La crítica ★☆☆☆☆

‘Digger’, un gigantesco despropósito sustentado por los egos de Tom Cruise y Alejandro González Iñárritu

Este es su trabajo cinematográfico más ambicioso a nivel creativo y abiertamente político en casi dos décadas. Lástima que también sea una sátira del todo tediosa

'Digger', protagonizada por Tom Cruise
'Digger', protagonizada por Tom Cruise

En 1999, Tom Cruise obtuvo una nominación al Óscar al Mejor Actor de Reparto por su trabajo en Magnolia, de Paul Thomas Anderson, y también protagonizó junto a Nicole Kidman -por entonces su esposa- la última película de Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut. Aquel momento de gloria artística ahora parece tan lejano en el tiempo como la Sanjurjada. En pocos años, el neoyorquino abandonó casi por completo los dramas serios para consolidarse como la gran superestrella del cine. En ese sentido, Digger supone un cambio significativo para él. Es una comedia negra que no requiere de él que escenifique persecuciones, saltos, vuelos ni peleas, y en la que ofrece una interpretación completamente disparatada. Sin duda, es su trabajo cinematográfico más ambicioso a nivel creativo y abiertamente político en casi dos décadas.

Lástima que también sea una sátira del todo tediosa, que arremete contra la codicia capitalista, el afán de lucro a costa de la destrucción del planeta, la xenofobia, la corrupción desenfrenada, el narcisismo más atroz y nuestro ilusorio optimismo frente al apocalipsis con una falta de sutileza y una tosquedad tan acusadas que bien podrían incomodar incluso a los guionistas de La que se avecina. Primera película dirigida por Alejandro González Iñárritu después de la insoportable Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (2022), en la que el cineasta mexicano quiso ponerse nada menos que a la altura del Federico Fellini de Ocho y medio (1960), Digger demuestra qué ocurre cuando dos egos descomunales combinan sus impulsos más autocomplacientes sin que nadie los supervise.

Tom Cruise gana el Oscar honorífico a su carrera
Kevin Winter/Getty Images

Camuflado bajo unas prótesis faciales aparentemente hechas de masa madre, Cruise da vida a un magnate del petróleo llamado Digger Rockwell e interesado solo en dos cosas: el dinero y su gato de 30 años. Al principio de la película, el personaje está tan obsesionado con el deterioro de la salud del felino -encarnado por un horrendo muñeco animatrónico- que apenas puede prestar atención al problema de seguridad surgido en la plataforma de perforación que su empresa posee cerca del Ártico hasta que es demasiado tarde. El gas metano destruye sus máquinas, acaba con las vidas de sus trabajadores y desprende un glaciar gigantesco que se dirige hacia el norte de Europa, prometiendo una catástrofe que causará un número inimaginable de víctimas mortales y pérdidas de trillones de dólares.

Mientras Digger trata de convencer al presidente de Estados Unidos sobre las medidas que deben tomarse al respecto cara al futuro del mundo y sobre todo al de su propio imperio petrolífero y su reputación pública, queda claro que la sutileza no tiene cabida en este universo ficticio. González Iñárritu retrata a sus personajes desde ángulos exagerados que acentúan su carácter caricaturesco, y lo mismo ocurre con las innumerables escenas en las que gritan, chillan y se desquician. Y entretanto, como ya hizo en películas previas como Babel (2006) y Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) (2014), no se priva de explicarlo todo a voz en cuello mediante monólogos didácticos, elaborados movimientos de cámara o alegorías tan burdas que bien podrían estar señaladas con luces de neón parpadeantes.

Inicialmente la intención de tanto trazo grueso parece ser señalar que quienes están acabando con la Tierra son unos esperpentos que hace mucho tiempo perdieron todo contacto con la realidad. Pero llegado el momento el director introduce una sorpresa narrativa, una capa metatextual que nos obliga a replantearnos la extravagante personalidad de Digger y el estrafalario diseño de producción de la película -recargado de pinturas chillonas y adornado con rifles automáticos, enormes chimeneas y trofeos de caza- y finge buscar que la película funcione también como reflexión sobre el poder del arte para hacernos fuertes frente a los crímenes medioambientales, ayudarnos a procesar tanto el duelo como nuestra furia y nuestra miseria. En realidad, eso sí, sirve sobre todo como vehículo para legitimar tanto la sobreactuación como el sermoneo flagrante. Llegado el momento, Digger llega a señalar su condición de sátira literalmente y frente a la cámara, y nos señala con el dedo para hacernos saber que, si su grosería general no nos hace gracia, es problema nuestro. Pero, por mucho que trate de erigirse en una versión ecologista de Teléfono rojo: volamos hacia Moscú (1964), a lo largo de sus pesadísimos 128 minutos la película no consigue provocar ni una sola carcajada ni decir nada que cualquier persona mínimamente consciente no sepa ya.

Por lo que respecta a Tom Cruise, nadie ha cuestionado jamás el esfuerzo que siempre invierte en su trabajo, y aquí lo da todo por un personaje que no exhibe ni un solo matiz. Todo en su interpretación es exagerado y evidente: la ropa chillona, los ojos saltones, el alocado peinado, los grotescos postizos. Seguramente la intención es sugerir que Cruise no tiene vanidad y por tanto está perfectamente dispuesto a parecer de esa guisa en pantalla si eso le ayuda a demostrarle a todo el mundo, de una vez por todas, que es un gran actor además de una estrella. Sin embargo, su interpretación ofrece poco más que una colección de tics.

Lo mismo puede decirse de Digger en su conjunto, un artilugio compuesto por un millón de piezas en movimiento pero que no tiene ninguna utilidad; una obra tan deslumbrante como torpe, que no deja de vendernos ni por un instante su propio genio y espera que le estemos agradecidos por darnos la oportunidad de responder al cambio climático con una mueca escéptica. González Iñárritu tal vez explicará que su último trabajo reconoce implícitamente su propia grandilocuencia y su falta de sutileza, y que precisamente se sirve de ambas para criticar a todo ese cine de Hollywood falsamente comprometido, pero ese argumento solo convertiría Digger en una obra fundamentada en los mismos métodos que finge criticar -dicho de otro modo, hipócrita-, y de ningún modo la haría más soportable. Si la civilización humana realmente se acerca a su fin, despropósitos como esta película no contribuyen a evitarlo ni sirven para consolarnos.

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