Hablamos con Haifaa Al-Mansour (Riad, 1974), la primera directora de cine saudí. Su ópera prima, La bicicleta verde, se estrenó en el Festival de Venecia en 2012 y fue seleccionada por Arabia Saudí para optar al Oscar a mejor película de habla no inglesa. Como pionera en una industria joven —no hubo salas de cine abiertas en Arabia Saudí entre 1983 y 2018—, Al-Mansour no tardó en obtener reconocimiento internacional y desde entonces ha dirigido largometrajes y episodios de televisión entre su país, Estados Unidos y Reino Unido.
Con motivo de la apertura del primer cine tras el levantamiento de la prohibición, Al-Mansour publicó un ensayo en The New York Times en el que recordaba su acercamiento al cine internacional a través de un videoclub local. Con el apoyo de sus padres, estudió literatura en la Universidad Americana de El Cairo y más tarde se formó en una escuela de cine en Sídney.
Ahora estrena en España La mujer sin nombre, un thriller que sigue a Nawal, una joven investigadora que se implica de manera obsesiva en el caso de una adolescente aparecida muerta y sin identificar. La película, coescrita y coproducida junto a su marido, el diplomático estadounidense Brad Niemann, tuvo su premiere mundial en el Festival de Toronto.
Después de rodar en el extranjero, ¿qué significa para ti volver a Arabia Saudí para hacer una película? ¿Sientes el país distinto como directora?
Absolutamente. Siempre disfruto mucho volviendo a casa. Es algo más íntimo. Conozco el idioma, la gente, la comida. Es volver a casa, ver a tu madre, a tus hermanas, sentir esa cercanía. Y Arabia Saudí, desde luego, ha cambiado muchísimo. Con La bicicleta verde, mi primera película, el país estaba segregado. Ni siquiera podía estar con el equipo en la calle. Pero con La candidata perfecta y ahora con esta película ha sido maravilloso. Pude estar con el equipo fuera, rodando; hubo financiación para la película y también una directora de casting muy joven que me ayudó. Están pasando muchas cosas en la industria y en un país como Arabia Saudí, que fue muy conservador durante mucho tiempo. Es muy reconfortante ver cómo el cine y las artes están empezando a ocupar un lugar central en la sociedad.
¿Por qué quisiste abordar esta historia a través de un thriller? ¿El género te permitió hablar sobre la sociedad saudí de una manera distinta, quizá más indirecta?
Absolutamente. Tienes toda la razón. Creo que el género es una herramienta maravillosa porque nos permite decir mucho sobre el mundo sin sermonear ni dar lecciones. A la gente le gustan los thrillers, el terror, las comedias románticas. Son películas que ya tienen un público dispuesto a verlas. A través de esos géneros se puede decir mucho sobre el lugar del que vienes sin que el espectador diga: “voy a ver una película importante y me voy a aburrir”. Para mí, entretener es muy importante. Crecí en Arabia Saudí, donde no había cines, y siempre he valorado mucho al público. Lo valoro porque a mí se me privó de ir a ver una película y disfrutarla en una gran pantalla. Adoro esa experiencia. Siento que es muy especial y me encantaría hacer películas que entretengan a la gente en una pantalla grande.
En tu ensayo para The New York Times, escribiste sobre descubrir el cine en un país donde todavía las salas estaban prohibidas. Echando la vista atrás, ¿cómo crees que eso configuró tu idea de lo que podía hacer el cine?
No creo que haya cambiado tanto mi idea del cine, en realidad, pero como directora me hizo muy consciente de la importancia de hacer una película que la gente pueda disfrutar. Siempre escribo pensando en el público. Pero creo que me faltaba algo, y lo digo en el buen sentido: no estuve expuesta al cine de arte y ensayo cuando era joven. Mi educación cinematográfica no estaba completa y, de alguna manera, crecer en ese ambiente fue muy limitante visualmente. Quería rebelarme contra eso. Al mismo tiempo, esa experiencia me permitió entender la importancia que tiene el director a la hora de construir una relación con el público. Eso es fundamental.
