Un rifle pasa de un cazador japonés a un guía marroquí y termina en manos de dos adolescentes que disparan contra un autobús de turistas. Una mujer estadounidense resulta herida, su marido intenta salvarla en un pueblo sin asistencia médica y, a miles de kilómetros, la cuidadora de sus hijos cruza la frontera entre Estados Unidos y México para asistir a la boda de su hijo. En Tokio, una adolescente sorda trata de comunicarse con un mundo que contempla su cuerpo con mayor facilidad de la que escucha su dolor.
Babel se estrenó en 2006 y cerró la trilogía que Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga habían iniciado con Amores perros y 21 gramos. Veinte años después, coincidiendo con la llegada a los cines de Digger, la nueva película del director mexicano, sigue impresionando por su ambición. Cuatro países, cinco idiomas y varias historias conectadas por un objeto permiten hablar de fronteras, miedo, prejuicios y dificultades para comprender al otro. El paso del tiempo ilumina otro vínculo entre sus personajes: buena parte del sufrimiento recae sobre mujeres que cuidan, esperan o intentan ser escuchadas mientras los hombres toman las decisiones que desencadenan la tragedia.
Amelia, interpretada por Adriana Barraza, representa con mayor claridad esa desigualdad. Lleva años cuidando a Debbie y Mike en California. Los niños confían en ella, la abrazan y reconocen su autoridad afectiva. Sin embargo, cuando necesita viajar a México para asistir a la boda de su hijo, descubre la fragilidad de su lugar dentro de la familia estadounidense. Susan y Richard se encuentran atrapados en Marruecos y nadie acepta hacerse cargo de los pequeños. Amelia decide llevarlos consigo y regresa acompañada por Santiago, su sobrino, que conduce después de beber y trata de escapar de la policía fronteriza.
La película castiga la decisión de Amelia con una dureza extrema. Abandonada en el desierto con los niños, camina durante horas, pide ayuda y termina detenida. Su experiencia como cuidadora, el cariño de los pequeños y los años vividos en Estados Unidos apenas cuentan frente a su situación administrativa. Richard, interpretado por Brad Pitt, puede reprocharle que haya puesto a sus hijos en peligro. La historia le concede ese derecho sin detenerse demasiado en la cadena de negligencias que dejó a Amelia sola ante un problema que no había creado.
Ahí aparece una de las lecturas más vigentes de Babel. El trabajo de cuidados adquiere valor mientras permanece disponible, silencioso y barato. Amelia forma parte de la familia cuando resuelve sus necesidades, pero vuelve a ser una inmigrante prescindible cuando comete un error. La deportación borra de golpe los vínculos construidos durante años. Richard conserva a sus hijos y regresa a casa; ella pierde su empleo, su vida en Estados Unidos y el futuro que había levantado. Ambos tomaron decisiones discutibles, aunque las consecuencias se distribuyen según la nacionalidad, la clase y el género.
Susan ocupa una posición radicalmente distinta. Es una mujer blanca, estadounidense y con recursos, pero durante buena parte de la película queda reducida a un cuerpo herido. El disparo la inmoviliza y convierte su dolor en un asunto diplomático. Gobiernos, embajadas, medios de comunicación y policías se movilizan porque una turista norteamericana ha sido atacada. El mundo interpreta enseguida el incidente como terrorismo, aunque el tiro proceda de dos niños que querían comprobar el alcance de un rifle.
Cate Blanchett transmite el miedo, la pérdida de control y la fragilidad física con muy pocos elementos. También carga con un dolor anterior: la muerte del hijo pequeño del matrimonio, que ha abierto una distancia entre ella y Richard. Su herida permite que ambos recuperen cierta intimidad, pero la película desarrolla la reconciliación principalmente a través de la mirada del marido. Susan sufre; Richard actúa. Ella permanece tumbada, sangra y espera. Incluso cuando ocupa el centro del conflicto internacional, su capacidad de intervenir en la historia es mínima.
En Tokio, Chieko ofrece el personaje femenino más complejo. La adolescente interpretada por Rinko Kikuchi vive el duelo por la muerte de su madre, mantiene una relación difícil con su padre y experimenta el aislamiento que acompaña a su sordera. Su búsqueda de contacto físico resulta impulsiva, incómoda y, en ocasiones, desesperada. Chieko utiliza su cuerpo para provocar una respuesta porque siente que las palabras, los gestos y la lengua de signos no consiguen acercarla a nadie.
Iñárritu logra transmitir su percepción mediante silencios repentinos y cambios en el sonido. El espectador entra durante unos instantes en una discoteca sin música y comprende el aislamiento dentro de un espacio lleno de gente. Sin embargo, la cámara observa repetidamente el cuerpo desnudo o semidesnudo de una menor. La película pretende mostrar cómo Chieko convierte la sexualidad en una demanda de afecto, pero también participa de la misma mirada adulta que la reduce a ese cuerpo. Su dolor adquiere visibilidad cuando se desnuda.
Las mujeres marroquíes disponen de mucho menos espacio. Cocinan, cuidan a los niños, atienden a Susan y permanecen en las casas mientras padres, policías, médicos y diplomáticos controlan la acción. La mujer que cose la herida de Susan con medios precarios realiza uno de los gestos decisivos de la película, aunque la narración apenas se interesa por su historia. Babel denuncia la facilidad con la que Occidente interpreta a Marruecos desde el miedo y el prejuicio, pero tampoco consigue conceder plena individualidad a las mujeres que habitan ese territorio.
La película supera formalmente el test de Bechdel, aunque de manera discutida: contiene mujeres con nombre que conversan sobre asuntos distintos de los hombres. El resultado demuestra las limitaciones del propio examen. Babel ofrece varios personajes femeninos memorables, pero casi nunca permite que se encuentren entre sí en condiciones de igualdad. Cada una permanece aislada dentro de su fragmento narrativo y vinculada a una estructura familiar dirigida por hombres.
Mirada con gafas violetas, Babel conserva una enorme capacidad para mostrar que el sufrimiento tampoco circula en condiciones de igualdad. Susan recibe atención internacional; Amelia acaba deportada. Chieko puede recorrer Tokio sin que nadie comprenda lo que está pidiendo; las mujeres marroquíes ayudan a una desconocida sin que la película llegue a preguntarles quiénes son. Todas padecen la incomunicación, pero la raza, el dinero, la edad, la discapacidad y el pasaporte determinan quién será protegida y quién desaparecerá del relato cuando deje de resultar útil.
Iñárritu quiso hablar de las fronteras que levantamos dentro de nosotros mismos. Veinte años después, Babel permite ver también las fronteras que atraviesan la vida de las mujeres: las que separan el cuidado del reconocimiento, el deseo de la exposición, la vulnerabilidad protegida de la vulnerabilidad castigada. La película entiende muchas de esas desigualdades y reproduce algunas de ellas.

