Antes de ponerse detrás de la cámara, Elena Martín Gimeno (Barcelona, 1992) ya era una cara conocida del cine catalán. Se dio a conocer como actriz en Les amigues de l’Àgata y consolidó su nombre en la serie Vida perfecta, de Leticia Dolera, donde dejó claro que tenía un registro poco común para la incomodidad, para esos personajes que se contradicen y se equivocan. Pero su ambición iba por otro lado. En 2017, con apenas 24 años, se estrenó como directora con Júlia ist, una película pequeña y melancólica sobre una estudiante de arquitectura de Erasmus en Berlín que se enfrenta a la soledad y al desarraigo. La había escrito, dirigido y protagonizado ella misma. El cine español tomó nota: había llegado una autora que no separaba el estar delante y detrás de la cámara, sino que hacía de esa doble condición su método.
Lo que vino después confirmó que aquel debut no era casualidad. Martín se convirtió en una de las guionistas más solicitadas de la nueva ficción televisiva española: participó en la escritura de Veneno, dirigió episodios de Vida perfecta y firmó una pieza de En casa, la serie colectiva de la pandemia. Aprendió a escribir personajes por dentro, a construir historias corales, a manejar el tono. Todo ese oficio desembocó en la película que la cambiaría todo.

Creatura: el cuerpo como campo de batalla
Creatura (2023) llegó a la Quincena de Cineastas de Cannes —la sección más prestigiosa para el cine de autor emergente— y se marchó con el Premio Europa Label. Coescrita junto a Clara Roquet, otra de las grandes directoras de esta generación, la película sigue a Mila, una mujer que, al mudarse con su pareja a la Costa Brava, empieza a revisar su relación con el sexo y el deseo a lo largo de tres etapas de su vida: la infancia, la adolescencia y la adultez. Martín vuelve a dirigirse a sí misma en el papel protagonista, y lo hace exponiéndose sin red.
El tema no era cómodo, y ella lo sabía. “Casi todas las mujeres sufrimos contradicciones entre el cuerpo y el deseo”, explicaba tras el estreno, sintetizando en una frase la herida que recorre la película. Para Martín, esa contradicción no es un asunto privado, sino un problema político: “La pasión y la obsesión amorosa de las mujeres es un tema muy político”, afirmó, reivindicando el derecho a poner en el centro de una película aquello que el cine suele despachar como secundario o como morbo.
Su diagnóstico es más incisivo de lo que parece. Elena Martín Gimeno insiste en que la represión no viene solo de los entornos conservadores: “Los tabús sexuales también están en las familias de izquierdas”, declaró, señalando la hipocresía de una sociedad que se cree liberada y sigue sin saber hablar del deseo femenino. Y va más allá al describir de dónde nace el bloqueo: “Como mujeres tenemos muchos bloqueos aprendidos, pero no es una falta de deseo, sino miedo a mostrarlo”. Ahí está, en esa distinción, todo el motor de Creatura: no una mujer sin deseo, sino una mujer a la que enseñaron a temerlo.

Filmar el sexo sin morbo
El gran desafío formal de la película fue precisamente cómo mostrar la sexualidad femenina esquivando la mirada morbosa que el cine ha impuesto durante décadas. Martín se lo planteó como un problema de lenguaje: cómo filmar el cuerpo real, con sus imperfecciones y sus vergüenzas, y no el cuerpo idealizado que hemos interiorizado. Es lo que ella misma ha llamado “liberar el cuerpo real del cuerpo imaginario”, una tarea que la obligó a repensar el plano, la luz y la distancia de la cámara respecto a la piel.
Ese compromiso con la verdad la llevó hasta el límite en el propio rodaje. Al hablar de una de las secuencias más duras de la película, Martín reveló hasta qué punto se implicó físicamente: “Repetí una escena donde decidí tener un ataque de ansiedad real”, contó, describiendo un método de trabajo en el que dirigir y actuar se confunden hasta borrar la frontera entre la ficción y la propia experiencia. No es una directora que pida a sus intérpretes algo que ella no esté dispuesta a atravesar primero.
Creatura funcionó además como catalizador de toda una corriente: la de un grupo de cineastas catalanas —Carla Simón, Clara Roquet, la propia Martín— que comparten productoras, guiones y una misma voluntad de contar la intimidad femenina sin filtros. Que Martín y Roquet coescribieran esta película, y que Roquet dirigiera su propia Libertad en paralelo, dibuja un ecosistema creativo raro y fértil, hecho de complicidad más que de competencia.

Una autora de la incomodidad
Lo que distingue a Elena Martín Gimeno no es solo el tema, sino la actitud. Su cine no busca gustar ni tranquilizar: busca remover. Filma la vergüenza, el pudor, la culpa y el deseo con una honestidad que a veces resulta difícil de sostener en la butaca, y esa dificultad es exactamente su objetivo. Frente al cine que ilustra ideas, Martín practica un cine que las encarna, que las hace pasar por el cuerpo (el de sus personajes y el suyo propio).
Con dos largometrajes ha bastado para situarla entre las voces imprescindibles del cine español contemporáneo, y para dejar claro que su exploración del cuerpo y la identidad no ha hecho más que empezar. En una industria que durante años trató el deseo femenino como decorado o como escándalo, Elena Martín Gimeno ha tenido el atrevimiento de mirarlo de frente y de nombrarlo con sus palabras. La incomodidad que provoca no es un efecto secundario: es la prueba de que está tocando algo verdadero.

