Globos de Oro

La noche de Paul Thomas Anderson

La noche, presentada por segundo año consecutivo por la cómica Nikki Glaser, arrancó con la promesa de un regreso al desenfado

De izquierda a derecha: los actores británicos Joe Alwyn, Noah Jupe, la cineasta china Chloe Zhao, los actores irlandeses Jessie Buckley, Paul Mescal y el actor británico Jacobi Jupe posan en la sala de prensa con el premio a la mejor película dramática por 'Hamnet' en la ceremonia anual de los Globos de Oro este domingo, en el Hotel Beverly Hilton en Los Ángeles (Ca, EE.UU.)
EFE/ Octavio Guzmán

La alfombra roja del hotel Beverly Hilton volvió a convertirse esta noche en el epicentro del glamour hollywoodiense con la celebración de los 83º Globos de Oro, una ceremonia que, fiel a su tradición, osciló entre la elegancia y el caos, aunque este año esa tensión histórica pareció inclinarse peligrosamente hacia el desorden. Durante más de ocho décadas, los Globos han sido la parada más imprevisible de la temporada de premios: menos solemnes que los Oscar, más deslenguados que los Emmy, una fiesta donde las copas de champán siempre están a punto de derramarse y los discursos a menudo se salen del guion. Sin embargo, la edición de este año confirmó que algo esencial se ha perdido por el camino.

Desde que los Globos de Oro pasaron a estar controlados por una empresa conjunta entre Eldridge Industries y Penske Media Corporation (PMC), propietaria a su vez de cabeceras como Deadline, The Hollywood Reporter y Variety, la gala se ha vuelto aburridísima. Hay muchas más categorías y menos improvisación, más guiños a la industria. El resultado fue una ceremonia larga, fragmentada y, por momentos, difícil de seguir, en la que la voluntad de pulir discursos y ordenar la fiesta terminó por ahogar aquello que hacía únicos a los Globos: su espontaneidad.

La noche, presentada por segundo año consecutivo por la cómica Nikki Glaser, arrancó con la promesa de un regreso al desenfado. Glaser cumplió con un monólogo eficaz, consciente de que su papel era sostener una gala que ya no se permite desbordarse. Hollywood, mientras tanto, ocupaba mesas, barras y salones laterales como si el verdadero espectáculo siguiera estando fuera del escenario. Tras el premio de Stellan Skarsgård, Sean Penn cruzó el salón a toda prisa para abrazar a Renate Reinsve en la mesa de Sentimental Value. Megan Everett-Skarsgård brindaba con Elle Fanning, mientras Kirsten Dunst y Jesse Plemons hablaban en el área del bar. “Ni siquiera quiero este café”, bromeó Dunst antes de que Paul Mescal se sumará a la conversación. Emma Stone, por su parte, se refugió en una sala lateral junto a Yorgos Lanthimos y Alicia Silverstone, interrumpidos solo por peticiones de selfies.

Los actores británicos Owen Cooper, Erin Doherty, Hannah Walters, Stephen Graham y Ashley Walters en los Globos de Oro
EFE/ Octavio Guzmán

En lo estrictamente artístico, la gran triunfadora de la noche fue One Battle After Another, y Paul Thomas Anderson. La cinta llegó con nueve nominaciones y salió coronada como mejor película de comedia o musical, mejor director, mejor guion y mejor actriz secundaria para Teyana Taylor. Anderson firmó una de las noches más completas de su carrera reciente al llevarse conjuntamente los Globos a mejor dirección, mejor guion y mejor película. En su discurso, el cineasta agradeció el respaldo del consejero delegado de Warner Bros. Motion Picture Group, Michael De Luca, a quien definió como un “campeón de los directores” dispuesto a permitirles “hacer lo que les dé la gana”. El momento más emotivo llegó cuando Anderson recordó a su ayudante de dirección Adam Somner, fallecido en 2024, para quién One Battle After Another fue su última película y a quien está dedicada. “Él hizo que todo esto fuera divertido”, dijo el director, visiblemente conmovido, en una de las pocas pausas sinceras de la noche.

