos géneros. No fue solo el auge del pop: también nació el reguetón tal y como lo entendemos ahora. La idea de la fiesta surge de mezclar lo que demanda el mercado, lo que a mí me gusta y una ventana musical capaz de abarcar a muchísimo público. Aunque el tardeo esté dirigido principalmente a mayores de 30, puede venir alguien de 25 o alguien de 55. Por supuesto.
Y ahora que se llevan los 2000, da la impresión de que quienes se criaron o fueron adolescentes entonces son quienes empiezan a decidir qué se considera de buen gusto. ¿Crees que dentro de diez años miraremos con nostalgia al “Gangnam Style” y a 2010, 2012 o 2013?
Sí, lo creo. La historia es cíclica y las modas también lo son, incluida la ropa. Se repiten patrones aunque haya innovaciones. También pienso a veces: ¿de verdad les vamos a poner a nuestros hijos las letras de las canciones con las que nos hemos criado? Porque a mí me encantan, pero no sé si me veo cantándoselas a un niño de tres años. Claro que mi abuela seguramente le decía algo parecido a mi madre. Madonna fue pionera en llevar determinados temas y sonidos muchísimo más lejos de lo que su generación consideraba aceptable. Pero ahora siento que hemos llegado a un grado de explicitud en el que no sé cuánto más se puede estirar el chicle. Las canciones describen escenas sexuales de manera muy explícita. No sé si cuando seamos “adultos Pro Max” se las pondremos a nuestros hijos o fingiremos demencia y diremos: “En mi época escuchábamos Shakira y David Bisbal”.
Muchas de aquellas estrellas femeninas fueron tratadas de una forma brutal por la industria y los medios. ¿Ha cambiado de verdad nuestra relación con las mujeres del pop o simplemente las hemos convertido ahora en iconos?
Creo que hay algo muy difícil de gestionar cuando una persona pasa de una vida completamente normal a unos niveles extremos de fama y poder. Yo siempre pongo mi propio ejemplo salvando muchísimo las distancias. Tengo unos 11.000 seguidores; eso lo puede tener hasta mi perro si le hago una cuenta. No soy nadie particularmente conocido. Pero he pinchado delante de miles de personas, en bolos donde durante dos horas todo gira alrededor de ti. Tienes a miles de personas prestándote atención, interactuando contigo y prácticamente todo lo que pidas te lo ponen delante. Hay DJs que meten cosas absolutamente absurdas en el rider. Imagínate ya alguien al nivel de David Guetta. Durante dos horas eres Jesucristo y después llegas solo al hotel. Pasas muchísimo tiempo viajando y muchas veces lo haces solo. Aparece una sensación de vacío muy extraña. A mí me ocurre durante dos horas y después vuelvo a mi vida normal porque nadie me reconoce por la calle. No puedo imaginar lo que debe de ser para alguien que vive eso multiplicado por mil y durante cada momento de su vida. No me atrevería a opinar sobre qué habría que hacer psicológicamente porque no tengo ninguna formación para hacerlo. Lo único que puedo decir es que entiendo que semejantes niveles de exposición pública y fanatismo tengan consecuencias. El culto también acaba despersonalizando. A raíz de mi trabajo como promotora he contratado a algunos influencers muy conocidos y varios me han reconocido que notan que pierden un poco el norte. Me parece bastante comprensible.
Como DJ, ¿sientes que tienes que sacrificar tu propio gusto para poner canciones que sabes que todo el mundo quiere escuchar?
Sí, pero pocas veces. Tengo la suerte de trabajar con LetsGo, donde entienden perfectamente mi selección musical. Son salas abiertas a todo el mundo, aunque haya bastante público LGTB, y esa música funciona increíblemente bien. En Uñas, por ejemplo, estamos en Moncloa, una zona universitaria. Evidentementeemente tiene que sonar el Top 50 de España, Quevedo, Aitana y demás, pero también se vuelven locos con Britney Spears. Donde sí he tenido que sacrificar más mis gustos es en otro tipo de eventos, como una verbena de pueblo. Ahí quizá poner Hannah Montana no tendría demasiado sentido. Intento buscar lo más mainstream dentro de aquello que a mí me gusta. “Las divinas”, por ejemplo, puede funcionar prácticamente en cualquier sitio porque hasta las madres se la saben de haberla escuchado con sus hijas. Y ocurre también con géneros más específicos. Con el dubstep, por ejemplo: quizá no puedes poner una canción desconocidísima que solo te gusta a ti, pero sí Skrillex porque todo el mundo sabe quién es. Se trata de encontrar ese punto intermedio.
