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¿Qué pasa con el final de ‘Euphoria’? (Atención, spoilers)

La muerte de Rue en el cierre de la serie reordena el sentido de Euphoria: más que un retrato del exceso adolescente, la ficción de Sam Levinson acaba revelándose como una historia sobre la orfandad moral, la adicción y la necesidad de redención

Zendaya interpreta a Rue en 'Euphoria', una serie de Sam Levinson
Zendaya interpreta a Rue en 'Euphoria', una serie de Sam Levinson

La muerte de Rue Bennett al final de Euphoria cambia la forma de leer toda la serie. No solo porque cierra el recorrido del personaje que convirtió a Zendaya en símbolo generacional, sino porque obliga a revisar qué ha querido contar Sam Levinson desde el principio. Vista en conjunto, Euphoria ya no parece solo una serie sobre drogas, sexo, trauma y adolescencia, sino una historia más amplia sobre la pérdida de referencias, la búsqueda del padre y una necesidad de sentido que termina rozando lo religioso.

Rue no era un personaje cualquiera para Levinson. Era, en gran medida, una prolongación de sí mismo. Su experiencia con la adicción en la adolescencia está en el origen del personaje, y por eso matarla no significa únicamente cerrar una trama, sino cortar con una parte de su propia biografía. Ahí está una de las claves del final: la muerte de Rue no funciona solo como golpe dramático, sino como desenlace de algo más personal y más profundo.

Zendaya interpreta a Rue en 'Euphoria', una serie de Sam Levinson
Zendaya interpreta a Rue en ‘Euphoria’, una serie de Sam Levinson

Desde su estreno, Euphoria fue leída muchas veces como un retrato extremo de la Generación Z. Había razones para hacerlo: la serie mostraba adicción, pornografía, ansiedad, violencia sexual, redes sociales, identidades fluidas y una sensación constante de desorientación. Pero el texto deja claro que Levinson aspiraba a otra cosa. Quería contar la verdad emocional de una generación “espiritualmente abandonada” por el mundo que la educó. No era tanto una serie sobre el exceso como una serie sobre el vacío.

Ahí encaja Rue. Su adicción nunca fue presentada como simple rebeldía juvenil ni como gesto autodestructivo sin contexto. Desde el principio estaba ligada a una herida más antigua: la muerte del padre, la fragilidad emocional, la sensación de estar rota antes incluso de empezar a vivir. Rue no busca solo colocarse; busca anestesiar una falta. Y esa falta tiene mucho que ver con la ausencia de una figura que ordene el mundo, que le dé sentido y que pueda sostenerla.

Por eso puede decirse que Euphoria ha sido, entre otras cosas, una búsqueda constante del padre. A veces de forma literal, a veces desplazada. El padre de Rue está muerto y su ausencia pesa sobre toda la serie. Nate tiene un padre presente, pero profundamente quebrado. Cal Jacobs termina siendo uno de los personajes más importantes para entender el giro moral de la ficción. Primero aparece como monstruo, después como un hombre fracturado, incapaz de ordenar su propia vida ni la de su familia. No representa una autoridad sólida: es el derrumbe de esa autoridad.

Fotograma de Euphoria (temporada 2), Netflix

Ese punto es fundamental. En Euphoria, los padres no sostienen el mundo de sus hijos; más bien muestran hasta qué punto ese mundo ya viene dañado. No hay transmisión clara de valores, ni estructura moral estable, ni una idea compartida de bien. Lo que hay es confusión, deseo, culpa, vergüenza y mucha soledad. Al final, la serie no hablaba solo de adicción o sexo, sino de una cultura que había perdido su capacidad de significado, moralidad y redención.

La segunda temporada empezó a hacer esto más visible. Sam Levinson comenzó a desconfiar de lo que llama “la simpatía perpetua”. Es decir, de una forma de mirar a todos los personajes desde la comprensión total, sin establecer diferencias morales claras. Ese cambio se nota especialmente en la aparición de figuras como Laurie, que ya no encarna simplemente el dolor o la ambigüedad, sino una forma de mal más fría y más nítida. La serie deja de limitarse a comprender y empieza a juzgar un poco más.

Ese giro prepara el final. En la tercera temporada, Euphoria abandona parte de su lógica adolescente y da un salto hacia la adultez. Rue ya no está protegida por el instituto ni por la relativa contención del hogar. Se queda más expuesta, más sola y más cerca del delito y de la muerte. En ese punto, la serie se vuelve también “más despierta espiritualmente”. La transformación estética acompaña esa deriva: del melodrama juvenil estilizado a algo más cercano al western moral, con enfrentamientos más directos entre el bien y el mal.

El especial de Navidad sobre Rue la mostraba rezando en una iglesia
El especial de Navidad sobre Rue la mostraba rezando en una iglesia

 

 

En ese marco, la muerte de Rue adquiere otro espesor, porque no es solo el destino trágico de una adicta: es el final de una búsqueda. Si durante toda la serie el personaje ha tratado de llenar un vacío -con drogas, con vínculos amorosos, con huidas, con relatos sobre sí misma-, el cierre sugiere que esa búsqueda apuntaba más lejos, como ya vimos en realidad en el capítulo especial de Navidad de Rue. La imagen de Rue abrazada a su Biblia en el final no es un detalle decorativo. Tampoco una salida edificante de última hora. Más bien funciona como la señal de que la serie ha terminado encontrando un lenguaje que al principio no estaba del todo formulado.

No hace falta convertir Euphoria en una alegoría religiosa cerrada para reconocer que ahí hay algo. Esa religiosidad está presente desde el comienzo, y dice algo interesante: Levinson no estaba validando el mundo que mostraba, sino rezando por su salvación. Rue no encontraba descanso en nada de lo que el mundo le ofrecía. La Biblia, al final, aparece como símbolo de otra posibilidad: una forma distinta de entrega, una autoridad distinta, una palabra que no nace de ella misma.

Ahí entra también la dimensión de Dios. Si Euphoria ha sido una búsqueda del padre, esa búsqueda termina abriéndose a algo más alto: el Padre con mayúscula. No solo al padre perdido o al padre fracasado, sino a una instancia más última, más estable, menos rota que todas las demás. Eso no convierte el final en religioso en un sentido doctrinal, pero sí en un sentido existencial. Rue muere buscando y preguntando por su redención… y deja por fin de huir.

Esa es la relectura que sugiere el final. Euphoria no ha sido solo una crónica del colapso emocional de una generación. Ha sido también una historia sobre lo que ocurre cuando no hay padre, cuando no hay ley, cuando no hay sentido compartido, y sobre cómo incluso en medio de ese vacío el deseo y la búsqueda de redención son inextirpables del corazón.

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