En el terreno interpretativo, Timothée Chalamet confirmó su estatus de favorito al ganar el Globo de Oro al mejor actor en una película de comedia o musical por Marty Supreme, donde encarna a un prodigio del ping-pong con alma de buscavidas. En la categoría dramática, la sorpresa vino de la mano de Wagner Moura, que se impuso como mejor actor por The Secret Agent, consolidando la tendencia del peso creciente de intérpretes internacionales en unos premios votados, en su mayoría, por periodistas de distintos países.

Jessie Buckley se llevó el premio a mejor actriz en una película dramática por su devastadora interpretación en Hamnet, mientras que Rose Byrne ganó como mejor actriz en comedia o musical por If I Had Legs I’d Kick You. Teyana Taylor, una de las primeras premiadas de la noche, recogió el Globo a mejor actriz de reparto por One Battle After Another entre lágrimas y con un discurso dedicado a las mujeres negras y morenas. “Nuestra suavidad no es una debilidad”, afirmó, en uno de los alegatos más celebrados de la velada.

Stellan Skarsgård ganó como mejor actor de reparto por Sentimental Value y aprovechó su intervención para reflexionar sobre la paternidad. “Interpreto a un mal padre, y mis hijos me han enseñado lo que eso significa de verdad”, dijo, arrancando aplausos. En televisión, el joven Owen Cooper, de solo 16 años, fue reconocido como mejor actor de reparto por la serie limitada Adolescence, recordando sus inicios en clases de teatro donde era “el único chico”.

Noah Jupe, Nicolas Gonda, Maggie O’Farrell, Pippa Harris, Joe Alwyn, Chloe Zhao, Steven Spielberg, Max Richter, Liza Marshall, Jessie Buckley, Paul Mescal y Jacobi Jupe
EFE/ Octavio Guzmán

Jean Smart volvió a imponerse como mejor actriz en una serie de comedia o musical por Hacks, sumando otro trofeo a una vitrina ya repleta. “Soy una avariciosa”, bromeó al recoger su premio, agradeciendo a unos “jefes y showrunners” a los que definió como los mejores posibles. Seth Rogen, por su parte, ganó como mejor actor en una serie de comedia o musical por The Studio, una sátira sobre la propia industria que incluyó un cameo de Ted , Presidente Ejecutivo de Netflix. “Fingimos que esto pasaba y ahora está pasando”, dijo Rogen, consciente del juego de espejos.

En el apartado televisivo, Pluribus, el mayor éxito histórico de Apple TV+, dio a Rhea Seehorn el Globo a mejor actriz protagonista, confirmando la consolidación de las plataformas como el nuevo centro de gravedad del sector. The White Lotus lideró las nominaciones con seis, seguida de Adolescence, que sumó cinco y confirmó el interés por propuestas formales arriesgadas.

Más allá de los premios, la gala dejó la sensación de una fiesta atrapada entre su pasado y un futuro diferente. La inclusión de categorías discutibles, como logros de taquilla o premios vinculados a podcasts, así como la presencia promocional de la UFC, diluyó el foco artístico y reforzó la idea de que los Globos buscan desesperadamente relevancia en un ecosistema saturado de contenidos.

Cinco años después de que una investigación periodística pusiera en jaque la credibilidad de la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, los Globos sobreviven bajo otra estructura. La “Golden Week”, una sucesión de eventos que culmina con una gala a la que ni la controversia ni los conflictos de interés de sus nuevos dueños han aguado la fiesta.

La 83ª edición de los Globos de Oro dejó claro que el talento sigue encontrando su espacio, aunque en su afán por ordenar cada detalle, los nuevos propietarios han convertido una ceremonia vibrante en un espectáculo rígido, más atento a la industria promocional que al arte del cine y la televisión que dice celebrar. En el Beverly Hilton, entre copas, abrazos y discursos apresurados, Hollywood volvió a mirarse a su espejo consciente de que puede tener las horas contadas siendo irresistible.

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