A las ocho de la tarde, en muchas casas españolas, el rosco de Pasapalabra era una pequeña liturgia doméstica: sentarse frente a la pantalla, escuchar la definición, adelantarse al concursante, fallar, acertar, discutir una palabra y esperar la siguiente letra. Por eso, la decisión del Tribunal Supremo de prohibir a Antena 3 emitir esta prueba por vulnerar derechos de autor no se lee solo como una noticia judicial. Para muchas espectadoras, afecta a una rutina diaria.
Julia Serrano, de 67 años, lo ve a diario y no duda en señalar el rosco como “la mejor parte del programa”. Lo define como “dinámico, ameno y, sobre todo, educativo”. Para ella, el atractivo está en que el espectador no se limita a mirar: juega desde casa, intenta adivinar las palabras y ejercita la memoria. “Incluso mi madre, con 94 años, lo ve todos los días y acierta bastantes palabras. Le ayuda en su memoria y en su satisfacción personal”, cuenta. Por eso cree que Pasapalabra sin el rosco “ya no sería lo mismo”: “Sería una pena perder esos momentos de divertimiento y aprendizaje”.
En el caso de Mari Luz, el rosco forma parte de una rutina casi diaria. Lo ve “siempre que está en casa”, algo que ocurre la mayoría de los días, y destaca precisamente su capacidad para activar al espectador. “Invita a participar”, resume. Ella juega desde casa, intenta acertar las palabras y suele verlo acompañada. Para ella, no es solo entretenimiento: también es un ejercicio “útil y educativo”. Sin el rosco, sostiene, Pasapalabra perdería “un gran programa didáctico y entretenido”.
Begoña, de 31 años, no se define como una espectadora incondicional. Antes veía Pasapalabra con más frecuencia, incluso en diferido, aunque reconoce que en los últimos meses había perdido algo de interés. Aun así, tiene claro que el rosco ocupa un lugar distinto dentro del programa. “Las otras partes son quizá más divertidas por la interacción entre concursantes o la música, pero el rosco concentra un gran número de preguntas de cultura general en muy poco tiempo y eso le aporta un carácter más intelectual y exigente”, explica.

Ella también juega desde casa, no solo durante el rosco, sino en todas las pruebas. Lo considera un formato entretenido y educativo, útil no solo para ejercitar la memoria, sino también para aprender “cultura general, etimología de algunas palabras y significados”. Aunque suele verlo sola y cree que el programa “no termina de enganchar” a la gente de su edad, considera que sin el rosco Pasapalabra perdería “su esencia”. “El rosco se ha convertido en LA prueba del programa. Hasta tal punto que se lleva a fiestas, despedidas de soltera, etc., y siempre se asocia al programa e incluso a la cadena”, ya fuera en sus etapas en Antena 3 o en Telecinco.
Mercedes Viseras, de 70 años, también destaca el componente intelectual del programa, aunque pone el foco en algo más amplio que el rosco: la manera en que los concursantes gestionan los nervios, el tiempo y la estrategia frente al contrincante. “Si ves varios programas, vas conociendo a los participantes por su forma de actuar y comportarse. No debe de ser fácil estar ante las cámaras para personas que no están acostumbradas”, explica.
Aun así, no se declara enganchada. Le gusta verlo, sobre todo la segunda parte, pero cree que la posible desaparición del rosco no le supondría un problema personal. “Sin el rosco será otro programa diferente. Seguro que crean otra dinámica parecida y también gustará”, apunta. Para ella, lo más valioso del formato es que mida a los concursantes por sus conocimientos: “Me parece una forma muy positiva de valorar el esfuerzo y el trabajo”.
En todos los testimonios aparece una misma idea: el rosco no era solo una prueba final, sino el momento en que el espectador dejaba de mirar pasivamente y entraba en el juego. Para unas, era rutina; para otras, memoria, compañía o aprendizaje. Incluso quienes no se declaran enganchadas reconocen que, sin esa rueda de letras, Pasapalabra será inevitablemente otra cosa.

