Biblioteca estival (IV)

Dolor y gloria de una joven italiana de posguerra en EE UU: ‘Oh, América’, de Marcella Olschki

La historia de Olschki es fascinante, dura y luminosa, y está escrita con fluidez y fogonazos líricos.

Dolor y gloria de una joven italiana de posguerra en EEUU: 'Oh, América', de Marcella Olschki
Dolor y gloria de una joven italiana de posguerra en EEUU: 'Oh, América', de Marcella Olschki
Montaje: Ana Capdepón

Mi estantería de los libros pendientes –de leer, se entiende– comparte parentesco con la de Interstellar de Christopher Nolan. Los títulos se acumulan durante años y, de repente, como desde un universo paralelo, uno de ellos palpita, reclama telegráficamente su lectura, tac, tac-tac, tac, ejecuta una especie de parada nupcial silenciosa –¿quien dice Interstellar, dice Poltergeist?, ahora dudo– y, al final, acaba siendo seleccionado por el menda. Algunos de esos libros se manifiestan como truños que justificaban su marginación –las estanterías de libros pendientes, cuando son excesivas, se asemejan a guetos–; otros, en cambio, lo hacen como diamantes brillantísimos y conducen a la fustigación, rollo por qué he tardado tanto en abordarte y derivados.

Lo segundo me pasó, no ha mucho, con una novela autobiográfica estupenda: Oh, América, de la abogada, diseñadora de moda y periodista Marcella Olschki (Florencia, 1921-2001), publicada en España por Periférica en 2013. La autora relató, a sus sesenta y ocho tacos de calendario, el año y medio que pasó en América, entre abril de 1946 y septiembre de 1947, “después de haber visto en el telediario el homenaje a Ciriaco de Mita en Nueva York”, cuando se puso a revisar y a releer las cartas que, por entonces, les escribió a sus familiares, y afloraron aventuras y desventuras entre Charlotte Brontë y Mark Twain, rebosantes de vida, dolor y gloria.

Portada de ‘Oh, América’, de Marcella Olschki | Ed. Periférica

“Todo lo que viví –escribe Olschki– y pensé habría podido vivirlo y pensarlo hoy; habría tenido las mismas reacciones, habría sacado las mismas conclusiones. Con una enorme diferencia: hoy no habría podido sobrevivir a las auténticas tragedias que sin previo aviso se cernieron sobre mí, a las humillaciones, a las dificultades y a las desilusiones: me falta ya ese ingrediente maravilloso, ese grande y divino don que es la juventud”. Su historia es fascinante, dura y luminosa: dejó Italia al poco de acabar la II Guerra Mundial como “esposa de guerra”, pues se había casado con un comandante americano que, al terminar aquel apocalipsis, retornó al Nuevo Mundo; arribó a Nueva York en un buque repleto de esposas enamoradas para encontrarse con un fulano que la dejó de querer por culpa de su psicoanalista; repudiada por el rufián tras sólo veinticinco días de convivencia, se ganó el pan encadenando pisos y curros –vendedora ambulante, periodista, empleada en una tienda de ropa–; consiguió divorciarse en Reno (Nevada), se enamoró fugazmente de un cowboy y halló algo parecido a la felicidad familiar en California, tierra a la que adora, a diferencia de Truman Capote, quien aseguraba que “es un hecho comprobado que el que se queda en California pierde un punto al año en su coeficiente de inteligencia. Es completamente cierto”.

La novela, escrita con una prosa sencilla, cristalina y fluida, también ofrece fogonazos de la sociedad estadounidense de la época. Una época en la que era arriesgado para una mujer blanca salir a cenar en Nueva York con un abogado negro, no sea que tanto a ella como a él le dieran una paliza, o en la que la irrupción de la moda italiana permitió que sus paisanos dejaran de ser considerados por la masa yanqui “como unos palurdos enriquecidos”.  Olschki, eso sí, peca en Hawái de turista que se siente superior al resto de turistas. Pelillos al Pacífico. En fin, si gustan, hínquenle el colmillo a Oh, América este verano. Aloha.

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