Muchas de las primeras películas que te inspiraron, e incluso una referencia como Sospechosos habituales en esta película, pertenecen más al entretenimiento popular que al llamado cine elevado. La mayoría de los cineastas de autor no citarían esa clase de películas estadounidenses tan espectaculares.
Sí, totalmente. Admiro el cine popular. Creo que el cine popular me permitió, de niña, ver lugares que nunca había visto. Crecí en una ciudad muy pequeña, muy aburrida, donde no había nada que hacer, así que ver películas en VHS era mi único entretenimiento. Aquellas películas ampliaron mi perspectiva y estimularon muchísimo mi imaginación. La disfrutaba mucho de niña. Me hicieron ser quien soy hoy. Pero también tengo muchísimo respeto por el cine de autor. Me encantan los hermanos Dardenne. Son maravillosos. Rosetta es otra película que siempre recuerdo: esa chica implacable, su pasión por la vida y por la supervivencia. Me ha cautivado hasta hoy. Hay muchas películas maravillosas.

Algo que parece central en La mujer sin nombre es que las mujeres no aparecen solo como víctimas o como heroínas perfectas. Pueden ser conflictivas, ambiciosas, erráticas o difíciles. ¿Era importante para ti ir más allá de las imágenes simplificadas de las mujeres? ¿Crees que Hollywood tiene algo que aprender ahí?
Absolutamente. Y no solo Hollywood. Sobre todo Oriente Medio, desde luego. Necesitamos más papeles para actrices que sean complejos, profundos y con capas. También tenemos que entender que las mujeres no son simples. ¿Por qué siempre se nos representa como la esposa, la hija o el interés romántico? Hay mucho más en nuestra psicología y en cómo somos. Creo que necesitamos muchas más figuras femeninas problemáticas en el mundo. Estamos preparados para ellas. A Maléfica le fue muy bien, y creo que fue porque la gente no esperaba enamorarse de una villana. Por supuesto, Angelina Jolie hizo un gran trabajo, pero también era algo refrescante, distinto. Por eso a la gente le encantó.
Tus películas suelen tocar las restricciones sociales, el género, la visibilidad y la libertad. Cuando empiezas un proyecto, ¿piensas en términos de hacer una declaración o estos temas surgen de forma natural a partir de los personajes?
En realidad pienso en la historia y los temas van llegando. Sinceramente, en Arabia Saudí los temas se escriben solos. Somos una sociedad emergente. Antes teníamos muchísimas restricciones sobre las mujeres, pero también sobre los hombres. Es como una historia de paso a la vida adulta: estamos descubriendo cómo encontrar nuestra identidad, nuestra voz, nuestra música, nuestro cine. Siempre hay una historia y siempre hay temas presentes. Para mí, en concreto, los temas relacionados con las mujeres son muy importantes. Hay muchos hombres intentando contar historias de mujeres, pero existe una experiencia íntima y de primera mano cuando una mujer cuenta la historia de otra mujer. Por eso he disfrutado tanto trabajando con Mila Al Zahrani. Fue maravillosa. Trabajamos juntas en La candidata perfecta y ahora en esta película. La relación entre una directora y una actriz es un vínculo muy fuerte. Nos entendemos mucho más y no hay política en el rodaje. Estamos ocupadas únicamente en el trabajo y eso es muy importante.
Después de La bicicleta verde, La candidata perfecta y ahora La mujer sin nombre, ¿sientes que estás cerrando un capítulo en tu relación con las historias saudíes o abriendo uno nuevo?
Todavía estoy pensando en mi próximo proyecto. Acaba de salir esta película. Pero sí, me alegra mucho que menciones esta trilogía. Es importante para mí representar mujeres exitosas, mujeres que no lo son, mujeres desafiantes. Y sí, todas tienen el mismo apellido.