¿Qué canción sería impensable que faltara en una noche tuya? ¿Y cuál de los 2000 está tan quemada que no pondrías jamás?
Yo no creo demasiado en las canciones quemadas. Muchos DJs extranjeros se sorprenden de que en España siga sonando la trompeta de Daddy Yankee o “Ella me levantó” y que todo el mundo reaccione como si fuera la primera vez que las escucha. Pero mientras la gente sea feliz, yo también soy feliz. Cuando digo música de los 2000, además, me refiero aproximadamente al periodo entre 2000 y 2010. “Loba”, de Shakira, me parece importantísima. Cuando bajo el volumen, la gente aúlla. También “Que la detengan”. A la gente le encanta. ¿Una favorita en inglés? No puedo. Si tengo que decir artista, Britney Spears, porque soy superfan. Pero elegir una canción me resulta imposible. Además, yo cambio muchísimo de canción. Pongo el estribillo o la parte que todo el mundo quiere escuchar y paso a la siguiente antes de que la gente se aburra. Mis amigos DJs siempre me dicen que meto muchísimas más canciones que ellos en un mismo set. Por eso me cuesta tanto escoger una sola.
¿Qué tendría que ocurrir una noche para que tú dijeras: “esto ha salido exactamente como yo quería”?
Puedes tener una sala llena y que nadie vuelva, y eso sería un problema. Con los años he aprendido que el consumidor es lo más importante. No hay nada tan valioso como que una persona le recomiende algo a otra. Un anuncio te lo puedes creer o no, pero si te lo recomienda tu amigo Carlos es porque lo ha probado y le ha gustado. Evidentemente, la fiesta tiene que estar llena. Eso es un factor objetivo que no puedes ignorar. Pero, más allá de eso, para mí es muy importante que exista cierta coherencia entre quienes están allí. Toda la comunicación, la estética, los actores, las pantallas y los photocalls están pensados principalmente para un público de entre 35 y 45 años. No significa que alguien más joven o mayor no pueda venir, pero ese es nuestro público principal. Para mí un éxito sería conseguir que quizá el 80 % de la sala respondiera a ese perfil, porque así hay algo compartido entre las personas que están allí y se puede crear un ambiente genuino que realmente quieras recomendar. Cada uno tiene derecho a decidir cuál es el tipo de ambiente en el que se lo pasa bien. Mi buyer persona, dicho en términos de marketing, piensa básicamente: “No quiero críos”. Y no pasa nada. Es lógico.
¿Cómo te gustaría que fuera la noche madrileña dentro de cinco años?
Para empezar, más digitalizada. Creo que eso puede ahorrar mucho trabajo mecánico y reducir riesgos para quienes trabajan en las salas. He pinchado incluso fuera de España, en lugares como Dubái, y se nota muchísimo cuando las infraestructuras y la digitalización están más desarrolladas. No estoy haciendo apología de trabajar menos; al contrario, soy una obsesa del trabajo. Pero creo que los esfuerzos deberían concentrarse en aquello que realmente produce resultados y no en tareas manuales que podrían resolverse de otra manera. Y después está todo lo que hemos hablado sobre igualdad. Quiero que me escuche también la gente que no piensa exactamente como yo. No quiero que alguien oiga dos frases y piense “otra feminazi” y pase de largo. Creo genuinamente que muchísimos hombres tampoco quieren relacionarse con mujeres desde una dinámica económica o de poder. Tengo cuatro hermanos y no se sentirían atraídos por una mujer simplemente porque están pagando. Mi mensaje sería: pienses lo que pienses, abre un poco la mente y lucha por una igualdad real. ¿Por qué ibas a querer estar con alguien porque le estás pagando? ¿No preferirías estar con una persona que genuinamente se siente atraída por ti? No creo que la noche vaya a cambiar completamente de aquí a cinco años. Los grandes grupos y las grandes discotecas tienen estructuras muy asentadas y, en un sector como este, la gente va donde va la gente. Mi esperanza es que aparezcan más promotores y promotoras —no necesariamente mujeres— que intenten crear espacios más neutros, menos posicionados hacia los extremos.
