Mucho antes de que Málaga se convirtiera en uno de los grandes destinos turísticos del Mediterráneo, un escritor llegado desde Dinamarca encontró en sus calles algo que no había sentido durante el resto de su recorrido por España. Hans Christian Andersen, autor de cuentos como La sirenita, El patito feo o El soldadito de plomo, visitó la ciudad en octubre de 1862 y dejó por escrito uno de los elogios más hermosos dedicados a la capital andaluza.
“En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga”, escribió en Viaje por España. No fue una frase de cortesía ni una impresión fugaz. El escritor explicó que allí había encontrado aquello que consideraba esencial: una forma de vivir propia, la naturaleza, el mar abierto y, por encima de todo, gente amable.
La confesión resulta especialmente significativa porque Hans Christian Andersen fue uno de los grandes viajeros europeos del siglo XIX. Recorrió numerosos países, conoció cortes, artistas y escritores, y convirtió sus desplazamientos en una parte fundamental de su obra. Málaga, sin embargo, consiguió que dejara de sentirse un visitante.
El viaje de Hans Christian Andersen por España
El escritor cruzó la frontera española por La Junquera en septiembre de 1862. Tenía 57 años y ya era una figura reconocida internacionalmente. Durante los meses siguientes recorrió ciudades como Barcelona, Valencia, Alicante, Cartagena, Málaga, Granada, Madrid y Toledo, observando tanto los monumentos como la vida cotidiana.
Las notas tomadas durante aquella travesía terminaron dando forma a I Spanien, publicado en 1863 y traducido posteriormente como Viaje por España. El libro no funciona como una guía convencional. Andersen se interesaba más por las personas, los sonidos y las escenas callejeras que por la acumulación de datos históricos.
Llegó a Málaga por mar desde Cartagena. Ante sus ojos aparecieron las casas blancas, la silueta de Gibralfaro y una catedral que dominaba el paisaje urbano. La luminosidad, el movimiento del puerto y el carácter abierto de la población contrastaban con el norte europeo del que procedía.
La ciudad en la que dejó de sentirse extranjero

La felicidad que Hans Christian Andersen encontró en Málaga no dependía únicamente del clima. El autor destacó una forma de vida que parecía desarrollarse en contacto permanente con el exterior: las calles llenas, la Alameda, la cercanía del mar y la mezcla de personas que llegaban a través del puerto.
En su relato aparece una ciudad dinámica y diversa, atravesada por comerciantes, viajeros y vecinos de diferentes procedencias. Esa variedad no le produjo distancia, sino una inesperada sensación de familiaridad. El escritor danés encontró en el extremo sur de Europa un lugar en el que podía sentirse en casa.
Su entusiasmo también estuvo relacionado con la amabilidad recibida. Andersen, que durante su vida arrastró una profunda inseguridad y una constante necesidad de reconocimiento, valoraba especialmente aquellos lugares donde era acogido sin sentirse observado como un extraño.
Una catedral como un arca sobre un mar de piedra
La mirada literaria de Hans Christian Andersen transformó los principales espacios de Málaga en imágenes propias de un cuento. Desde las alturas contempló la Catedral de la Encarnación y escribió que parecía “una inmensa arca en medio de un mar petrificado y blanco de espuma”.
El templo, conocido actualmente como La Manquita por su torre sur inacabada, se convirtió en una nave detenida sobre el caserío blanco. La comparación revela la forma en que el escritor observaba las ciudades: no como conjuntos de edificios, sino como escenarios capaces de despertar historias.
También visitó el Cementerio Inglés, inaugurado unas décadas antes para permitir el enterramiento digno de los protestantes. Lejos de encontrar un lugar sombrío, lo describió como un jardín encantador y un pequeño paraíso. Las tumbas, la vegetación y las vistas hacia el mar creaban una calma que desdibujaba la frontera entre la muerte y la belleza.
La estatua que mantiene vivo su paso por Málaga
La relación entre el escritor y la ciudad quedó inmortalizada en 2005, coincidiendo con el bicentenario de su nacimiento. La Casa Real danesa encargó al escultor José María Córdoba una estatua de bronce que fue instalada en la plaza de la Marina.
La obra representa a Hans Christian Andersen sentado relajadamente en un banco, acompañado por su sombrero, un libro y su equipaje. No aparece como una figura distante sobre un pedestal, sino a la altura de los viandantes, como si acabara de llegar y estuviera dispuesto a conversar con quien se siente a su lado.
Más de 160 años después de aquel viaje, Málaga conserva muchos de los elementos que cautivaron al autor: la luz mediterránea, el puerto, la Alameda y una vida urbana que se extiende hacia la calle. La ciudad ha crecido y se ha transformado, pero continúa reconociéndose en las palabras del visitante danés.
La frase de Hans Christian Andersen no habla solamente de belleza monumental. Su elogio se dirige a algo más difícil de construir y conservar: la capacidad de hacer que una persona llegada desde muy lejos deje de sentirse extranjera. Esa fue la verdadera razón por la que Málaga ocupó un lugar distinto en su memoria.

