La esperanza suele presentarse como una emoción positiva, pero Haruki Murakami acostumbra a contemplarla desde un lugar mucho más incómodo. Esperar algo significa imaginar que el futuro todavía puede cambiar. Y desde el momento en que esa posibilidad aparece, también surge el riesgo de que los sentimientos escapen del control que intentamos imponerles.
“Cuando brotan esperanzas, el corazón se aprovecha y empieza a actuar por su cuenta”, escribe el autor japonés en 1Q84, una de las novelas más ambiciosas de su trayectoria.
La frase resume una tensión que atraviesa buena parte de su literatura: podemos intentar ordenar racionalmente nuestra vida, pero basta una pequeña posibilidad para que el deseo vuelva a intervenir.
La esperanza según Haruki Murakami
En el universo de Haruki Murakami, la esperanza rara vez ofrece seguridad. Más bien obliga a los personajes a abandonar el lugar aparentemente estable en el que se habían instalado.
Eso ocurre en 1Q84. Tengo y Aomame llevan vidas separadas y profundamente solitarias, pero conservan un vínculo nacido cuando eran niños. La posibilidad de reencontrarse transforma progresivamente sus decisiones.
El problema es que esperar también significa exponerse. Mientras una posibilidad permanezca únicamente en la imaginación puede conservarse intacta. Cuando alguien decide perseguirla, aparece la posibilidad de descubrir que la realidad no se parece a aquello que llevaba años deseando.
La esperanza deja entonces de ser consuelo y se convierte en riesgo.
El corazón frente a aquello que dicta la razón

La reflexión de Murakami funciona porque describe una experiencia reconocible fuera de la literatura. Una persona puede asumir racionalmente que una relación ha terminado, que una oportunidad se ha perdido o que determinado futuro resulta improbable.
Pero basta con que aparezca una nueva señal para alterar ese equilibrio.
La mente puede haber construido límites durante meses o años, mientras el corazón permanece aparentemente quieto. Cuando vuelve a existir una posibilidad, esos sentimientos recuperan de repente una capacidad de decisión que parecía extinguida.
Eso es lo que sugiere Haruki Murakami cuando escribe que el corazón empieza a actuar “por su cuenta”: las emociones dejan de obedecer al relato racional que habíamos construido para protegernos.
La soledad ocupa el centro de sus novelas
La frase tampoco puede separarse de uno de los grandes asuntos de la obra de Murakami. Sus protagonistas viven frecuentemente en soledad, alejados de los demás o incapaces de comprender del todo aquello que sucede a su alrededor.
El jurado que le concedió el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2023 destacó precisamente su capacidad para expresar “la soledad” y “la incertidumbre existencial” de nuestro tiempo.
Desde Tokio blues hasta Sputnik, mi amor, Kafka en la orilla, 1Q84 o La ciudad y sus muros inciertos, sus personajes buscan constantemente conexiones capaces de atravesar ese aislamiento.
El amor no aparece necesariamente como una solución. A veces ni siquiera resulta alcanzable. Pero la posibilidad de encontrar al otro suele impedir que sus protagonistas se rindan completamente ante la soledad.
‘1Q84’, una historia de amor dentro de un mundo extraño

1Q84 lleva esta idea hasta uno de sus extremos más claros. La novela sitúa a Tengo y Aomame dentro de una versión alterada de 1984 en la que la realidad empieza a presentar pequeños desajustes y en cuyo cielo aparecen dos lunas.
Murakami mezcla sectas, violencia, mundos paralelos y elementos fantásticos, pero bajo toda esa arquitectura existe una historia profundamente sencilla: dos personas solitarias intentando encontrarse.
Durante años, lo que los mantiene unidos es precisamente la esperanza. Tengo recuerda el contacto de la mano de Aomame cuando ambos eran niños. Aomame, por su parte, continúa buscando la posibilidad de regresar a él.
La lógica podría decirles que ese encuentro es improbable. Sin embargo, el deseo continúa avanzando.
Esperar también significa aceptar la posibilidad de sufrir
Ahí aparece la segunda parte de la reflexión de Haruki Murakami. La esperanza puede impulsar a una persona, pero también hacerla vulnerable.
Cuando esperamos que algo ocurra empezamos inevitablemente a construir un futuro alrededor de esa posibilidad. Cuanto mayor es la ilusión, mayor puede ser también la caída si finalmente no se cumple.
Murakami no propone por eso vivir sin esperanza. Sus novelas suelen apuntar exactamente en la dirección contraria: incluso personajes profundamente heridos continúan avanzando porque conservan alguna conexión, recuerdo o deseo.
La esperanza no elimina el miedo; obliga a convivir con él.
Por qué Murakami sigue conectando con millones de lectores

A sus 77 años, Haruki Murakami sigue siendo uno de los escritores japoneses con mayor proyección internacional y su obra ha sido traducida a decenas de idiomas.
Parte de esa universalidad reside precisamente en reflexiones como esta. Sus mundos pueden contener pozos imposibles, gatos que hablan, ciudades misteriosas o dos lunas, pero los conflictos que habitan dentro de ellos resultan mucho más cercanos.
Esperar que alguien regrese. Temer comprobar que ya no es la misma persona. Desear algo después de haberse convencido de que ya no importa.
Murakami convierte esas contradicciones en literatura porque entiende que el corazón no siempre respeta las decisiones que previamente ha tomado la razón. Y cuando aparece otra vez una pequeña posibilidad de futuro, puede bastar para que todo aquello que parecía dormido vuelva a ponerse en marcha.

